jueves, enero 26, 2006

del post anterior

Esta que está abajo es la presentación para la exposición de Gregorio Iván Preciado, que pueden visitar en los pasillos de la presidencia municipal de Colima. La neta la escribió el Tapiro, así que ahí sabrán...

Tan chidas las fotos, vayan a verlas antes que las quiten. Aclarado el asunto, y desligádome de esos avatares, esperen más cuentillos... Ah, el Goyo utilizó cuentillos míos que pueden leer en este blog: Yentlemencia y Colima está hecha para no andarla solo.

el deivis&chelas que ya se fue a dormir.

domingo, enero 22, 2006

Confesiones íntimas de un fotógrafo ardido y ausente.

Los que conocemos a Gregorio Iván Preciado podemos decir con total autoridad que Goyo es en realidad un tipo raro: es fanático de las Chivas pero usa lentes de intelectual, es un chaparrito rockero y punketo pero bigotón, quiere ser grafitero pero no sabe usar un aerosol, le gusta la fotografía y nunca había hecho una exposición.

Su relación con las fotos se remonta a aquellos tiempos cuando dicen que amarraban a los perros con longaniza. Lleva en sus venas la sangre de Aurelio Vallejo, uno de los fotógrafos más reconocidos de ese Colima que los señores que se dicen cronistas llaman elegantemente El Colima de Ayer.

Goyo convivió con su abuelo, jugó entre placas fotográficas, se enteró de las vidas de muchas familias a través de negativos y les inventó historias sobre papelitos de color sepia.

A lo mejor desde ahí, por curiosidad, Goyo eligió el tema más importante en su lista de rarezas: su carrera. Cuando alguien le pregunta “Oiga joven, ¿cuál es su profesión?”, su respuesta, "sociólogo", siempre hace que uno se pregunte: “bueno, pero ya en serio, ¿en qué trabaja?”

No se dejen engañar por la apariencia, los buenos modales y la sonrisa de este señor aquí presente. Goyo oculta tras esos bigotes una personalidad maquiavélica, más perversa que la de cualquier enajenado político de este Colima actual; es dueño de ideas peligrosas y trabaja con singular desparpajo sus proyectos de vida.

Goyo planeó al invitarme a esta presentación una manera de humillar a quien sabe poco de tomar fotos pero mucho de hacer las cosas con el corazón. Después de catorce intentos de mostrarme las fotografías, ocho invitaciones despreciadas para tomarnos unas chelas y treinta y cuatro llamadas telefónicas que no contesté, Goyo se apersonó en mi casa y a la vieja usanza judicial se coló como la humedad cuando abrí la puerta.

Después de los clásicos saludos de año nuevo, preguntas sobre la familia y demás interesantes temas que se nos ocurren cuando no sabemos de qué platicar con alguien, Goyo me soltó su premisa:

- "No pos ¿sabes qué?, quiero que hagas una presentación para mi exposición fotográfica. Yo no quiero enseñar mis fotos pero ya conoces a Víctor Manuel, él insiste en que ya debo hacer una…"

Al más puro estilo foxiano le rebatí:
-“¿Y yo por qué?”

Su respuesta seguramente había sido estudiada, valorada y estructurada desde el día en que nació: “Es que, inche Tapiro… te admiro…”. Me quedé frío, el ego triunfaba sobre la razón y aún así, mientras trataba de no escucharlo pensaba: “¿Qué se cree este tipo?, además de trabajar en Cultura, en la revista Tierra Adentro, publicar en el Ecos, hacer análisis como sociólogo y grafittólogo, ahora resulta que quiere tomar fotos… ¡Chale!”

La verdad es que tenía cosas más importantes qué hacer: La humanidad dependía de mis sesudas investigaciones para saber de qué color son los volcanes o descubrir cómo fue que se le ocurrió a Don Torres Quintero la mafufada de bautizarlos como colosos de granito, pero aún así acepté el compromiso de presentarlo.

Con unas chelas a manera de soborno, Goyo me fue mostrando sus fotografías. La primera impresión que me causaron fue sorpresa. Lo admito: una incómoda y envidiosa sorpresa. Las imágenes hablaron con una candidez que tenía tiempo sin ver.

Goyo les podrá contar la historia oculta que tiene cada una de sus fotos, esas emociones encerradas que son parte de una historia de vida. Después de revisar el material y decirle con la peor pose de experto que me parecía buena su chamba me pregunté cómo puede él sobrevivir en el frío mundo de la sociología.

No tengo capacidad para calificar trabajos de investigación, pero los muy léidos comprenden que dentro del trabajo científico los investigadores deben mantenerse al margen de las situaciones, los sujetos, los objetos de estudio; esta ridícula, aburrida e incómoda asepsia asegura que los resultados de las ciencias sociales no se contaminen con calor humano.

Goyo no aplica esta higiene en sus fotos -es más bien medio cochinón- y estoy seguro que muchas de las reacciones en sus retratados fueron provocadas por un gesto, una frase o una mirada. No le quito méritos, tampoco creo que haya ido a hacerle cosquillas a los niños para que sonrieran.

Es obvio, en las fotos está incluido el fotógrafo, la sonrisa, la pregunta, la perplejidad, la complicidad de Goyo con sus personajes.
Por eso no estoy aquí, no soportaría ver la cara de satisfacción de mi amigo cuando se dé cuenta de que quien admira su trabajo soy yo; sí, me ganó, se salió con la suya, ésta es la inconfesable confesión de un ardido fotógrafo de volcanes.

Sé que Dhylva e Iván (sus principales impulsores), los asistentes a este evento y los amigos en común me darán la razón: Goyo, a pesar de malo y raro, sabe hacer cosas con dedicación y amor.

Esta es la maldad de Gregorio Iván Preciado: como fotógrafo se involucra, asume la personalidad de un niño curioso, un cómplice de travesuras y un fisgón colimote. ¿Quién puede resistirse a sonreírle al señor chaparrito que se baja apresuradamente de su carro para fotografiarte? Y peor aún, ¿cómo sabemos si los aquí presentes formamos parte de algún experimento de esta mente perversa?

La respuesta la encontraremos cuando una fotografía nos cause alguna emoción particular, en ese momento hay que voltear a ver a Goyo: seguramente esquivará la mirada pero no podrá ocultar una misteriosa sonrisita debajo de sus bigotes.

Muchas gracias (al sociofotógrafo).

miércoles, enero 11, 2006

De poquito en poquito

David Chávez


Poco a poco quiero irme yendo: agarrarme llorando la noche toda.
Y así, DE POQUITO EN POQUITO desaparecer, dejando escapar el aire en cada suspiro para saber que no vuelve ya hasta amanecer despertar convertido en uncharquitodelágrimas.

Colima está hecha para no andarla solo

David Chávez

Colima está hecha para no andarla solo, para caminarla de noche, platicándole, escuchándola; para detenerse en sus esquinas, mirar si viene algún automóvil y tomarle de la mano para cruzar las calles, para que me regañe por mis fumadas.

Colima me queda muy chica, muy ajustada: me aprieta el corazón. Sus manos, sus labios, aparta las avenidas, los semáforos, a la gente, hace que respire. Sentado me levanta, tranquilo me inquieta, a lo lejos me desampara: Colima me ahoga, me asusta. Y hay tantos asesinatos, tantas violaciones, tantos robos, tanto yo, tanto tanto tanto… cosas tan cotidianas que mirar…

Si yo tuviera al cuerpo, si yo tuviera el cuerpo, si yo tuviera su cuerpo, otro, no este, lo adiestraría para amar Colima desde su origen. Le diría que deberá esperar, lo prepararía para una ausencia, le diría que andara, como yo, de la mano de la imagen colimota, de su recuerdo, su risa, sus palabras, hasta que el tiempo la materializara. Entonces desecharía ese cuerpo y me volvería yo.

Y este cuerpo y mis labios se secan como sus banquetas. Colima. Se cuartean con cada 7.1 grados de día en la escala de David Chávez. Esperan las lluvias de junio, de julio, para saciarse. Dan ganas de emborracharse de madrugadas, de embriagarse con olor a sandía, de ponerme ausente porque sigo los recuerdos, las vivencias y veo la ciudad en cada suyo: se me acabará la tranquilidad cuando se termine esa página de vivencias, ese libro que escribimos los que en sus manos vivimos.

Colima está hecha para andarse, para caminarse, para echar y poner en libertad la vida y en el caudal, en el afluente, en la corriente colimota del paso del tiempo sujetarse, aferrarse a la tabla salvadora de los sueños.
Nos da los pasos. Aquí Colima. Aquí un camino esperando a andar.