domingo, marzo 14, 2010
vaivenes
Miro hacia atrás y me doy cuenta del trecho que he avanzado. no quepo en Colima, no porque me quede chica, sino porque no encajo en su ritmo. ya no encajo en su ritmo. y si yo tuviera la misma intemperancia, intempestividad, lo terco y necio, lo imaginacional y la estupidez de David Chávez, la forma en que le busca la forma de hacer las cosas que quiere y le gusta hacer -como escribir, por ejemplo, o cocinar, por otro ejemplo- no tendría problema alguno en sentirme ya ubicado en San Luis Potosí, por ejemplo.
No me sentiría tan cansado de andar tan al trote, resistiendo, avanzando por la vereda, el camino polvoriento, cavilando y aplicando la forma de subir y remontar esta pendiente hasta llegar a donde pueda verse lo que está por venir, la nueva forma del camino que está más adelante.
Sucede que en ocasiones la curiosidad es un buen aliciente. Si yo tuviera la curiosidad de David Chávez -carajo!-, o el feelling, la alquimia y el timing de Carlos Ramírez Vuelvas, la explosividad y tino de suspicacia, el valor de caminar de Volpi, alias Óscar Fernando Chapula, el tacto para estar en un par de lugares ideológicos tan opuestos como en el cielo y en el invierno y tener el poder de mezclarlos -estar en el cielo en el infierno y en el infierno mientras se intenta llegar al cielo- que posee Julio César -salve- Zamora (Parri querido); lo pequeño/precioso, templado y acicate que puede ser un giro, un guiño, una finta en el humor, la amistad Yanezcastillosa de Alberto mi Bristy; lo tumultuosa y aduanera que es la vida, las vueltas que da, sus vaivenes hedónicos y medulares transfronterizos como se lo ha demostrado a David Chávez Paulina Barrenechea; la sorpresa de lo sencillo, el fluir, aenimesco, toolousero aprendido gracias a Pablo Angulo; los tremores y angustias que se disuelven con una dosis de guararé, bebiendo intravenosamente los influjos hectorlavoreanos que prepara Clara Parra; el compadrazgo y la confiansividad a botepronto-crecerápido en la cocina y la compañía de Roberto Machuca; la tejumbre y guiserío, el hermanamiento generacional que Lucy Gutiérrez Santana le han enseñado; la mexicaneidad y el chilenismo a flor de piel en las buenas y en las malas de Iván Trejo, de la comunidad chilenomexicana de la facultad de Derecho de la Universidad de Concepción, la de Letras, la de Maderas e Ingeniería Civil de la Universidad del Bío-bío; el cálculo, creatividad y animosidad que aprendió de Javier Zepeda y Óscar Rivera; las palmadas en la espalda de parte de Tapiro, los cigarros que escuchan de Marek Daniela; el cigarro y la cerveza templados de Lalo Urzúa; los ojos acuosos, llenos de risa de Nora Jiménez, Rosa Arias; la haceladepedotividad de Olivia Cannales y familia; el hazparismo de la banda potosina: la inguesuidad de Gabriela Nájera, la tos y desveladas fifaleras de David Pérez unidas a la opericia de Sara Martínez; la confianza y lazos de Alejandro Roque; la adoptividad amistosa con que se cuentan las alegrías y desgracias entre Dilva Castañeda, Goyo Preciado y David Chávez, similar a la que tienen entre ellos Avelino Guzmán y Los Escapistas, la familia y otra situaciones que a diario nos ponen a prueba, borrándonos de la memoria a otros y otras a quienes queremos, yo podría ser un poco como David Chávez: sería "el que esto escribe".
A veces siento que no encajo ni en el pasado ni en el futuro y el presente lo ocupa ahora David Chávez.
A veces siento que lo que a uno lo mantiene en el camino, lo que a mí me mantendría en el camino, aunque David Chávez siga en él, es saber que alguien nos mira, como a estas letras, como los ojos de Amanda Cárdenas, como la sonrisa de quien nos quiere, y se sonroja al descubrir que estas letras también te miran, mientras uno camina lentamente y se pierde en la distancia, desbaratándose como un cercado de piedra, precipitándose como lágrima a la comisura de los labios, de sus labios, de mis labios, de tus labios dentro de tus ojos.
miércoles, marzo 10, 2010
huiquidefinición de "Acoso textual"
definición.de.acoso.textual.wikipedia.david_chávez.wiki_htm6
La definición de acoso textual puede abarcar un amplio abanico, dependiendo de la opinión de cada individuo respecto a lo que entiende que pueda ser al acoso, llevando a confusiones. El término es resultado de las múltiples experiencias que asistentes, libreros, vendedores, autores, escritores y fanáticos han compartido luego de las ferias de libros, sean estas escolares, laborales, universitarias, municipales, estatales, nacionales e internacionales, en las que han sufrido el tacto indeseado de sus libros en los eventos arriba citados.
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También engloba los comentarios lascivos, discusiones sobre superioridad de textos, las bromas y los favores textuales (¡literarios y literales!) para conseguir otros status en el mundo editorial, etc. El acoso fuera del lugar de concurrencia, como en lecturas, recitales, presentaciones y conferencias autorales, también está considerado otra forma de acoso textual (cfr. Infrarrealistas: cronología del acoso textual en México).
domingo, enero 10, 2010
Hay días así
Hoy me encontré con un hombre que esperaba el camión a tres cuadras de mi casa. Me dijo que hoy había sentido cómo toda la literatura, toda la vida (en lo que a su sentido se refiere "vivir" y sus derivadas conjugaciones), las religiones, todas las lecturas, las letras, lo que yotúélnosotrosvosotrosustedesellos hehashahemoshan leídoleeránleeremosleerás lo había atravesado por completo como un flujo, como el viento que mece hojas, ramas e ideas.
Es sorprendente, me dijo. Asentí. Encendí un cigarrillo para conjurar cualquier pensamiento vago que pudiera interponerse entre nosotros. Así me sentí yo ayer, le dije, y encendí un cigarrillo. El humo que salió a continuación, le dije al hombre -que para ese entonces me miraba atenta, intensamente-, dijo tantas cosas que ni siquiera ahora he podido de hacerme de las palabras suficientes para describir lo que sentí después.
El hombre sacó un cigarrillo para conjurar cualquier pensamiento vago que pudiera interponerse entre nosotros. Ocho bocanadas después llegó el camión que yo debía abordar y nos despedimos con una mirada atenta, intensa, y una sonrisa luego de decirnos pase usted buenas tardes.
martes, enero 05, 2010
Sucede que a veces no hay nada como un chingas a tu madre
Sucede que a veces, cuando escribo, tiemblo. A veces lo hago cuando pienso en lo que podría escribir: una furia mal curada, una emoción descontenida que me rebasa, alguna idea que febriliza en mi cabeza y que me parece genial, sobre la que pienso -después de escribirla- que es una reverenda pendejada.
Escribir, a veces, es como velar armas. Pero sucede que a veces escribir es visto como un no combate, como una no lucha, como un no estar armado. He temblado, repito cuando he escrito. Lo he hecho tambié lleno de furia, cegado y poseso de un espíritu fiero, demandante, descontenido que selecciona cada pinche palabra con tal tino que hiera o mate o remate. La musa muere.
Las Furias mandan. Dictan.
Sucede que a veces, cuando se recibe el dictado, cuando alguna de las musas sobrevive, quedan retazos de palabras tiernas. Cuando una de ellas vence, cuando las Furias son dominadas, la visión de las musas es otra. Musas mecánicas que dan la vuelta de tuerca.
Sucede que a veces los combates entre ellas son desiguales y no se sabe quiénes ganarán. Uno podría decir entonces que se encuentra entre "fuego amigo", recogiendo la metralla ardiente y despojos de las armas usadas con las que se pueden construir otras. A esas armas se les ponen palabras como municiones. Yo simplemente espero entrar en combate. Y mientras, en lo que algo sucede, guardo parque, luthierizo nuevos artefactos: veo cómo luchan musas y furias.
viernes, diciembre 18, 2009
Reacciones post-nortec: pinches sustos condicionantes
Tenía cerca de año y algunos meses sin ir a México, hasta que regresé en julio de 2009. Como esta vez iba por tres meses, opté por hacerme de un teléfono celular que de buena onda mi hermano Rogelio me prestó. La cosa del chip fue donación de mi otro hermano, Marco Antonio. So, así iba yo durante mi estancia. El dichoso teléfono tenía reproductor de mp3, cámara fotográfica integrada, horario de verano, teclado iluminado, convertidor de monedas, cronómetro, calendario y también enviaba y recibía mensajes y hacía y recibía llamados.
Recuerdo que uno podía programar como timbre alguna canción en particular. Decidí, tan lejos de México había estado, seleccionar algo de Ramón Ayala. Así anduve cerca de tres días, hasta que perdí cerca de 5 llamadas por no alcanzar a escuchar el timbre. Por eso mejor opté por cambiar la canción. Luego, andaba yo feliz con Nortec: Tijuana Sound Machine sonaba cada vez que alguien de mis amigos o familiares me llamaba.
Dejaba que el teléfono sonara 10 o 15 segundos antes de contestar. La mezcla de norteño con electrónica resultó ser muy muy muy de mi agrado y a otros les causaba curiosidad. Sin embargo, todo fue uno y ahora sufro las consecuencias de esta especie de comportamiento/condicionamiento-operante.
Sucede que dentro de 11 días vuelo de regreso a México. En lo que se llega la fecha trato de terminar un anális. Mientras hago eso, y llevado por la melancolía y la ansiedad, escucho Nortec. El reproductor de la laptop, programado para tocar los mp3s aleatoreamente, selecciona Tijuana Sound Machine. Tengo puestos los audífonos, que ignoro porque todos los días lo llevo puestos, y al escuchar el tema, el acordeón, la tarola, el bajo y la voz robotizada en un mix inconfundible me levanto y busco el celular: alguien, alguien, estoy seguro, me está llamando desde Colima, México, para vernos. Estoy seguro.
Tropiezo y al sujetarme de la cama voy a dar al suelo con todo y almohadas, cobijas, ropa, libros y una pequeña mochila que logro quitarme de la cara. Al levantarme desconecto el cable de los audífonos y me doy cuenta que la canción suena en la computadora. No hay tal celular. Nadie llama desde Colima (o Manzanillo o Tecomán o Guadalajara o el DF o Chiapas o Los Cabos o Morelia o Guanajuato o Puebla o San Luis Potosí).
Son síntomas de que, en esta ocasión, debo cambiar el estímulo (el tono del timbre) de mi condicionante (mi celular) para evitarme este tipo de eventualidades.
Colima, Guadalajara, Tecomán, Amig@s: l@s extraño a ritmo de Nortec:
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http://www.youtube.com/watch?v=4zYaCGEtFDU&feature=video_response
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martes, diciembre 15, 2009
viernes, diciembre 11, 2009
2014 árboles había en ese bosque
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Dicen que antes, cuando alguien a alguien quería guardar un secreto, buscaba un árbol en una montaña. Cuando lo encontraba tallaba un hueco y confesaba en él lo que no quería que se supiera. Luego sellaba el hueco con barro. Así nadie nunca sabía lo que había ocultado en él. Sin embargo, después de hacer lo anterior, aquel que había guardado su secreto regresaba a casa sin mirar atrás. Nunca nadie veía cómo los pájaros Tdzum, que anidan en los árboles haciendo un hueco y sellándolo con barro, confundían el escondite del secreto con sus nidos.
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Nadie sabía, tampoco, que entre las plumas de los pájaros Tdzum, con las que se elaboraban los almohadones de plumas, habitan diminutos seres que llegan a crecer como bichos gigantes y horrorosos que se alimentan de sangre mientras susurran al oído de su víctima secretos de antaño, crímenes, robos, asesinatos, bajas pasiones y amores ocultos que ocasionan a quien los escucha indescriptibles angustias mientras va consumiéndose poco a poco, hasta que muere.
pedro_páramo.juan_rulfo.david_chávez.reveses.wiki.htm4
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pedro_páramo.juan_rulfo.david_chávez.reveses.wiki.htm4
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-Así lo haré, padre.
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
Todavía antes me había dicho:
“No dejes de ir a visitarla -me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy seguro de que le dar gusto conocerte.” Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
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Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi madre, una tal Dolores Preciado. Mi padre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verla en cuanto él muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues él estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo…
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(texto para concurso Las historias, alberto chimal, 16 de julio de 2008)
Circunscripciones
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Abro la puerta del baño. Recibo el pequeño envoltorio con cocaína. Lo abro. Distribuyo el polvo en un par de líneas con una tarjeta de crédito. Me acerco al borde del lavamanos. Lo aspiro por la nariz. Repito la operación. Me lavo la cara. Me miro en el espejo. A mis espaldas, escucho que alguien se pedorrea. Alguien intenta vomitar. La tos es fuerte y nada. No vomita. Imagino ese par de escenas, al par de tipos que están dentro. Tres golpes cortos a la puerta: la señal de que alguien más entrará al baño. Mojo un poco mi cabello. Me miro fijamente en el espejo y comienzo a pensar si realmente Dios lo ve todo, si inhalará cocaína, si puede ver al par de imbéciles intentando cagar, intentando vomitar.
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Me sonrío. Saludo al tipo que entra. Abre su envoltorio, arma un par de líneas e ihnala. Gracias, le digo, cuando me invita un poco. ¿Usted cree en Dios?, le pregunto. A veces, me responde. Dios está en todas partes, le digo. ¿Ah sí?, me pregunta, mientras saca un cigarrillo e intenta encenderlo. Dicen que puede verlo todo, le digo. Cierto, eso dicen, me dice. ¿Usted lo cree?, me pregunta. Es probable, le digo. Quizá Dios sea un ingeniero o un tipo muy listo, tan listo que para saber lo que hacemos convirtió los televisores en sus ojos. Tenga cuidado. Ese televisor por donde transmiten las películas porno o las novelas o las noticias, ese que tiene usted en su habitación, quizá sea una rendija por donde Dios lo ve coger, comer, dormir, le digo. Puede ser, me dice, puede ser, me dice. Un zumbido cruza por mi cabeza. Bien, es hora, le digo, y me dirijo a la salida…
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(texto para concurso de minificción Las Historias, alberto chimal -24 de abril de 2009-)
miércoles, diciembre 09, 2009
nuevastecnologíasalalcancedesumano.
david Chávez
Primerosemetrabólabarraespaciadora.Penséqueranormal,eltecladoylacomputadoratienenmásde10añosdeuso.
Cuando solucione el asunto del teclado constate que los acentos de la computadora no aparecian.
Luego
vino
el
ProBlemA con las MAYUsculas y las MINUScUlAs y el
enter, que provocaba que los reglones estuvieran todos desordenados y
el texto careciera de orden.
El colmo SobrVino CuandO senti unpequeño CosquilleoEnMisManosYParaDejarConstancia
DeLoAcontecidoHiceLoQueACualquieraSeLePudoHaber OcurridoCuandoLaBarraEspaciadoraSeDescompusoOtraVez:
EscribirConjugado,SeparandoConMayUsculas
ElInicioDeLasPalabrasYEvitandoLosAcentos.MiroMis
Manos:ahora…ellas¡SonDeColorNegro!LevantoLasManosDelTeclado
YVeoLasLetrasMarcadasEnLasYemasDeMisDedos…No…Lo…
Puedo…Creer;SientoUnLigeroMareo…ElEspejoFrenteALaComputadora
ReflejaUnaImagenBorrosaDelQueSoy,DelQueHastaAhoraHeSido.LaTintaOLoQue…quiera…que…
sea…que…me…invade…que…se….a.p.o.d.e.r.a…de…este…mi
…cuerpo…subepormisbrazos,lentamente,comosifuerachapopote,comounaespeciede…f.a.n.g.o…
quienleaesto,porfavor:yanopuedo…despegarlosdedos/del/teclado.
lentamentelnegromeincorpora/alnegromismo.temodejardeseryo.
martes, diciembre 08, 2009
Melodía desencadenada
Melodía desencadenada
Sin ouija, sin médium, sin nada de superchería, para celebrar el cumpleaños de mi hermana y sabiendo cuánto sufrió cuando supo que Patrick Swayze había muerto -era una devota admiradora del actor-, esa noche toqué en el piano esa canción romántica que volvió un clásico el hecho de modelar en barro. Sin embargo, del pentagrama donde estaban las claves, de la partitura, comenzó a salir una especie de humo que no era humo: poco poco fue ennegreciendo toda la casa hasta concentrarse en la sala. Luego envolvió por completo a mi hermana, quien dio un grito y cayó inconsciente al suelo.
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Despertó minutos después, cuando las sombras o el humo ya habían desaparecido por debajo de la puerta principal. No dejaba de preguntar por una tal Molly Jensen. Decía que su nombre era Sam Wheat. Pensé que ella fingía ser el protagonista de esa película. Así se lo dijimos. "Oh, debo estar confundido. Yo hice el papel de alguien que había muerto y después morí, de cáncer", nos dijo. Luego seguimos conversando.
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Nos contó que tuvo cuatro hermanos, que desde joven ya le gustaba aquello de las artes escénicas, que era bueno para el atletismo y el futbol americano hasta que lo dejaron sus rodillas; que estudió ballet y se casó con Lisa Niemi. Desde que comenzó a relatarnos todo varios grabaron y fotografiaron a mi hermana. Era increíble que alguien supiera tantos detalles. Luego hizo una pausa y pidió prestado el teléfono. Marcó y habló en inglés. Era increíble: mi hermana nunca ha hablado ni intentado siquiera estudiar inglés, pero los videos lo prueban. "Tenía que decirle a mi esposa que estoy bien. Ella cree que después de la muerte estoy jodido. La amo. Si la ven, díganle que la amo", dijo mientras se limpiaba un par de lágrimas.
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Luego se tomó un par de copas con nosotros y cuando supo que celebrábamos el cumpleaños de mi hermana dijo que tenía una idea muy buena: cantaría el tema central de la película, esa canción romántica que volvió un clásico el hecho de modelar en barro, especialmente para ella, a manera de regalo por la devoción que le profesaba a su carrera artística. Me senté y comencé a tocar el piano. Él, es decir, mi hermana, cuyo cuerpo era habitado por Patrick Swayze, comenzó a cantar. Estábamos por finalizar la canción cuando nuevamente apareció el humo que no era humo, la bruma, la sombra proveniente del pentagrama, y envolvió otra vez a mi hermana, es decir, a Patrick Swayze, quien en ese momento habitaba el cuerpo de mi hermana, quien volvió a caer inconsciente al suelo.
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Despertó minutos después, cuando las sombras o el humo o la bruma o lo que fuera ya habían desaparecido por debajo de la puerta principal. No dejaba de preguntar qué chingados le había pasado. Volvió a desmayarse cuando vio el tercer video. Es curioso, dijo al despertar, minutos después, cuando las sombras o el humo o la bruma o lo que fuera ya habían desaparecido de su mente. Soñé que Patrick Swayze cantaba para mí. Decidimos que todo estaba bien y seguimos con la celebración. De eso hace casi un mes. Y todo hubiera quedado ahí si no fuera porque hace unos minutos, cuando las sombras o el humo o la bruma o lo que fuera ya habían desaparecido de mi cabeza, nublando mi vista, permitiendo que escuchara los gritos de mi hermana, quien me llamaba por mi nombre, cuando abrí el recibo telefónico, aparecía el cobro por una llamada de larga distancia a Los Ángeles, California. Mi hermana llora y yo estoy a punto de hacer lo mismo.
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miércoles, noviembre 18, 2009
Distancias
miércoles, noviembre 04, 2009
(e)vocación
increíble cómo la letra sobrevive a la muerte. cómo el significado perdura por siempre con el significante. increíble cómo con sólo leer los nombres en las lápidas nos acercamos a nuestros muertos. cómo la piel de los difuntos toma la textura del concreto, la madera llovida, podrida, astillada, sin pintura; de la tierra suelta, del pasto recién podado, del montón de pedruscos que tienen por lápida, por sepultura. la tumba que más recuerdo es la de mi abuela materna, tal vez por ser el primer sepulcro de un familiar que conocí. el nicho de mármol tiene un libro abierto, elaborado con el mismo material, en el que pueden leerse su nombre y el de otros parientes. cada año procuro visitar la tumba. esa y otras más. paseo las yemas de mis dedos por sobre las letras enterregadas por el viento que arrastra el polvo de los cerros cercanos. a veces ocurre que mis ojos se llenan de tierra. no lloro. más bien sonrío. esas letras es lo último que me queda de quienes han muerto. me gusta pensar que ese libro, la lápida de mi abuela, definió de alguna forma mi gusto por las letras. tal vez por eso la quiero, las quiero tanto.
¡Ya bájenle!
por eso, ahí les va una sopa de su propio chocolate: siquiera que sepan que neta ya estuvo.
SÚMENSE:
lunes, octubre 19, 2009
La canción de los desposeídos
(fragmento)
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(fragmento)
sábado, septiembre 26, 2009
(De)Generaciones bíblicas
Lot quería tanto a su mujer que para llevarla consigo optó por inhalársela toda.
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Bórgicas I
¿Un espejo frente a un espejo no es un aleph artificial? ¿Qué se ve del aleph cuando este se refleja en un espejo?
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De humectaciones
La lectura de novelas río, cuentos gota, enciclopedias oceánicas y poemas rocío me ha dejado de un bonito color aguamarina este humilde par de ojos.
jueves, septiembre 24, 2009
Juego de palabras 1
Hace rato, mientras iba sentado en el camión del transporte público, vi a un par de niños jugando, colgados de los brazos de su madre. Entonces me sentí inseguro. No sé si estoy seguro de que madurar sea decidirse a jugar un solo juego durante toda la vida, jugarlo profesionalmente e incluso divertirse mientras se juega, y ni siquiera estoy seguro ahora de que eso sea madurar. Más de tres décadas me costó llegar a esa conclusión, a decidirme a jugar lo que ahora juego, y ahora no tengo idea siquiera de a qué estoy jugando. Por eso bajé del camión y jugué a ser un peatón durante un par de calles. Es cansado. Caminé hasta esta banca. Ahora me dan ganas de jugar a ser un perro, aunque la carpeta con los seguros de gastos médicos de mis clientes me recuerda claramente que con la vida de las otras personas no se juega. Ya será en otra ocasión.
domingo, septiembre 06, 2009
trescero.--
Apenas tenía un par de días en la nueva casa. Faltaban algunos muebles y un poco de compañía para que estuviera completa, pero me sentía cómodo. Así que salí a buscar una botella de mezcal a la vinatería para beber un poco mientras veía el partido de futbol que habían estado anunciando por todas partes. Pensé que sería como una forma de celebrar algo, lo que fuera. Había una llovizna ligera. Pregunté a la primera persona con la que me crucé en la calle dónde vendían licores. Llegue a la esquina, dé vuelta a la derecha y camine tres cuadras, en la esquina está el negocio; si no, puede dar vuelta a la izquierda después de esas tres calles y ahí hay otro, me dijo. Le agradecí y saqué un cigarrillo que encendí debajo de la marquesina de un restaurante. El humo del tabaco se mezcló con el de un filete de res a la plancha.
La llovizna arreció hasta convertirse en lluvia que seis cigarrillos después desapareció como el agua por las coladeras de la calle y las bachichas que había arrojado al pavimento húmedo. Caminé por el rumbo que me habían indicado. No encontré el local. Caminé una cuadra más y nada. Decidí regresar. Podía volver a llover y el abrigo impermeable no lo era tanto. Caminé un par de calles y me detuve en una esquina a fumar nuevamente. Un acomodador de autos pasó a mi lado escuchando el audio de la transmisión del encuentro. Iba con prisa. Intenté seguirlo como si quisiera recuperar la mirada que le dejé sobre los hombros. Tal vez por eso se detuvo en la esquina, como si algo le pesara. Se sacudió el cabello y siguió caminando hasta doblar a la derecha en el siguiente cruce. Cuando llegué no vi rastro de él.
Quizá se había refugiado de la lluvia que caía otra vez, como yo lo hice a la entrada de un restaurante clausurado y abandonado.
Avancé cuando briseaba un poco. Algunas calles comenzaron a serme familiares. Había llegado a mi nuevo barrio. Me detuve en un puesto de tacos y pedí tres: dos de suadero y uno de tripa, con todo. Déme un refresco también. Veintiocho pesos después entré a una tienda donde varios tipos veían el partido de futbol. Compré pastillas para el aliento y una cajetilla de cigarros. Encendí otro afuera para unirme a ellos en silencio cómplice.
Mal, mal, mal que están jugando, dijo uno. Espérate pues, apenas van treinta minutos, mira, mira mira te dije, ¡uy! casi la meten te dije, no mames, por poquito. Varias personas que pasaban por el lugar se quedaban unos instantes a ver el marcador y seguían su rumbo. Algunos acomodadores de autos y vigilantes de la zona llegaron después a ver la transmisión y a fumar los cigarrillos sueltos que don Chuy, como saludaban al propietario, vendía a dos pesos. Y luego me miraban, como intentando reconocer si no era yo otra persona, otro vecino del barrio. Sólo sonreían y seguían mirándome, como aprobando mi presencia, dándome la bienvenida en cada fumada que dábamos al cigarrillo, en cada exhalación y humo que se mezclaban arriba en el aire.
Al minuto treinta y cinco llegó otro sujeto. Todos lo miraron brevemente, sin reconocerlo, y siguieron con la atención puesta en el televisor. Tras una amonestación que interrumpió el partido me pidió un cigarro. Gracias, dijo. Está cabrón, dijo. Sí, un poco, le respondí pensando en que se refería al juego. Apenas es seis y ya me chingué el dinero de la quincena, agregó. Ei, pinche dinero se va como agua, le dije sin dejar de mirar la televisión. Como esta pinche agua hija de la chingada que parece que no se va a quitar... Pa' mí que va a durar hasta mañana. Ojalá que no, dije, y seguí fumando. Pinche cigarrito, se antoja una cervecita para acompañarlo, ¿no, amigo?, volvió a decirme. Pues sí, estaría bien, dije. Y mire, no traigo un centavo, pero la verdad es que no le quiero pedir prestado y me ofendería si me invita una cerveza, dijo. Puta madre, casi la meten, dijo otra vez.
Sus palabras resbalaron como gotas frías por mi espalda. Amigo, el partido está muy bueno y no lo quiero molestar. Me hacen falta los centavos. ¿Me regala otro cigarrito? Eso sí se lo acepto. Le extendí el paquete y sacó uno que encendió cubriéndose la cara. Sin duda no quería que lo reconociera. Aquí tiene, mi amigo. Muchas gracias, es usted muy amable. Ya falta poco para que termine el medio tiempo, ¿verdad? ¿como cuántos minutos? Cinco, contesté nervioso. Definitivamente era un asaltante. Un asaltante tranquilo, sin prisa, que se daba su tiempo, tal vez disfrutando mi pinche miedo... y mis cigarrillos.
Pinche cigarrito, se antoja una cervecita para acompañarlo, ¿no, amigo?, volvió a decirme. Y con la cerveza fácil entran unos taquitos, ¿a poco no, amigo? Asentí con la cabeza mientras le decía: así es, y la quijada me tembló lo que duró el pitazo del árbitro indicando el fin del primer tiempo. Venga amigo, acompáñeme. Sabía que si me resistía podría ponerse violento, o quizá atacarme, atacarnos a todo. No sabía si el hombre estaba armado. Ni siquiera le había visto la cara. Lo acompañé. ¿Ya probó estos tacos, amigo?, me dijo. Déme nueve, pidió. No vi cuando terminó de comérselos. Setenta y cinco con el refresco, dijo el taquero. Pagué la cuenta y escuché que el hombre me decía, venga, amigo, por acá.
Lo seguí. No era muy alto ni muy bajo. Estaba vestido con un saco viejo, mojado por la lluvia, y los pantalones de mezclilla sucios le cubrían unos zapatos con los tacones gastados. Tenía el cabello largo y lleno de mugre y su andar era cansino pero vigoroso. Debía tener al menos cuarenta y tres años y de ellos casi diez bebiendo y fumando, por la voz. Entramos a una tienda de autoservicio y caminó hasta el pasillo. Escogió una botella de mezcal y dos de tequila. Luego regresamos a la caja y pagué.
Caminamos un par de calles más y nos detuvimos en la esquina. Espéreme aquí, amigo. Entró y salió pasados un par de minutos. Venga, vámonos. No debe tardar en llover otra vez, dijo, y lo seguí apresuradamente. Caminaba más rápido. Parecía tener las manos ocupadas en algo. Ya no braceaba como antes, ni se veía tan lento. Déme otro cigarro, con esto compraremos más ahorita que lleguemos a la otra tienda, me dijo. Tomó la caja de cigarrillos y sacó uno. Se lo encendí. Antes de apagar el encendedor pude ver un fajo de billetes de distintas cifras. Y vi también la pistola.
No se asuste, amigo, es para defenderme de los ladrones y los asaltantes, dijo, y se echó a reír. Sonreí. Venga, vamos a la tiendita esa donde estábamos viendo el futbol. Una patrulla pasó por un costado de nosotros, como acompañándonos. Buenas noches, saludaron. El tipo les contestó el saludo, ellos sonrieron y le pidieron cigarros. No traigo, pero mi amigo sí, ¿verdad? Y les extendí la caja. Agradecieron y arrancaron. Son mis amigos, me dijo, y sonrió para dejarme ver que le faltaban un par de dientes. Venga, vamos. No tarda en comenzar a llover. Llegamos nuevamente a la tienda donde estaba la televisión. La misma gente seguía en el lugar. El tipo me pidió otro cigarrillo, y otro y otro, hasta que se terminaron. Tenga, me dijo mientras metía un billete en uno de los bolsillos de mi impermeable. Compre más. Y una cerveza. O dos, si usted quiere. Obedecí.
Seguimos fumando y bebiendo cervezas hasta que se terminó el partido. El equipo local, al que apoyábamos todos, había vencido a su rival tres por cero. Comenzó a llover otra vez. Amigo, fue un gustazo conocerlo, me dijo. No volteé, no me busque la cara. ¿Pa' qué? Mejor quédese con esa buena impresión de mí, susurró mientras el resto de los que estaban ahí comentaba el final y hacía algunas compras que no hicieron por ver el partido. ¿Le quedan cigarros? Cuatro, le dije. Tenga, cómprese otros mañana. Déme chance de irme tranquilito, ¿estamos? Está lloviendo. No se moje. Espere al menos a que se calme un poco el agua. Cuídese mucho, y tenga cuidado con los ladrones y los asaltantes, me dijo mientras me palmeaba la espalda y comenzaba a reírse. El jajajeo se desvaneció con el agua, como mis temores. Entré a la tienda, saqué un litro de leche fría del refrigerador y abrí mi cartera. Estaba vacía, sin un peso. Busqué en mis bolsillos y a duras penas completé con monedas el importe. Primer asaltante que me hace gastar mi dinero en sus antojos, pensé.
Volví a casa dándole tragos enormes a la botella de leche mientras escuchaba en mi cabeza la risa de aquel hombre salido de la nada, de entre la lluvia. Antes de llegar a casa me detuve frente a una ventana. Dejé la botella por un minuto, mientras bajaba mi cierre para mear. Trescero, me dije, y el eco y la imagen del tipo se escurrían de mi mente como el agua que expulsaban mi cuerpo y las nubes, seguramente más negras a esa hora de la noche.
Ciudad de México, 6 de septiembre de 2009.
