David Chávez
Después de la boda, junto con la basura, recogimos los buenos deseos, el acta de matrimonio, las ganas de bailar, trocitos del pastel, sonrisas y miradas coqueras, lazos familiares medio rotos, etiquetas de traje sastre; el ramo de la novia, chorritos de alcohol, peticiones de baile, un borracho a media pista, cacahuates, anhelos de solteronas, un poco de ruido, dos o tres murmullos, pláticas obscenas de señoras grandes, algunos que otros celos, el olor a mierda del baño, dos vómitos, tres aretes, el sueño de treinta niños que corrieron, jugaron y destrozaron lo que quisieron en la fiesta; la felicidad de los novios, las copas de cristal en que bebieron los padres de la novia, cuatrocientas quince colillas de cigarros, un lente de contacto, seis deudas enormes de los padres del novio que los dejaron en la calle por dar la fiesta del siglo en el pueblo; ochocientos chistes simplones, veintinueve clases de olores, trece amistades que ya no lo son más, un embarazo no deseado, de cinco a siete rompimientos sentimentales, seis tacones de zapatillas, mil ciento quince corcholatas, ciento cinco botellas de tequila vacías, noventa y siente botones, una grapa de cocaína, dos condones: uno usado y el otro sin usar, un anillo de bodas (que no era el de los recién casados), la temblorina y los nervios de las madrinas, el corsé de una señora gorda en el baño, más tres cumbias, dos canciones que no venían al caso, un primo que andaba perdido y se durmió, una pintura para labios, un chongo postizo, el llanto de nueve borrachos y ocho canciones de despecho que cantó una tía divorciada y a mí, que me tocó barrer todas esas chingaderas después de andar mesereando toda la noche.
lunes, enero 22, 2007
miércoles, enero 03, 2007
Lo que pensó un inmortal cuando al caminar y fumar vio a una pareja (h-m) de novios discutiendo en un jardín...
David Chávez
Yo poseo los momentos libres y huecos sin actividades propias que otros no tienen. Resulta fastidioso esto. Comparado con la inmortalidad, la desocupación es uno de los mayores tormentos que alguien pueda soportar. Es terrible cuando intento acercarme a alguien y charlar sobre esto. Nunca se cumple, nunca se da.
A veces llego y las personas se encuentran en su lugar, haciendo lo que deben, pueden y les gusta. En intentos por conocerlas se resisten, otras no, porque como ya dije hacen lo que deben, pueden, saben y les gusta. Las mujeres son un caso específico. De hecho existe todo un mito alrededor de ellas: frágiles, fuertes, misteriosas, complicadas, tiernas, nerviosas, desconfiadas.
Cualquiera desconfiaría de un extraño que llega y pregunta tu nombre, luego te dice el suyo y comienza una charla, o al menos lo intenta. Pero resulta que en ese momento un halo de intimidad las cubre y no puede romperse porque están pensando algo o en alguien. Están molestas o tristes o comienzan a especular acerca de ti. Es terrible eso.
Yo poseo los momentos libres y huecos sin actividades propias que otros no tienen. Resulta fastidioso esto. Comparado con la inmortalidad, la desocupación es uno de los mayores tormentos que alguien pueda soportar. Es terrible cuando intento acercarme a alguien y charlar sobre esto. Nunca se cumple, nunca se da.
A veces llego y las personas se encuentran en su lugar, haciendo lo que deben, pueden y les gusta. En intentos por conocerlas se resisten, otras no, porque como ya dije hacen lo que deben, pueden, saben y les gusta. Las mujeres son un caso específico. De hecho existe todo un mito alrededor de ellas: frágiles, fuertes, misteriosas, complicadas, tiernas, nerviosas, desconfiadas.
Cualquiera desconfiaría de un extraño que llega y pregunta tu nombre, luego te dice el suyo y comienza una charla, o al menos lo intenta. Pero resulta que en ese momento un halo de intimidad las cubre y no puede romperse porque están pensando algo o en alguien. Están molestas o tristes o comienzan a especular acerca de ti. Es terrible eso.
miércoles, diciembre 06, 2006
Contraindicaciones
A Lupita, por su infinita paciencia y sus consejos.
David Chávez
Tomaba sus pastillitas de cultura una vez cada ocho horas. Así llevaba haciéndolo desde hace tres años. Iba cada semana a ver al médico del IMSS, tan cuidadoso que era de su salud, a que le dijera qué nuevo mal tenía. "Furia, usted tiene furia. Después de tomarse las grageas culturosas y los baños de asiento de discursos sin contenido deberá colocar su orina en este frasquito. Tráigamelo dentro de cuatro días. Quede sin cuidado, no creo que sea grave", le dijo el galeno. Así fue. Así lo hizo. El día de la cita murió. El forense dijo que fue a causa de un tumor provocado por las constantes dosis de intelecto que a su vez le ocasionaron una trombosis en el cerebro. "Estos medicamentos... su doctor debió advertirle de los efectos secundarios", murmuró para sí el perito antes de apagar la luz.
David Chávez
Tomaba sus pastillitas de cultura una vez cada ocho horas. Así llevaba haciéndolo desde hace tres años. Iba cada semana a ver al médico del IMSS, tan cuidadoso que era de su salud, a que le dijera qué nuevo mal tenía. "Furia, usted tiene furia. Después de tomarse las grageas culturosas y los baños de asiento de discursos sin contenido deberá colocar su orina en este frasquito. Tráigamelo dentro de cuatro días. Quede sin cuidado, no creo que sea grave", le dijo el galeno. Así fue. Así lo hizo. El día de la cita murió. El forense dijo que fue a causa de un tumor provocado por las constantes dosis de intelecto que a su vez le ocasionaron una trombosis en el cerebro. "Estos medicamentos... su doctor debió advertirle de los efectos secundarios", murmuró para sí el perito antes de apagar la luz.
martes, octubre 31, 2006
enfermedad terminal
david chávez
Tomaba sus pastillitas de cultura una vez cada ocho horas. Así llevaba haciéndolo desde hace tres años. Iba cada semana a ver al médico del IMSS, tan cuidadoso que era de su salud, a que le dijera qué nuevo mal tenía. "Furia, usted tiene furia. Después de tomarse las grageas culturosas y los baños de asiento de discursos sin contenido deberá colocar su orina en este frasquito. Tráigamelo dentro de cuatro días. Quede sin cuidado, no creo que sea grave", le dijo el galeno. Así fue. Así lo hizo. El día de la cita murió. El forense dijo que fue a causa de un arrebato de furiosa ignorancia que no le había sido detectado.
Tomaba sus pastillitas de cultura una vez cada ocho horas. Así llevaba haciéndolo desde hace tres años. Iba cada semana a ver al médico del IMSS, tan cuidadoso que era de su salud, a que le dijera qué nuevo mal tenía. "Furia, usted tiene furia. Después de tomarse las grageas culturosas y los baños de asiento de discursos sin contenido deberá colocar su orina en este frasquito. Tráigamelo dentro de cuatro días. Quede sin cuidado, no creo que sea grave", le dijo el galeno. Así fue. Así lo hizo. El día de la cita murió. El forense dijo que fue a causa de un arrebato de furiosa ignorancia que no le había sido detectado.
martes, octubre 17, 2006
Desde el más allá...
david chávez
Respuesta de Monterroso a la médium que lo entrevistaba:
"Un día, andando solo, como quien pasea newtonianamente por calles que no le son familiares, vi caer a una pequeña ave de uno de los hilos que conducen la energía eléctrica a las casas. Entonces supe que todo sería breve en mi vida: el sueño, mi estatura, el ocio, las mujeres, los enemigos... las ideas. Viendo el montón de plumas recordé que a las palabras se las lleva el viento, como la muerte al ave fulminada sin razón, y que debía lograr que mis palabras sobrevivieran. Por eso escribo".
Respuesta de Monterroso a la médium que lo entrevistaba:
"Un día, andando solo, como quien pasea newtonianamente por calles que no le son familiares, vi caer a una pequeña ave de uno de los hilos que conducen la energía eléctrica a las casas. Entonces supe que todo sería breve en mi vida: el sueño, mi estatura, el ocio, las mujeres, los enemigos... las ideas. Viendo el montón de plumas recordé que a las palabras se las lleva el viento, como la muerte al ave fulminada sin razón, y que debía lograr que mis palabras sobrevivieran. Por eso escribo".
lunes, octubre 09, 2006
medidas precautorias
david chávez
El día que decidió ser escritor anotó en una servilleta, con la que se limpió el maquillaje barato de una puta, algunas frases que amistades y familiares podrían hacerle: "Te vas a morir de hambre", "¿Me vas a regalar tus libros?, "¿y qué vas a escribir?", ¿me dedicas un poema, un cuento?", "dime que soy tu musa", "¿Por qué no haces algo de provecho?". Fue a manera de conjuro, para protegerse de ello, como quien sale de casa y no sabe si volverá, como quien está seguro de que dejará el cigarro, el alcohol, las mujeres y otros amados vicios como escribir.
El día que decidió ser escritor anotó en una servilleta, con la que se limpió el maquillaje barato de una puta, algunas frases que amistades y familiares podrían hacerle: "Te vas a morir de hambre", "¿Me vas a regalar tus libros?, "¿y qué vas a escribir?", ¿me dedicas un poema, un cuento?", "dime que soy tu musa", "¿Por qué no haces algo de provecho?". Fue a manera de conjuro, para protegerse de ello, como quien sale de casa y no sabe si volverá, como quien está seguro de que dejará el cigarro, el alcohol, las mujeres y otros amados vicios como escribir.
sábado, agosto 19, 2006
el auto
david chávez
A las cinco con treinta de la mañana sonó el despertador. Abrieron los ojos, cada uno, como si fuera la primera vez que veían la luz del sol. Tenían que ir a trabajar. Ella hizo el desayuno mientras él tomaba un baño. Minutos después el chorro del agua fría la obligó a estremecerse. Un quejido suyo se convirtió en reclamo por haberse bañado con el agua caliente que quedaba. Contempló la silueta de su esposa y sonrió.
Mientras se peinaba discutieron sobre qué era lo que irían a comer, más tarde, cuando salieran de trabajar. Media hora después perdieron quince minutos en imprimir el trabajo que él se desveló haciendo la noche anterior.
Salieron de casa tan sólo para llevarse la sorpresa de que les habían robado el auto.
– ¡No puede ser! – exclamó ella con la desesperación y la prisa marcadas en su cara.
– ¡Puta madre, nomás esto me faltaba! Me va a chingar mi jefe si no llego a tiempo con el informe trimestral. ¡Pinche madre!, ¿y ahora que chingados vamos a hacer? ¡Puto carro, putos ladrones, puta madre! – soltó con su voz ronca y trasnochada, como metralla, en el espacio donde debería estar el automóvil, donde él lo había dejado la noche anterior.
–¡Vámonos, ya veremos luego qué carajos hacemos!
Ambos abordaron un taxi que la dejó a ella en la delegación de la Secretaría de Asuntos de Salud y él se bajó después en el centro de negocios. Esa tarde no comieron. Se la pasaron en el Ministerio Público dando informes a la policía sobre el auto. Les dijeron que no se preocuparan, que el vehículo aparecería pronto, que de inmediato comenzarían a buscarlo.
Volvieron a casa entrada la noche. El papeleo con el agente los había cansado más de lo que imaginaban. Por eso no cenaron. Estaban tan asustados por el robo que hablaron toda la noche, cerraron bien puertas y ventanas y hasta pensaron en comprar un seguro. A eso de las cuatro y treinta de la mañana ya estaban en la cama, profundamente dormidos, con la ropa puesta.
El ruido de un motor los despertó.
–Debe ser el vecino.
–No. Es el ruido del motor de nuestro auto.
–Duérmete, estás alucinando.
–No. Es el nuestro, ¡es el carro!
Ahí estaba. Con la sorpresa, la emoción y el contento. Sí. Salió corriendo mientras le gritaba ¡Aquí está, aquí está!, ¡ven!, ¡míralo, aquí está! Y ella, en la duermevela, se levantó y se dirigió a la puerta.
El auto había aparecido. Estaba en el mismo lugar que lo habían dejado hacía dos días. Lo revisaron de arriba a abajo, por dentro y fuera. Estaba completo. Sujeto al parabrisas encontraron un recado escrito a mano y un pequeño sobre. Espero que me perdone si le provoqué alguna molestia. Tomé su carro prestado porque era una situación de urgencia: mi esposa estaba a punto de dar a luz. Aquí está su coche, no le falta nada. En el sobre hay dos boletos para el teatro. Espero que vaya a la función y que se le olvide el mal rato. Gracias de nuevo y que se divierta, decía.
No salían de su asombro. El vehículo estaba en su lugar, intacto. Incluso dieron un pequeño paseo por el barrio. Funcionaba. Y además, quien lo había tomado les ofrecía un par de boletos, aparte de las disculpas, para que fueran al teatro. Sí, irían, pero después de dormir. Volvieron a bañarse, esta vez tras dormir más de diez horas.
Salieron a comer y quedaron en que al otro día retirarían la denuncia que habían levantado en el Ministerio Público por el supuesto robo del auto. Luego fueron al teatro, a cenar, pasearon un poco, visitaron a varios amigos para contarles lo que les había pasado y les mostraron el carro: “Mira, intacto, no se llevaron nada, lo dejaron tal cual y en su lugar, qué suerte tienen, vaya que sí les sacaron un susto, yo no sabría qué hacer, ¿tan temprano se los dejaron?, calla mujer, lo bueno es que lo regresaron, mira que llevárselo y regresarlo, qué gente tan loca, ¿y qué tal estuvo la función?, la pasamos bien, ya nos vamos, mañana tenemos cosas que hacer, pues qué bueno que están bien y que se divirtieron, gracias por todo, luego nos vemos, bay”.
Regresaron. Ambos sonreían y hablaban sobre la suerte que habían tenido. Bajaron del auto. Se besaron en la puerta de la entrada. Abrieron. Entraron. Encendieron las luces. Ella dijo “no puede ser, no puede ser” diecinueve veces consecutivas en voz baja, como si rezara una corta letanía mientras su esposo crispaba los puños y una rabia incontenible lo consumía por dentro. No. No era por culpa de las lágrimas de impotencia que le impedían ver, fueron los ladrones que les habían vaciado la casa. No les habían dejado nada, sólo los focos que iluminaban el espacio vacío y el carro que recién les habían devuelto esa mañana, estacionado afuera, en la calle oscura y silenciosa.
A las cinco con treinta de la mañana sonó el despertador. Abrieron los ojos, cada uno, como si fuera la primera vez que veían la luz del sol. Tenían que ir a trabajar. Ella hizo el desayuno mientras él tomaba un baño. Minutos después el chorro del agua fría la obligó a estremecerse. Un quejido suyo se convirtió en reclamo por haberse bañado con el agua caliente que quedaba. Contempló la silueta de su esposa y sonrió.
Mientras se peinaba discutieron sobre qué era lo que irían a comer, más tarde, cuando salieran de trabajar. Media hora después perdieron quince minutos en imprimir el trabajo que él se desveló haciendo la noche anterior.
Salieron de casa tan sólo para llevarse la sorpresa de que les habían robado el auto.
– ¡No puede ser! – exclamó ella con la desesperación y la prisa marcadas en su cara.
– ¡Puta madre, nomás esto me faltaba! Me va a chingar mi jefe si no llego a tiempo con el informe trimestral. ¡Pinche madre!, ¿y ahora que chingados vamos a hacer? ¡Puto carro, putos ladrones, puta madre! – soltó con su voz ronca y trasnochada, como metralla, en el espacio donde debería estar el automóvil, donde él lo había dejado la noche anterior.
–¡Vámonos, ya veremos luego qué carajos hacemos!
Ambos abordaron un taxi que la dejó a ella en la delegación de la Secretaría de Asuntos de Salud y él se bajó después en el centro de negocios. Esa tarde no comieron. Se la pasaron en el Ministerio Público dando informes a la policía sobre el auto. Les dijeron que no se preocuparan, que el vehículo aparecería pronto, que de inmediato comenzarían a buscarlo.
Volvieron a casa entrada la noche. El papeleo con el agente los había cansado más de lo que imaginaban. Por eso no cenaron. Estaban tan asustados por el robo que hablaron toda la noche, cerraron bien puertas y ventanas y hasta pensaron en comprar un seguro. A eso de las cuatro y treinta de la mañana ya estaban en la cama, profundamente dormidos, con la ropa puesta.
El ruido de un motor los despertó.
–Debe ser el vecino.
–No. Es el ruido del motor de nuestro auto.
–Duérmete, estás alucinando.
–No. Es el nuestro, ¡es el carro!
Ahí estaba. Con la sorpresa, la emoción y el contento. Sí. Salió corriendo mientras le gritaba ¡Aquí está, aquí está!, ¡ven!, ¡míralo, aquí está! Y ella, en la duermevela, se levantó y se dirigió a la puerta.
El auto había aparecido. Estaba en el mismo lugar que lo habían dejado hacía dos días. Lo revisaron de arriba a abajo, por dentro y fuera. Estaba completo. Sujeto al parabrisas encontraron un recado escrito a mano y un pequeño sobre. Espero que me perdone si le provoqué alguna molestia. Tomé su carro prestado porque era una situación de urgencia: mi esposa estaba a punto de dar a luz. Aquí está su coche, no le falta nada. En el sobre hay dos boletos para el teatro. Espero que vaya a la función y que se le olvide el mal rato. Gracias de nuevo y que se divierta, decía.
No salían de su asombro. El vehículo estaba en su lugar, intacto. Incluso dieron un pequeño paseo por el barrio. Funcionaba. Y además, quien lo había tomado les ofrecía un par de boletos, aparte de las disculpas, para que fueran al teatro. Sí, irían, pero después de dormir. Volvieron a bañarse, esta vez tras dormir más de diez horas.
Salieron a comer y quedaron en que al otro día retirarían la denuncia que habían levantado en el Ministerio Público por el supuesto robo del auto. Luego fueron al teatro, a cenar, pasearon un poco, visitaron a varios amigos para contarles lo que les había pasado y les mostraron el carro: “Mira, intacto, no se llevaron nada, lo dejaron tal cual y en su lugar, qué suerte tienen, vaya que sí les sacaron un susto, yo no sabría qué hacer, ¿tan temprano se los dejaron?, calla mujer, lo bueno es que lo regresaron, mira que llevárselo y regresarlo, qué gente tan loca, ¿y qué tal estuvo la función?, la pasamos bien, ya nos vamos, mañana tenemos cosas que hacer, pues qué bueno que están bien y que se divirtieron, gracias por todo, luego nos vemos, bay”.
Regresaron. Ambos sonreían y hablaban sobre la suerte que habían tenido. Bajaron del auto. Se besaron en la puerta de la entrada. Abrieron. Entraron. Encendieron las luces. Ella dijo “no puede ser, no puede ser” diecinueve veces consecutivas en voz baja, como si rezara una corta letanía mientras su esposo crispaba los puños y una rabia incontenible lo consumía por dentro. No. No era por culpa de las lágrimas de impotencia que le impedían ver, fueron los ladrones que les habían vaciado la casa. No les habían dejado nada, sólo los focos que iluminaban el espacio vacío y el carro que recién les habían devuelto esa mañana, estacionado afuera, en la calle oscura y silenciosa.
martes, agosto 15, 2006
mal de familia
david chávez
"La tía Fernanda es teratóloga, lo voy a llevar con ella". Recuerdo que a mis ocho años escuché esa frase proveniente de mi madre y camino a casa de Tía Fer la palabra me ataba inmisericorde al sabor de las infusiones y cocimientos que la vieja nos daba a mi y a mis primos cuando nuestros padres no podían hacerse cargo de nosotros por atender algún asunto y quedábamos a su cargo.
Como cualquier solterona de 70 años que se preciara de serlo, Tía Fer curaba nuestras enfermedades con infusiones elaboradas con todo tipo de hierbas, raíces, hojas, cortezas, cáscaras y demás productos natulares. Nunca en su casa alguien de la familia debió ser intervenido quirúrgicamente por algú padecimiento, hasta que ella comenzó a chochear y a confundir las recetas para el té de amores que les pedían mis primas con las fórmulas para curar la diarrea con una tacita de tal cosa acompañada de una pizca de tal otra.
Recuerdo que recordaba el sabor de los brebajes de la Tía Fernanda y yo y mi imaginación nos sujetábamos con fuerza, al oír teratóloga, al viejo cuadro de la casona de los abuelos, hasta meternos a la cocina, para ver en la taza el líquido preparado para determinado fin curandero. Lo recuerdo. Sí. Y cómo olvidarlo, si Tía Fer nos dio un cocimiento especial a todos, elaborado con una fotografía que a duras penas se dejó tomar, según ella "para que nunca me pierdan el recuerdo".
A 17 años de distancia entiendo por qué la Tía Fer nunca quiso poner freno a esa ceguera que le consumió los ojos. Tantos inventos, tanta dedicación de su parte para curar nuestros males era por evitar esas anomalías en nuestras conductas, esas monstruosidades que había en nosotros que los remedios de la vieja buscaban ocultarle a su vista. Y ambos, sus pacientes y ella misma, dejábamos de vernos enfermos.
"La tía Fernanda es teratóloga, lo voy a llevar con ella". Recuerdo que a mis ocho años escuché esa frase proveniente de mi madre y camino a casa de Tía Fer la palabra me ataba inmisericorde al sabor de las infusiones y cocimientos que la vieja nos daba a mi y a mis primos cuando nuestros padres no podían hacerse cargo de nosotros por atender algún asunto y quedábamos a su cargo.
Como cualquier solterona de 70 años que se preciara de serlo, Tía Fer curaba nuestras enfermedades con infusiones elaboradas con todo tipo de hierbas, raíces, hojas, cortezas, cáscaras y demás productos natulares. Nunca en su casa alguien de la familia debió ser intervenido quirúrgicamente por algú padecimiento, hasta que ella comenzó a chochear y a confundir las recetas para el té de amores que les pedían mis primas con las fórmulas para curar la diarrea con una tacita de tal cosa acompañada de una pizca de tal otra.
Recuerdo que recordaba el sabor de los brebajes de la Tía Fernanda y yo y mi imaginación nos sujetábamos con fuerza, al oír teratóloga, al viejo cuadro de la casona de los abuelos, hasta meternos a la cocina, para ver en la taza el líquido preparado para determinado fin curandero. Lo recuerdo. Sí. Y cómo olvidarlo, si Tía Fer nos dio un cocimiento especial a todos, elaborado con una fotografía que a duras penas se dejó tomar, según ella "para que nunca me pierdan el recuerdo".
A 17 años de distancia entiendo por qué la Tía Fer nunca quiso poner freno a esa ceguera que le consumió los ojos. Tantos inventos, tanta dedicación de su parte para curar nuestros males era por evitar esas anomalías en nuestras conductas, esas monstruosidades que había en nosotros que los remedios de la vieja buscaban ocultarle a su vista. Y ambos, sus pacientes y ella misma, dejábamos de vernos enfermos.
jueves, agosto 03, 2006
un hombre...
david chávez
de Chéjov:
El tema favorito del abuelo de Anton era La Divina Comedia, pero iba más allá y conforme la noche se hacía más oscura elegía un círculo infernal. Hace dos días nos contó que en el alto infierno, en el cuarto círculo, debería estar el más grande de los egoístas, aquel hombre que en Montecarlo fue al casino, ganó un millón, volvió a casa y se suicidó. - "El abuelo dice- nos comentaba Anton- que el desconocido y ególatra suicida sabía que la noticia de su triunfo será menos impactante que obtener el dinero y quitarse la vida".
de Chéjov:
El tema favorito del abuelo de Anton era La Divina Comedia, pero iba más allá y conforme la noche se hacía más oscura elegía un círculo infernal. Hace dos días nos contó que en el alto infierno, en el cuarto círculo, debería estar el más grande de los egoístas, aquel hombre que en Montecarlo fue al casino, ganó un millón, volvió a casa y se suicidó. - "El abuelo dice- nos comentaba Anton- que el desconocido y ególatra suicida sabía que la noticia de su triunfo será menos impactante que obtener el dinero y quitarse la vida".
lunes, julio 31, 2006
miércoles, julio 19, 2006
El origen de la beca
david chávez
La casa del señor rico amaneció rayoneada pero no encontraban al responsable. El hacendado, para evitar un rayoneo posterior a su casa y por consejo del vecino alcalde de Nothingham, convocó a un concurso de rayoneadores de casas. Triunfó el mejor, quien fue a la cárcel. Con el dinero del premio, obtenido de la venta de pollos, se pagó la pintura para resanar la casa. El pollero vio que esto era bueno e hizo anual el concurso. Así nació la Beca Ranchoco para Mejor Rayoneador de las Casas del Pueblo, con la cual se agranda también la cárcel.
La casa del señor rico amaneció rayoneada pero no encontraban al responsable. El hacendado, para evitar un rayoneo posterior a su casa y por consejo del vecino alcalde de Nothingham, convocó a un concurso de rayoneadores de casas. Triunfó el mejor, quien fue a la cárcel. Con el dinero del premio, obtenido de la venta de pollos, se pagó la pintura para resanar la casa. El pollero vio que esto era bueno e hizo anual el concurso. Así nació la Beca Ranchoco para Mejor Rayoneador de las Casas del Pueblo, con la cual se agranda también la cárcel.
martes, julio 11, 2006
voyeur.
david chávez
Cansado de insistir hasta el hastío ha siertaz personas en comó laz palavras deven eztar hescritaz y lo muy kábron que ce ha buelto, hintentar desifrar su sijnificado; oh lo qué con heyas ce quiere desir: (casi siempre lo logro pero ya se ha vuelto un problema para mis muñecas, mis dedos y mis ojos), un día decidí seguir a varios amigos que padecen ese extraño mal ortográfico.
Sí, estoy sorprendido. En la última ventana por donde miré una chica guardaba las recomendaciones, sacaba de su cerebro lo relativo a bien escribir y lo colocaba debajo del colchón donde duer-me todas las noches, donde fornica los fines de semana, en el que hay bacterias, que se pudre cachito a cachito por los fluidos vaginales que entran en contacto con varios gérmenes, a donde se va su orina cuando tiene pesadillas y chilla y las lágrimas se acumulan... ahí, debajo de ese mullido colchón, junto con sus targetas, ce dezcompone la hortógrafia asta qué lla no hes nada.
Ahí debajo también reposan mis instintos criminales. Ahí es donde se acaba la amistad y comienza el odio...
Cansado de insistir hasta el hastío ha siertaz personas en comó laz palavras deven eztar hescritaz y lo muy kábron que ce ha buelto, hintentar desifrar su sijnificado; oh lo qué con heyas ce quiere desir: (casi siempre lo logro pero ya se ha vuelto un problema para mis muñecas, mis dedos y mis ojos), un día decidí seguir a varios amigos que padecen ese extraño mal ortográfico.
Sí, estoy sorprendido. En la última ventana por donde miré una chica guardaba las recomendaciones, sacaba de su cerebro lo relativo a bien escribir y lo colocaba debajo del colchón donde duer-me todas las noches, donde fornica los fines de semana, en el que hay bacterias, que se pudre cachito a cachito por los fluidos vaginales que entran en contacto con varios gérmenes, a donde se va su orina cuando tiene pesadillas y chilla y las lágrimas se acumulan... ahí, debajo de ese mullido colchón, junto con sus targetas, ce dezcompone la hortógrafia asta qué lla no hes nada.
Ahí debajo también reposan mis instintos criminales. Ahí es donde se acaba la amistad y comienza el odio...
viernes, julio 07, 2006
Diferente
david chávez
Como los demás, él también pensó en moldear su rostro a conveniencia. ¿Qué más valía si lo hacía dependiendo de su estado de ánimo, de su personalidad? Dejó de lado esas preguntas, superficiales para él, y continuó en su experiencia, en su aventura de mutar el rostro a voluntad.
Al caminar por la calle, al abordar el camión no importaba si traía sus audífonos y su discman, era igual: quería aislarse un poco más, tan sólo un poco más. Así, cuando no quería que lo miraran ponía un rostro común, como el de cualquiera otra persona y seguía en sus asuntos. Si percibía que algún extraño se dirigiría a él para preguntarle por alguna calle simplemente su cara adoptaba un aire de extranjero, de turista. En su casa, si alguien llegaba a preguntar por él transfiguraba su rostro y simplemente decía que era un trabajador contratado para reparar cualquier cosa.
Sí, también llegó a preguntarse si algún día se arrepentiría por hacer eso y entonces qué cara iba a tener… poco a poco se dio cuenta de que su rostro no era el mismo de antes. Había cambiado tanto. Cuando decidió que era un error aislarse así de la gente, desesperado, buscó entre sus cosas viejas, libros, álbumes. Comenzó a ejercitar el rostro una vez más, a concentrarse.
Logró rejuvenecer tanto que cuando llegó a encontrarse con antiguos compañeros de escuela muchos de ellos le comentaron: “sigues igual , no has cambiado nada. Te recuerdo tal y como estabas, estás igualito, pareces una foto”. Sonrió al verse en el espejo, donde tenía pegado el retrato de la fiesta de graduación. Unas semanas más tarde aún dudaba de si había hecho lo correcto.
Como los demás, él también pensó en moldear su rostro a conveniencia. ¿Qué más valía si lo hacía dependiendo de su estado de ánimo, de su personalidad? Dejó de lado esas preguntas, superficiales para él, y continuó en su experiencia, en su aventura de mutar el rostro a voluntad.
Al caminar por la calle, al abordar el camión no importaba si traía sus audífonos y su discman, era igual: quería aislarse un poco más, tan sólo un poco más. Así, cuando no quería que lo miraran ponía un rostro común, como el de cualquiera otra persona y seguía en sus asuntos. Si percibía que algún extraño se dirigiría a él para preguntarle por alguna calle simplemente su cara adoptaba un aire de extranjero, de turista. En su casa, si alguien llegaba a preguntar por él transfiguraba su rostro y simplemente decía que era un trabajador contratado para reparar cualquier cosa.
Sí, también llegó a preguntarse si algún día se arrepentiría por hacer eso y entonces qué cara iba a tener… poco a poco se dio cuenta de que su rostro no era el mismo de antes. Había cambiado tanto. Cuando decidió que era un error aislarse así de la gente, desesperado, buscó entre sus cosas viejas, libros, álbumes. Comenzó a ejercitar el rostro una vez más, a concentrarse.
Logró rejuvenecer tanto que cuando llegó a encontrarse con antiguos compañeros de escuela muchos de ellos le comentaron: “sigues igual , no has cambiado nada. Te recuerdo tal y como estabas, estás igualito, pareces una foto”. Sonrió al verse en el espejo, donde tenía pegado el retrato de la fiesta de graduación. Unas semanas más tarde aún dudaba de si había hecho lo correcto.
martes, julio 04, 2006
Contagiado
david chávez
Las promesas son una especie de mosco parecido al que trasmite el dengue. Incuban sus huevecillos en mente y corazón de las personas crédulas, débiles de animosidad pero fuertes de fe. Lo terrible es el contagio de esperanza, maligna plaga que se expande conforme aparecen casos imposibles de resolver. El infectado pierde la memoria gradualmente.
Eso sí, las promesas que se cumplen son las que están en extinción. Como la de los pájaros bobos, sólo retengo la vaga imagen de mi padre diciéndome que yo nunca estaría solo...
Las promesas son una especie de mosco parecido al que trasmite el dengue. Incuban sus huevecillos en mente y corazón de las personas crédulas, débiles de animosidad pero fuertes de fe. Lo terrible es el contagio de esperanza, maligna plaga que se expande conforme aparecen casos imposibles de resolver. El infectado pierde la memoria gradualmente.
Eso sí, las promesas que se cumplen son las que están en extinción. Como la de los pájaros bobos, sólo retengo la vaga imagen de mi padre diciéndome que yo nunca estaría solo...
martes, junio 27, 2006
Moderno caso de plagio
david chávez
En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no puede acordarse, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Caballero andante, cansado de sus aventuras, decide escribir una novela. La titula "El ingenioso novelista Miguel de Cervantes Saavedra".
Muere de causas naturales días después de terminar la primera parte. Su ama de llaves, que pasaba de los cuarenta, su sobrina que no llegaba a los veinte y su mozo, Sancho Panza, que ensillaba a su caballo, deciden terminarla. La envían a una editorial muy famosa. La novela es acogida con éxito y se vende bien.
El autor dejó en su herencia los derechos del texto a su sobrina. Salen de la pobreza. Como suele suceder en este tipo de casos, no tardan en aparecer los problemas: un autor desconocido llamado Pierre Menard los demanda por plagio, pero otro escritor argentino gana el juicio, los derechos de autoría y obtiene el Premio Nobel por la obra que escribió sobre el proceso legal que Menard entabló contra los herederos del fallecido caballero andante.
En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no puede acordarse, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Caballero andante, cansado de sus aventuras, decide escribir una novela. La titula "El ingenioso novelista Miguel de Cervantes Saavedra".
Muere de causas naturales días después de terminar la primera parte. Su ama de llaves, que pasaba de los cuarenta, su sobrina que no llegaba a los veinte y su mozo, Sancho Panza, que ensillaba a su caballo, deciden terminarla. La envían a una editorial muy famosa. La novela es acogida con éxito y se vende bien.
El autor dejó en su herencia los derechos del texto a su sobrina. Salen de la pobreza. Como suele suceder en este tipo de casos, no tardan en aparecer los problemas: un autor desconocido llamado Pierre Menard los demanda por plagio, pero otro escritor argentino gana el juicio, los derechos de autoría y obtiene el Premio Nobel por la obra que escribió sobre el proceso legal que Menard entabló contra los herederos del fallecido caballero andante.
jueves, junio 15, 2006
Leído desde el camión...
david chávez
"Subtítulos en ingles, si los quiere en inglés le cuestan más caros, por el acento".
"Subtítulos en ingles, si los quiere en inglés le cuestan más caros, por el acento".
miércoles, junio 14, 2006
El pigmeo mayor: sobre el líder y La rebelión de los pingüinos
David Chávez
Meridiano, de Mérida quiero decir, regresa Agustín Monsreal a Colima. Hace unos años, cuando se presentó A la salud del cuento, el libro–entrevista que el grupo Voz de tinta realizó, hablaba de la amistad que Monsreal sostiene con el cuento. Ahora lo confirmo. De tan íntimos que son resultó Los hermanos menores de los pigmeos o Alacena de triquiñuelas y frioleras o La rebelión de los pingüinos.
Y es que esta “Obra Compuesta por el Maestro del Arte Noble de Escribir y Contar D. Agustín Monsreal E Interián Oliver y Boldo” es tan familiar como todo lo que nos acontece cada día. Porque esa convivencia del autor y lo escrito se deja ver en sus cuentos; vaya, tan familiar es que hasta Dios es una constante en sus pingüinos, en sus triquiñuelas narrativas, en la friolera que es este libro, en la vida independiente de los pigmeos, las minificciones, microcuentos, ultracortahistorias.
Don Agustín comenzó a publicar rondando los treinta años. Según los estudios neuropsicologistas de Gustav Besetzung y Segio Adelfo Alcalá Hera citados en este libro por el autor, la edad productiva de Monsreal puede ser clasificada en el segundo grupo de los cuatro en que los autores comienzan a escribir. A esa edad recibió el impulso creador el noble literato y vayan ustedes a leer de dónde y cómo fue.
No sé en qué lugar conoció a estos pingüinos letrosos que hoy presentamos. Hace años que no hablo con él. Ignoro también de dónde sacó la friolera de cuentos, aunque sospecho que las noches de desvelo y café, o sus charlas de cuates con Dios e incluso algún posible viaje al Congo pudieran ser la clave para descubrirlo.
Por eso hay que estar atentos.
En sus páginas introductorias el Maestro del Arte Noble de Escribir y Contar revela su verdadera identidad literaria. Y como si fuera cosa vana, regalo para escribidores mortales, deja como por olvido intencionado la información que por años uno anda buscando para resolverle la vida al personaje del texto propio, esa que se pretende encontrar para lograr el cuento perfecto, bien hecho, bien escrito, que arranca la reflexión, que enreda al lector y lo mete a los burdeles que las sirenas abrieron en tierra firme, a las tantas y tantas imágenes e historias –quizá de los pigmeos, probablemente suyas- que nos presenta.
Desde la página 15 hasta la 253 o mal llamada Anís del Mono o titulada Epílogo de la iniciación conocí a los pigmeos de una forma que nunca había imaginado: a cachitos, por partes, uno a uno; por medio de cartas dirigidas a endomingadas, Auroritas Boreales, Viudas Negras, Soberanas mías (o suyas), Niñas de mis ojos (o de los suyos), Caperucitas rojas, Apagafuegos, Maldemialmas, Perfectacasadas, reproches ocultos a Dios, los piques con los clásicos griegos por demostrarles, a varios miles de años, la neta del planeta y de la historia y en sus historias…
La rebelión de los pingüinos parece que fue formulada para equilibrar porcentajes lectores y editoriales, nos trae definiciones de la vida, acercamientos celestiales, historias de la urde, Rodillas sucias, meditaciones de amores, relaciones y monólogos consigo mismo y con otras personas, testimonios de crímenes ficticios y literales, y los cuentos que, después de leídos, uno quisiera escribir.
Ahí están Cabecita blanca, Predicción a mansalva, A la sombra de una doncellez en flor, las Vidas paralelas, el Burlador burlado, un Rubor amoroso y las guarriexquisitas Lástima que no sea una puta y Recetas de la casa, sobre todo la uno y Uyuyuy I y II para ejemplificar las dulciagrias convenciones sociales.
Religiosamente, los monterrosianos temas están en esta Alacena de triquiñuelas y frioleras: el amor, la muerte y las moscas, como aparecen también las ganas de reinventar a Dios en La mala semilla, ese dios pigmeo que no se encuentra en el cielo porque entonces no podría ver lo que sus criaturas hacen en la Tierra.
Les digo que hay que estar atentos: que no los sorprenda como a mi Añoranza de mamá, en la página 160: todo se cimbra, todo pierde piso y el corazón se transforma en cebolla: pocamadrísimo cuento que se cuela hasta el meritito corazón del lector.
Yo sigo advirtiéndoles. No se fíen de estos pigmeos y menos del autor. Tan seguro de sí, con esos años que da la experiencia, nos revela las dudas que pondrían en jaque a Benedicto XVI e incluso al espíritu de Juan Pablo II que ronda por el Vaticano con las preguntas y reflexiones Del cuaderno de Pepetino o los cachonderísimos Encuentros con Eva. Aunque ahora que lo pienso, no debería advertirles. De la página 15 a la 51 tendrán ustedes sus instrucciones y advertencias y todo eso que necesitan. Hasta les van a dar un intermedio para que puedan hacerse de la vista breve…
Ya mejor no los aburro ni le hago tanto al cuento y los dejo para que lean. Ahí les va mi despedida, la que promete el pronto regreso, como en Los hermanos menores de los pigmeos, donde al autor, de tanto y tanto despedirse, se le nota que ni ganas tiene de irse, pero no se fíen, no le crean: va por víveres, orita regresa, no se tarda de verdad, quédense otro rato sigan leyendo están en confianza.
Meridiano, de Mérida quiero decir, regresa Agustín Monsreal a Colima. Hace unos años, cuando se presentó A la salud del cuento, el libro–entrevista que el grupo Voz de tinta realizó, hablaba de la amistad que Monsreal sostiene con el cuento. Ahora lo confirmo. De tan íntimos que son resultó Los hermanos menores de los pigmeos o Alacena de triquiñuelas y frioleras o La rebelión de los pingüinos.
Y es que esta “Obra Compuesta por el Maestro del Arte Noble de Escribir y Contar D. Agustín Monsreal E Interián Oliver y Boldo” es tan familiar como todo lo que nos acontece cada día. Porque esa convivencia del autor y lo escrito se deja ver en sus cuentos; vaya, tan familiar es que hasta Dios es una constante en sus pingüinos, en sus triquiñuelas narrativas, en la friolera que es este libro, en la vida independiente de los pigmeos, las minificciones, microcuentos, ultracortahistorias.
Don Agustín comenzó a publicar rondando los treinta años. Según los estudios neuropsicologistas de Gustav Besetzung y Segio Adelfo Alcalá Hera citados en este libro por el autor, la edad productiva de Monsreal puede ser clasificada en el segundo grupo de los cuatro en que los autores comienzan a escribir. A esa edad recibió el impulso creador el noble literato y vayan ustedes a leer de dónde y cómo fue.
No sé en qué lugar conoció a estos pingüinos letrosos que hoy presentamos. Hace años que no hablo con él. Ignoro también de dónde sacó la friolera de cuentos, aunque sospecho que las noches de desvelo y café, o sus charlas de cuates con Dios e incluso algún posible viaje al Congo pudieran ser la clave para descubrirlo.
Por eso hay que estar atentos.
En sus páginas introductorias el Maestro del Arte Noble de Escribir y Contar revela su verdadera identidad literaria. Y como si fuera cosa vana, regalo para escribidores mortales, deja como por olvido intencionado la información que por años uno anda buscando para resolverle la vida al personaje del texto propio, esa que se pretende encontrar para lograr el cuento perfecto, bien hecho, bien escrito, que arranca la reflexión, que enreda al lector y lo mete a los burdeles que las sirenas abrieron en tierra firme, a las tantas y tantas imágenes e historias –quizá de los pigmeos, probablemente suyas- que nos presenta.
Desde la página 15 hasta la 253 o mal llamada Anís del Mono o titulada Epílogo de la iniciación conocí a los pigmeos de una forma que nunca había imaginado: a cachitos, por partes, uno a uno; por medio de cartas dirigidas a endomingadas, Auroritas Boreales, Viudas Negras, Soberanas mías (o suyas), Niñas de mis ojos (o de los suyos), Caperucitas rojas, Apagafuegos, Maldemialmas, Perfectacasadas, reproches ocultos a Dios, los piques con los clásicos griegos por demostrarles, a varios miles de años, la neta del planeta y de la historia y en sus historias…
La rebelión de los pingüinos parece que fue formulada para equilibrar porcentajes lectores y editoriales, nos trae definiciones de la vida, acercamientos celestiales, historias de la urde, Rodillas sucias, meditaciones de amores, relaciones y monólogos consigo mismo y con otras personas, testimonios de crímenes ficticios y literales, y los cuentos que, después de leídos, uno quisiera escribir.
Ahí están Cabecita blanca, Predicción a mansalva, A la sombra de una doncellez en flor, las Vidas paralelas, el Burlador burlado, un Rubor amoroso y las guarriexquisitas Lástima que no sea una puta y Recetas de la casa, sobre todo la uno y Uyuyuy I y II para ejemplificar las dulciagrias convenciones sociales.
Religiosamente, los monterrosianos temas están en esta Alacena de triquiñuelas y frioleras: el amor, la muerte y las moscas, como aparecen también las ganas de reinventar a Dios en La mala semilla, ese dios pigmeo que no se encuentra en el cielo porque entonces no podría ver lo que sus criaturas hacen en la Tierra.
Les digo que hay que estar atentos: que no los sorprenda como a mi Añoranza de mamá, en la página 160: todo se cimbra, todo pierde piso y el corazón se transforma en cebolla: pocamadrísimo cuento que se cuela hasta el meritito corazón del lector.
Yo sigo advirtiéndoles. No se fíen de estos pigmeos y menos del autor. Tan seguro de sí, con esos años que da la experiencia, nos revela las dudas que pondrían en jaque a Benedicto XVI e incluso al espíritu de Juan Pablo II que ronda por el Vaticano con las preguntas y reflexiones Del cuaderno de Pepetino o los cachonderísimos Encuentros con Eva. Aunque ahora que lo pienso, no debería advertirles. De la página 15 a la 51 tendrán ustedes sus instrucciones y advertencias y todo eso que necesitan. Hasta les van a dar un intermedio para que puedan hacerse de la vista breve…
Ya mejor no los aburro ni le hago tanto al cuento y los dejo para que lean. Ahí les va mi despedida, la que promete el pronto regreso, como en Los hermanos menores de los pigmeos, donde al autor, de tanto y tanto despedirse, se le nota que ni ganas tiene de irse, pero no se fíen, no le crean: va por víveres, orita regresa, no se tarda de verdad, quédense otro rato sigan leyendo están en confianza.
miércoles, junio 07, 2006
Irrealicidio
david Chávez
- "Creía él, señor juez, que con quitarle el acento a sandía no encontraría las semillas adentro. ¿Qué iba yo a hacer con ese imbécil, advertirle?, ¿qué no dijo el abogado defensor que el muertito antes de partir de este mundo se decía licenciado?, ¿cómo fue que terminó la carrera? Tomó el texto, el muy idiota, y se lo comió, tanta hambre tenía el desgraciado. Así fue como perdió la vida. Yo, como verá, nada tuve que ver con esa muerte tan horrible, tan angustiante, tan asfixiante con papel bond".
- "Creía él, señor juez, que con quitarle el acento a sandía no encontraría las semillas adentro. ¿Qué iba yo a hacer con ese imbécil, advertirle?, ¿qué no dijo el abogado defensor que el muertito antes de partir de este mundo se decía licenciado?, ¿cómo fue que terminó la carrera? Tomó el texto, el muy idiota, y se lo comió, tanta hambre tenía el desgraciado. Así fue como perdió la vida. Yo, como verá, nada tuve que ver con esa muerte tan horrible, tan angustiante, tan asfixiante con papel bond".
Apócrifo
david Chávez
Augusto Monterroso, de quien poco se sabe sobre los borradores de sus textos, muchos críticos indican que hay una versión anterior al cuento La oveja negra, el cual antes de ser corregido decía: "cansados los borregos de ejercitarse en el difícil y engorroso arte de la escultura, luego de muchos monumentos a gobernadores, ovejas negras y demás personajes, decidieron probar suerte en el mundo de la televisión, actuando en telenovelas".
Augusto Monterroso, de quien poco se sabe sobre los borradores de sus textos, muchos críticos indican que hay una versión anterior al cuento La oveja negra, el cual antes de ser corregido decía: "cansados los borregos de ejercitarse en el difícil y engorroso arte de la escultura, luego de muchos monumentos a gobernadores, ovejas negras y demás personajes, decidieron probar suerte en el mundo de la televisión, actuando en telenovelas".
Lo que cuentan en el puerto
david chávez
En un pueblo porteño, de cuyo nombre no quiero acordarme, se pescaba sólo pez vela. Los habitantes decidieron entonces hacer un momunento al pez, para que los visitantes tuvieran claro lo que ahí se consumía. Develada la obra, los porteños quedaron insatisfechos, la veían fea. Entonces, herida en su orgullo, una noche la escultura se arrojó al mar. Todavía hay ancianos que cuentan que por el fondo del mar, cerca de la costa, nada el pez vela metálico, en cuya cola se lee el nombre del escultor mexicano: Sebastián.
En un pueblo porteño, de cuyo nombre no quiero acordarme, se pescaba sólo pez vela. Los habitantes decidieron entonces hacer un momunento al pez, para que los visitantes tuvieran claro lo que ahí se consumía. Develada la obra, los porteños quedaron insatisfechos, la veían fea. Entonces, herida en su orgullo, una noche la escultura se arrojó al mar. Todavía hay ancianos que cuentan que por el fondo del mar, cerca de la costa, nada el pez vela metálico, en cuya cola se lee el nombre del escultor mexicano: Sebastián.
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