domingo, enero 22, 2006

Confesiones íntimas de un fotógrafo ardido y ausente.

Los que conocemos a Gregorio Iván Preciado podemos decir con total autoridad que Goyo es en realidad un tipo raro: es fanático de las Chivas pero usa lentes de intelectual, es un chaparrito rockero y punketo pero bigotón, quiere ser grafitero pero no sabe usar un aerosol, le gusta la fotografía y nunca había hecho una exposición.

Su relación con las fotos se remonta a aquellos tiempos cuando dicen que amarraban a los perros con longaniza. Lleva en sus venas la sangre de Aurelio Vallejo, uno de los fotógrafos más reconocidos de ese Colima que los señores que se dicen cronistas llaman elegantemente El Colima de Ayer.

Goyo convivió con su abuelo, jugó entre placas fotográficas, se enteró de las vidas de muchas familias a través de negativos y les inventó historias sobre papelitos de color sepia.

A lo mejor desde ahí, por curiosidad, Goyo eligió el tema más importante en su lista de rarezas: su carrera. Cuando alguien le pregunta “Oiga joven, ¿cuál es su profesión?”, su respuesta, "sociólogo", siempre hace que uno se pregunte: “bueno, pero ya en serio, ¿en qué trabaja?”

No se dejen engañar por la apariencia, los buenos modales y la sonrisa de este señor aquí presente. Goyo oculta tras esos bigotes una personalidad maquiavélica, más perversa que la de cualquier enajenado político de este Colima actual; es dueño de ideas peligrosas y trabaja con singular desparpajo sus proyectos de vida.

Goyo planeó al invitarme a esta presentación una manera de humillar a quien sabe poco de tomar fotos pero mucho de hacer las cosas con el corazón. Después de catorce intentos de mostrarme las fotografías, ocho invitaciones despreciadas para tomarnos unas chelas y treinta y cuatro llamadas telefónicas que no contesté, Goyo se apersonó en mi casa y a la vieja usanza judicial se coló como la humedad cuando abrí la puerta.

Después de los clásicos saludos de año nuevo, preguntas sobre la familia y demás interesantes temas que se nos ocurren cuando no sabemos de qué platicar con alguien, Goyo me soltó su premisa:

- "No pos ¿sabes qué?, quiero que hagas una presentación para mi exposición fotográfica. Yo no quiero enseñar mis fotos pero ya conoces a Víctor Manuel, él insiste en que ya debo hacer una…"

Al más puro estilo foxiano le rebatí:
-“¿Y yo por qué?”

Su respuesta seguramente había sido estudiada, valorada y estructurada desde el día en que nació: “Es que, inche Tapiro… te admiro…”. Me quedé frío, el ego triunfaba sobre la razón y aún así, mientras trataba de no escucharlo pensaba: “¿Qué se cree este tipo?, además de trabajar en Cultura, en la revista Tierra Adentro, publicar en el Ecos, hacer análisis como sociólogo y grafittólogo, ahora resulta que quiere tomar fotos… ¡Chale!”

La verdad es que tenía cosas más importantes qué hacer: La humanidad dependía de mis sesudas investigaciones para saber de qué color son los volcanes o descubrir cómo fue que se le ocurrió a Don Torres Quintero la mafufada de bautizarlos como colosos de granito, pero aún así acepté el compromiso de presentarlo.

Con unas chelas a manera de soborno, Goyo me fue mostrando sus fotografías. La primera impresión que me causaron fue sorpresa. Lo admito: una incómoda y envidiosa sorpresa. Las imágenes hablaron con una candidez que tenía tiempo sin ver.

Goyo les podrá contar la historia oculta que tiene cada una de sus fotos, esas emociones encerradas que son parte de una historia de vida. Después de revisar el material y decirle con la peor pose de experto que me parecía buena su chamba me pregunté cómo puede él sobrevivir en el frío mundo de la sociología.

No tengo capacidad para calificar trabajos de investigación, pero los muy léidos comprenden que dentro del trabajo científico los investigadores deben mantenerse al margen de las situaciones, los sujetos, los objetos de estudio; esta ridícula, aburrida e incómoda asepsia asegura que los resultados de las ciencias sociales no se contaminen con calor humano.

Goyo no aplica esta higiene en sus fotos -es más bien medio cochinón- y estoy seguro que muchas de las reacciones en sus retratados fueron provocadas por un gesto, una frase o una mirada. No le quito méritos, tampoco creo que haya ido a hacerle cosquillas a los niños para que sonrieran.

Es obvio, en las fotos está incluido el fotógrafo, la sonrisa, la pregunta, la perplejidad, la complicidad de Goyo con sus personajes.
Por eso no estoy aquí, no soportaría ver la cara de satisfacción de mi amigo cuando se dé cuenta de que quien admira su trabajo soy yo; sí, me ganó, se salió con la suya, ésta es la inconfesable confesión de un ardido fotógrafo de volcanes.

Sé que Dhylva e Iván (sus principales impulsores), los asistentes a este evento y los amigos en común me darán la razón: Goyo, a pesar de malo y raro, sabe hacer cosas con dedicación y amor.

Esta es la maldad de Gregorio Iván Preciado: como fotógrafo se involucra, asume la personalidad de un niño curioso, un cómplice de travesuras y un fisgón colimote. ¿Quién puede resistirse a sonreírle al señor chaparrito que se baja apresuradamente de su carro para fotografiarte? Y peor aún, ¿cómo sabemos si los aquí presentes formamos parte de algún experimento de esta mente perversa?

La respuesta la encontraremos cuando una fotografía nos cause alguna emoción particular, en ese momento hay que voltear a ver a Goyo: seguramente esquivará la mirada pero no podrá ocultar una misteriosa sonrisita debajo de sus bigotes.

Muchas gracias (al sociofotógrafo).

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