David Chávez
Como si hubieran salido de un poema de Girondo se contemplan, se desgarran, se muerden, se miran, se gustan, se desean, se besan, se respiran, se olfatean, se apetecen, se chupan, se babean, se enlazan, se entregan, se penetran, se acoplan, se menean, se acometen, se entrechocan, se apresan, se retuercen, se estremecen, se estiran. Luego él se fue, moviendo la cola, como diciéndole adiós.
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viernes, enero 13, 2012
lunes, enero 09, 2012
Cancerbero
David Chávez
Cancerbero: perro de tres cabezas que laboraba como barman en el mítico centro nocturno El Infierno, actividad que desempeñó luego de fungir como guardameta del equipo de futbol soccer Olimpus. // Constelación cuyas estrellas se transforman en agujeros negros y otras formas de la materia que proliferan de manera anormal e incontrolada por el universo, enfermando de impaciencia a los científicos que investigan tal actividad.
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Cancerbero: perro de tres cabezas que laboraba como barman en el mítico centro nocturno El Infierno, actividad que desempeñó luego de fungir como guardameta del equipo de futbol soccer Olimpus. // Constelación cuyas estrellas se transforman en agujeros negros y otras formas de la materia que proliferan de manera anormal e incontrolada por el universo, enfermando de impaciencia a los científicos que investigan tal actividad.
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martes, septiembre 06, 2011
Optimismo
David Chávez
Yo no quiero que me llamen pesimista porque no creo en que la fe mueve montañas o que la esperanza muere al último. Llámenme como quieran pero sé -porque me consta- que el vacío que ocupa un vaso es el mismo que se sienta en una silla cuando nos levantamos de ella. Por eso opto por pensar -cuando la miro sola, como esperando a que me siente, medio coqueta- que la silla esconde todo un mundo debajo de esas cuatro patas bien torneadas que la sustentan.
Yo no quiero que me llamen pesimista porque no creo en que la fe mueve montañas o que la esperanza muere al último. Llámenme como quieran pero sé -porque me consta- que el vacío que ocupa un vaso es el mismo que se sienta en una silla cuando nos levantamos de ella. Por eso opto por pensar -cuando la miro sola, como esperando a que me siente, medio coqueta- que la silla esconde todo un mundo debajo de esas cuatro patas bien torneadas que la sustentan.
sábado, agosto 20, 2011
El Kare-kane
Davd Chávez
Dicen que las sirenas usan como jabón a cierta especie de pez. Particularmente el Kare-kane, que deshova en el Río Amarillo. Sus crías, del mismo color, parecidas a un pedernal puntiagudo, son transportadas por las corrientes marítimas hasta llegar al Pacífico. Luego cruza el Canal de Panamá por entre buques y cargueros y llega al Atlántico, al Mar de los Sargazos. Ahí se alimenta, crece hasta que su piel pinta tres líneas que apunta hacia sus ojos, y se reproduce, generalmente entre abril y mayo, cuando tritones enviados por Neptuno colectan cardúmenes.
Ellas pisciformemente se dejan remorear por los Kare-kanes al caer la tarde, para que el sol tinte sus cabellos. Ellos les mordisquean cariñosamente los pezones y ellas ríen, se sonrojan. Luego, el Kare-kane mira fijamente a la sirena, como si quisiera enamorarla y comienza a emitir una tonada en determinada frecuencia hasta agonizar y si algún perro llegara a escucharla ladraría, encantado de contento. La melodía entonces paraliza a la sirena y restira su piel. Ellas besan al Kare-kane para infundirle un poco de vida: es necesario llevarlo al agua dulce, a un río, a una poza, a un charco. La carne de los Kare-kane muertos se transforma en arena y su esqueleto de oro es ocupado como peine por ellas.
Aquellos que han atrapado un Kare-kane los encierran en una bola de cristal para lavarse el cuerpo, el alma, los ojos con los restos del pez muerto. Dicen que quita el mal de ojo. Que elimina las bacterias. Que deshace las arrugas. Que su perfume supera a una caricia. Que luego del baño se terminan las penas y el mal de amores y que quien consume dos espinas de su esqueleto puede vivir sin comer durante cuatro años. Pero es sumamente adictivo. Tanto como la belleza, como el canto, como la mirada profunda, océanica de una sirena.
Dicen que las sirenas usan como jabón a cierta especie de pez. Particularmente el Kare-kane, que deshova en el Río Amarillo. Sus crías, del mismo color, parecidas a un pedernal puntiagudo, son transportadas por las corrientes marítimas hasta llegar al Pacífico. Luego cruza el Canal de Panamá por entre buques y cargueros y llega al Atlántico, al Mar de los Sargazos. Ahí se alimenta, crece hasta que su piel pinta tres líneas que apunta hacia sus ojos, y se reproduce, generalmente entre abril y mayo, cuando tritones enviados por Neptuno colectan cardúmenes.
Ellas pisciformemente se dejan remorear por los Kare-kanes al caer la tarde, para que el sol tinte sus cabellos. Ellos les mordisquean cariñosamente los pezones y ellas ríen, se sonrojan. Luego, el Kare-kane mira fijamente a la sirena, como si quisiera enamorarla y comienza a emitir una tonada en determinada frecuencia hasta agonizar y si algún perro llegara a escucharla ladraría, encantado de contento. La melodía entonces paraliza a la sirena y restira su piel. Ellas besan al Kare-kane para infundirle un poco de vida: es necesario llevarlo al agua dulce, a un río, a una poza, a un charco. La carne de los Kare-kane muertos se transforma en arena y su esqueleto de oro es ocupado como peine por ellas.
Aquellos que han atrapado un Kare-kane los encierran en una bola de cristal para lavarse el cuerpo, el alma, los ojos con los restos del pez muerto. Dicen que quita el mal de ojo. Que elimina las bacterias. Que deshace las arrugas. Que su perfume supera a una caricia. Que luego del baño se terminan las penas y el mal de amores y que quien consume dos espinas de su esqueleto puede vivir sin comer durante cuatro años. Pero es sumamente adictivo. Tanto como la belleza, como el canto, como la mirada profunda, océanica de una sirena.
martes, julio 05, 2011
el_hombre_que_aprendió_a_hablar.mario_benedetti.mi_perro_raimundo.david_chávez.wiki.htm9
el_hombre_que_aprendió_a_hablar.mario_benedetti.mi_perro_raimundo.david_chávez.wiki.htm9
(wikihomenaje, wikitributo, wikiversión a Mario Benedetti)
Luego de arduos, largos, pragmáticos años de enseñanza en que estuve a punto de desistir, Raimundo aprendió a hablar. No a imitar sonidos, como suelen hacer los bebés –y hay algunos chistosos que les celebran trompetillas y balbuceos-, sino verdaderamente a hablar. Se me quedaba viendo todos los días con esos ojos tristes, tristísimos y desde cachorro evitaba ladrar si no era estrictamente necesario. Sólo lloriqueaba hasta el cansancio y había que ir a verlo.
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"La verdad es que ladro por no llorar", me dijo la primera vez. No le creí. Yo sigo pensando que verdaderamente es un humano atrapado en el cuerpo de un perro y quería comunicarse con el resto de los de su especie. Por eso se volvió loco de alegría cuando logró decir “Hola, Leonardo, ¿cómo has estado” de un tirón, clarito, como si nunca hubiera ladrado, y (algo más extraordinario aún) él comprendió cuando le dije “Hubiera jurado que nunca llegaría este día”. “Yo también”, me dijo.
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A partir de ese día Raimundo y yo caminábamos hasta el parque, por lo general antes del atardecer, después de la comida, y dialogábamos sobre temas generales. A pesar de ser perro, nunca había imaginado que Raimundo tuviera una tan sagaz visión del mundo. Una tarde, mientras me pedía sonrojadísimo que le ayudara a buscar un sitio adecuado y algo de papel para cagar, se animó a preguntarme con una pronunciación impecable: "Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinas de mi forma de hablar?". Yo le respondí escueto y sincero, mientras le pasaba unos cuantos pañuelos desechables y le daba la espalda para ocultarlo del guardia forestal que pasaba metros adelante, saludando: "Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando hablas todavía se te nota cierto acento canino”.
(wikihomenaje, wikitributo, wikiversión a Mario Benedetti)
Luego de arduos, largos, pragmáticos años de enseñanza en que estuve a punto de desistir, Raimundo aprendió a hablar. No a imitar sonidos, como suelen hacer los bebés –y hay algunos chistosos que les celebran trompetillas y balbuceos-, sino verdaderamente a hablar. Se me quedaba viendo todos los días con esos ojos tristes, tristísimos y desde cachorro evitaba ladrar si no era estrictamente necesario. Sólo lloriqueaba hasta el cansancio y había que ir a verlo.
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"La verdad es que ladro por no llorar", me dijo la primera vez. No le creí. Yo sigo pensando que verdaderamente es un humano atrapado en el cuerpo de un perro y quería comunicarse con el resto de los de su especie. Por eso se volvió loco de alegría cuando logró decir “Hola, Leonardo, ¿cómo has estado” de un tirón, clarito, como si nunca hubiera ladrado, y (algo más extraordinario aún) él comprendió cuando le dije “Hubiera jurado que nunca llegaría este día”. “Yo también”, me dijo.
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A partir de ese día Raimundo y yo caminábamos hasta el parque, por lo general antes del atardecer, después de la comida, y dialogábamos sobre temas generales. A pesar de ser perro, nunca había imaginado que Raimundo tuviera una tan sagaz visión del mundo. Una tarde, mientras me pedía sonrojadísimo que le ayudara a buscar un sitio adecuado y algo de papel para cagar, se animó a preguntarme con una pronunciación impecable: "Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinas de mi forma de hablar?". Yo le respondí escueto y sincero, mientras le pasaba unos cuantos pañuelos desechables y le daba la espalda para ocultarlo del guardia forestal que pasaba metros adelante, saludando: "Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando hablas todavía se te nota cierto acento canino”.
domingo, abril 10, 2011
jesus_expulsa_a_los_mercaderes.nuevo_testamento.david_chávez.wiki.htm8
jesus_expulsa_a_los_mercaderes.nuevo_testamento.david_chávez.wiki.htm8
Se acercaban las elecciones locales y federales y Jesús llegó a la presidencia municipal. Era quincena. En el edificio encontró a burócratas aviadores que fueron a cobrar su cheque, chinches que mamaban del presupuesto, a candidatos a senadores, plurinominales, al presidente del partido, diputados locales, operadores, coordinadores de campaña, presidentes de comité de barrio, gente que iba a hacer sus trámites, de rancho, con bueyes, ovejas y palomas; policías discutiendo con periodistas y guaruras que alejaban a la gente que gritaba e intentaba acercarse al señor alcalde, señor alcalde, señor alcalde, que sonreía a las cámaras como los vendedores afuera, en sus puestos de tacos, sándwiches, tortas y fruta picada. Hizo un látigo con una de las cuerdas de las vallas que daban forma a la fila de gente y los echó a todos fuera, hasta al presidente municipal le tocó un chingadazo. Entonces el político dijo, resumiendo en su pregunta las dudas de quienes atestiguaron el hecho: “¿Quién chingados se cree este cabrón para obrar así?”. Jesús le respondió: “si en este momento fueran las elecciones yo os aseguro que con una campaña previa de tres días yo las ganaré”. Los políticos y candidatos y burócratas le replicaron: nuestro partido ha estado en el poder durante más de setenta años y ha construido una perfecta red de corruptelas, ¿y tú dices que tirarás eso y recompondrás todo luego de tres días?”, mas él hablaba de los resultados que entregan las casas encuestadoras como Mitofsky y otras.
(Jn 2,13-22; Mt 21,12-17; Mc 11,15-19).
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Se acercaban las elecciones locales y federales y Jesús llegó a la presidencia municipal. Era quincena. En el edificio encontró a burócratas aviadores que fueron a cobrar su cheque, chinches que mamaban del presupuesto, a candidatos a senadores, plurinominales, al presidente del partido, diputados locales, operadores, coordinadores de campaña, presidentes de comité de barrio, gente que iba a hacer sus trámites, de rancho, con bueyes, ovejas y palomas; policías discutiendo con periodistas y guaruras que alejaban a la gente que gritaba e intentaba acercarse al señor alcalde, señor alcalde, señor alcalde, que sonreía a las cámaras como los vendedores afuera, en sus puestos de tacos, sándwiches, tortas y fruta picada. Hizo un látigo con una de las cuerdas de las vallas que daban forma a la fila de gente y los echó a todos fuera, hasta al presidente municipal le tocó un chingadazo. Entonces el político dijo, resumiendo en su pregunta las dudas de quienes atestiguaron el hecho: “¿Quién chingados se cree este cabrón para obrar así?”. Jesús le respondió: “si en este momento fueran las elecciones yo os aseguro que con una campaña previa de tres días yo las ganaré”. Los políticos y candidatos y burócratas le replicaron: nuestro partido ha estado en el poder durante más de setenta años y ha construido una perfecta red de corruptelas, ¿y tú dices que tirarás eso y recompondrás todo luego de tres días?”, mas él hablaba de los resultados que entregan las casas encuestadoras como Mitofsky y otras.
(Jn 2,13-22; Mt 21,12-17; Mc 11,15-19).
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viernes, marzo 11, 2011
los_heraldos_negros.césar_vallejo.david_chávez.wiki.hmt7
david chávez
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huiquihomenaje a césar vallejo
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Hay tangos en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Tangos como La comparsita; como si en ellos,
la resaca de todo lo sufrido y lo bailado
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!
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Son pocos; pero son... Caminito, Por una cabeza
El día que me quieras, El porteñito, La morocha…
Serán tal vez los tangos como bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda Tita Merello.
.
Son las caídas hondas de los compadritos del alma,
de Fiorentino, el Polaco, Podestá, Discépolo,
Troilo, Piazzolla, alguna melodía adorable que el tango blasfema.
Esos golpes de Baldeón son las crepitaciones
de algún arrabal, un amor, un corazón
que en la puerta del horno se nos quema.
.
Y Gardel... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo bailado, lo bebido,
se le empozaba, como charco de culpa, en la mirada.
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Hay tangos en la vida, Malena, tan fuertes... Yo no sé!
...
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huiquihomenaje a césar vallejo
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Hay tangos en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Tangos como La comparsita; como si en ellos,
la resaca de todo lo sufrido y lo bailado
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!
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Son pocos; pero son... Caminito, Por una cabeza
El día que me quieras, El porteñito, La morocha…
Serán tal vez los tangos como bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda Tita Merello.
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Son las caídas hondas de los compadritos del alma,
de Fiorentino, el Polaco, Podestá, Discépolo,
Troilo, Piazzolla, alguna melodía adorable que el tango blasfema.
Esos golpes de Baldeón son las crepitaciones
de algún arrabal, un amor, un corazón
que en la puerta del horno se nos quema.
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Y Gardel... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo bailado, lo bebido,
se le empozaba, como charco de culpa, en la mirada.
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Hay tangos en la vida, Malena, tan fuertes... Yo no sé!
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