viernes, marzo 30, 2007

Ella tarareaba no sé qué canción...

david chávez

"Aquí tienes las llaves de mi alma / puedes entrar a la hora que tú quieras..." canta ella en la recámara, envuelta en la sábana balnca y delgada que deja traslúcidos sus pezones y yo, con una sonrisa irónica que alcanzo a ver en el espejo, al terminar de rasurarme, sólo atino a tocarme un poco la llave de su cuerpo, segura debajo de la bata de baño que traigo puesta.

miércoles, marzo 14, 2007

mala mañana

david chávez

Amanezco con el día roto y sus pedazos me hieren los ojos. Así de rutilante siento el ímpetu que me mueve a levantarme de la cama y dejarte en ella, dormitando. Carajo. Suena el teléfono y antes de que el repiqueteo te provoque esa oleada de preguntas mañaneras que me haces sin piedad, tan aguijoneantes como los retazos de luz que se cuelan por entre los lentes negros y mis ojos, contesto. “Vaya usted a la chingada y déjeme dormir”, esgrimo sin saber de quién o qué era lo que quería la voz del otro lado de la línea.

Después de una meada dejavúyesca retiro los lentes de mi cara y lavo la grasa que se acumuló en mi rostro durante la noche. Jamás me ha gustado traer a cara sucia, ni ver esas pelotescas sonrisas que traen como incrustadas los niños pequeños, embarrados de dulce, caramelo, de mocos. “Definitivamente algo debe estarme chingando”, digo para mí, y dejo el tubo del dentífrico abierta, a manera de venganza por seguir dormida, para que cuando te levantes te super emputes.

Abro el refrigerador y sólo observo su contenido. Al cerrarlo miro la foto que pegaste hace cinco meses, tú y yo en una pose cursi, cursi, tan cursi que sólo me río y me pongo de nuevo los lentes. “¿Dónde dejé los putos cigarros?”, me interrogo y camino hacia la sala. Están en el marco de la ventana que se ha quedado abierta. “Mierda, ojalá el puto gato no se haya metido”. Enciendo un cigarrillo y el humo se cuela a la otra recámara a la que bautizaste como “el estudio”.

Me rasco las nalgas. Siento frío en los pies y entro a la habitación. Enciendo la computadora e ipsofactamente suena el pinche teléfono celular. “Rayo, marqué hace unos minutos, ¿terminaste ya el artículo que te envíe por meil?”. Es Armando. “Sí, sólo falta darle estilo; ya está redactado y corregido. Carajo, ¿cuál es tu puta prisa?”.

Sé que no debo hablarle así porque es el jefe pero el cabrón lo tiene merecido. No son horas de marcar a casa. Abro el documento. Comienzo a redactar. En el monitor parpadea el cursor y no hay nada más en la hoja en blanco virtual. “Hoja en blanco mis güevos”, tecleo con desgano. Me levanto por una cerveza. Al regresar escribo que la hipocresía es un mal necesario, una especie de parásito dentro de un parásito que es el portador de ese mal; que ha salvado a la humanidad de tantas guerras, de tanta sangre que pudo haberse derramado, que es parte del odio, otro agente patógeno que contamina hasta al más leal de los leales, al más trabajador de los trabajadores y pendejadas por el estilo hasta que caí en la retórica y mayéutica cuenta de que el artículito estaba saliendo por sí solo y que a final de cuentas lo que me traía dando vueltas en la cama no eras tú, sino el cansancio y el hartazgo de tanto imbécil indeciso con quien trabajo.

Desde mi mail le envío el trabajo a Armando. Luego comienzo a escribir “Es en este preciso instante en que me doy cuenta de que hay una especie de vacío a mi alrededor. Quizás sea yo quien velada, discreta y a la vez escandalosamente me diga “no, esto no es así, esto no es así”. Me explico. Resulta que a mi derecha hay un hombre sentado. Lee varias cifras de lo que probablemente sea parte de su trabajo. Manipula una pequeña calculadora y presiona con los dedos de la mano derecha las teclas que parecen escabullirse como hormigas que escapan a no-sé-qué cosa. Ahí está. Sorbe de vez en vez el café que desde hace media hora le trajo la mesera. Trabaja, el hombre de la derecha trabaja -no se si es una divina coincidencia (la izquierda depositaria de lo malo y la diestra simbolizando todo lo bueno)-, y esa bebida son sus efímeros descansos. Suspiro. El hombre que está sentado... (---fin del relato---)”.

Moderno caso de plagio II

david chávez

Releyendo la obra de Borges me di cuenta que tal erudición no era posible reunirla en una sola persona... fue en su cuento, El Aleph, que descubrí su secreto: en la “
pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor (...) de dos o tres centímetros (...)” donde vio “un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio”, también vio sus textos. Lo suyo, su obra, fue pura transcripción.

toc, toc, toc, toc, toc (primer episodio)

david chávez

Golpetea el lápiz sobre el escritorio. El ventilador gira espasmódicamente. Toc toc toc toc toc. Habla, murmura, farfulla. No entiendo lo que dice. Mesa su cabello duro, engomado, hasta desprender pequeñas bolitas que flotan en el aire. Golpea con el puño cerrado su escritorio. Lo deja ahí. Parece furioso. Retira la mano del escritorio, la lleva al auricular, lo cambia a su oreja derecha. Observa el teléfono.

Abre el cajón, saca una cajetilla de cigarros. No puede controlar su mano izquiera. Recarga el auricular en su hombro y utilza las dos manos. Enciende el cigarro con el encendedor que está en el bosillo de su saco gris. Exhala el humo con violencia hacía mi. Carraspeo un poco y sigo mirándolo.

Tienes que matarla, pendejo, tienes que matarla, escucho que dice con un susurro contenido en los dientes apretados en su boca. Como sea, acaba con ella. No podemos dejar que nos siga metiendo en problemas. ¿Sabes lo que pasará si la prensa se entera que las tres colecciones de esos artistas están en mi casa? Ese escándalo nos arruinaría. Piénsalo buen, cabrón. No quiero que nos lleve la chingada.

El humo llega hasta mi. En pocos minutos me acostumbro al olor. Camino nerviosamente para no alterarlo más. Es mucho lo que nos debe, es demasiado dinero. No. No la despidas. Eres un pendejo. ¿Para qué, de qué nos serviría? Esa pinche vieja abrirá la boca. Sí, a pesar de que diga que no. Tienes que matarla. Sí, hazlo como quieras. La colección de piezas no va a volver al museo, entregarlas sería aceptar que yo las tenía. No, no las robé. Son mías, son un regalo. El mismo director del museo las trajo a casa. No. Nadie sospecha. Tienes que matar a esa pinche vieja pendeja, cabrón. Abrirá la boca, estoy seguro.

Me acerco al cristal de la ventana. El sol en el horizonte desciende lentamente. El ventilador sigue girando. Rac rac rac rac, rac rac rac rac. Ahora oprime con suma precisión el filtro del cigarro hasta aplastarlo. Lo lleva a su boca. Inhala. Arroja de nuevo el humo hacia donde estoy. deja a un lado del teléfono, junto a la agenda, el lápiz. Toma el periódico, lee los cabezales. Lee que la dirección del museo está a cargo de un hombre, no de una mujer.

No voy a pagar eso. No es lo convenido. El trato era que ella sacaría las esculturas y las pinturas del museo, te las daría a ti y yo les encontraría clientes. Si esa imbécil gastó el dinero en sus viajes a Japón, en sus cursos idiotas de hojalatería, de cómo pintar con brocha gorda es su problema. Le dije que jamás hiciera eso y no me escuchó. Sí, la auditoría fue por eso. Mucho dinero moviéndose, ¿qué necesidad había? Es su problema. Si perdió el empleo es su problema. Mátala antes de que venga a chillarme como una puta. Así no tendremos problemas. Ya veremos cómo nos arreglamos con el nuevo.

Avanzo un poco hacia el escritorio. Dudo. Acercarme más sería provocar su furia. Decido deambular un poco por la oficina. Está todo cerrado. El humo se queda en el techo, inmóvil. Yo estoy inquieto. Mira a todos lados. Frunce el entrecejo. Algo le dicen del otro lado de la línea telefónica que lo hace enfurecer más todavía.

Abre de nuevo el cajón. Saca un cenicero. Aplasta en él el cigarro a medio consumir. ¡Entonces házle como quieras, carajo!, ¡yo no te voy a pagar un puto peso, es tu problema!, ¡deshazte de esa perra, te digo! Raz. Colgó. Enmudezco. Se levanta del sillón. Sus manos van de nuevo al cabello, a la barbilla, a pensar. La suela de sus zapatos lustrados roza la alfombra. Rasp, rasp, rasp, rasp se escucha en silencio, en un ir y venir de preocupación.

Mira de nuevo el periódico. Pinche vieja, exclama. Pinche y mil veces puta. Ahora nos has metido en un buen problema, idiota. Se quita el saco. Lo coloca sobre el respaldo del sillón. De nuevo tiene un cigarro en sus manos. Lo enciende. Lo fuma. ¡Perra, si yo caigo tú caerás conmigo! Frac. Azota la palma abierta de su mano el escritorio. ¡Y tú, carajo, deja de estar chingando!, me grita.

Azorrillada, busco refugio en las paredes de la oficina. No encuentro nada. Él toma el periódico.

ebrio II

david chávez

Las palabras al ser leídas se descorchan y su contenido entra, embriagador, por el oído. Ya se han reportado al menos un caso de delirium tremens de alguien que leyó más de cinco libros uno después de otro.

Las vasventas

davi chávez

Las mujeres vasventas habitan el sur de las islas ZaHui, ubicadas en el punto medio entre el Pacífico mexicano y Asia, siguiendo la ruta que los mercaderes de ese continente establecieron con América septentrional. Una de cosas que las particulariza, según se cree, es el uso de faldones crinolizados que fabrican con hebras obtenidas de palapas y otras plantas costeras, las cuales recogen bajo los rayos del sol –además de su tamaño pigméico-.

Ellas y su isla seguirían en el anonimato si no es porque meses atrás se descubrió que el agujero de la capa de ozono se detuvo de manera extraña sobre el pequeño archipiélago, a donde se envió una expedición, cuyo único sobreviviente (la temperatura era tal en esa parte del planeta que sus compañeros murieron algunos insolados) consiguió que una de ellas lo acompañara.

Muchas le gritaban en un idioma desconocido para que se alejara de la isla, hasta que una se arrojó al agua y se aferró a él, apuntando la dirección que debía tomar para salvarlos a ambos luego de nadar hasta el barco. Ya en tierra, resultó que la piel de las vasventas tiene un grosor inaudito.

Se ha determinado que el brillo de la piel y su aspecto plástico se debe a los constantes collares de madreperla y nácar que penden de sus cuellos y que segregan, microscópicamente, cantidades de 19-73, sustancia descubierta por Madame Alexander Fornijká en la bahía del Golfo de Cortés, Baja California Sur, México, en 2011.

La nieta de la investigadora Fornijká, Madelaine, nos explicó el extraño saludo que se prodigan las aborígenes del Pacífico medio: consta en llevar la palma de la mano izquierda a la cara de quien se saluda, colocando los dedos meñique, anular y medio en la frente del interlocutor, mientras con el índice y el pulgar se le pellizca ligeramente la nariz.

Hummer: para el niño que todos llevamos dentro

david chávez


PERSONAJES:

Un niño, un señor y una voz en off.

ABRE A:

La cámara hace una toma en picada. Se escucha la voz de un niño dando instrucciones: “hay que hacer el puente más largo; el asfalto no se ha terminado de poner…”.

NIÑO 1: Tiene entre 11 y 12 años. De tez clara. Viste normal, como de esos niños que están de vacaciones.

CORTE A:

La cámara hace un acercamiento hacia lo que está construyendo: una carretera en lo que parece ser un lote baldío o un patio trasero grande.

CORTE A:

La cámara hace un paneo. Se ve lodo, agua, pedacera de madera, piedras, pasto, algunos monitos de juguete, arena, como una pista de rally.

CORTE A:

Acercamiento a los carritos del niño. Entre ellos hay un Hummer.

CORTE A:

La cámara hace un acercamiento de frente al niño, que está en cuclillas.

“Listo”, dice.

CORTE A:

La cámara hace un acercamiento a la cara del niño, quien dice:

“Ok, veremos quién llega primero”, mientras se limpia el lodo de las manos en el pantalón de mezclilla y toma el Hummer y otro carrito.

CORTE A:

SONIDO DEL NIÑO IMITANDO LOS MOTORES DE LOS CARROS

Close up de las manos del niño tomando los carritos.

CORTE A:

SONIDO DEL NIÑO IMITANDO LOS MOTORES DE LOS CARROS

Zoom in a los carritos de frente, corriendo por la pista que hizo el niño. Close up a una de las figuras pequeñas que puso como espectadores a la orilla de la carretera que construyó.

CORTE A:

SONIDO DEL NIÑO IMITANDO LOS MOTORES DE LOS CARROS QUEDA DE FONDO

Cámara fija. Toma general del niño jugando carreras con los carritos.

CORTE A:

SONIDO DEL NIÑO IMITANDO LOS MOTORES DE LOS CARROS

Close up de los carritos con las manos del niño. El Hummer va ganando.

CORTE A:

SONIDO DEL NIÑO IMITANDO LOS MOTORES DE LOS CARROS

INT. DEL HUMMER. VOLANTE, ESTÉREO, ASIENTOS DELANTEROS Y TRASEROS, PALANCA DE VELOCIDADES.

CORTE A:

SONIDO DEL NIÑO IMITANDO LOS MOTORES DE LOS CARROS

El niño hace que el Hummer se salga del camino. La cámara sigue su mano. El carrito corta camino por una ruta más difícil todavía que la que hizo. Deja el otro carrito en el camino. El Hummer sigue avanzando.

CORTE A:

SONIDO DEL NIÑO IMITANDO LOS MOTORES DE LOS CARROS

Close up del Hummer al llegar a la meta. Está enlodado. Close up a los tenis o zapatos del niño.

CORTE A:

EXT. CALLE. DÍA

CALLE TRANSITADA

Close up a los tenis o zapatos del mismo modelo que los del niño. Pertenecen a un señor de entre 35 y 45 años. Tild-up al señor, la cámara se detiene en su cara: trae gorra, lentes oscuros y se parece al niño. Sonríe.

CORTE A:

Toma del señor subiéndose al Hummer. Lo enciende y arranca. La cámara está fija mientras el Hummer se aleja. Hace un paneo hasta llegar a una vitrina donde hay televisiones en las que se transmite:

La cámara hace una toma en picada. Se escucha la voz de un niño dando instrucciones: “hay que hacer el puente más largo; el asfalto no se ha terminado de poner…”.

NIÑO 1: Tiene entre 11 y 12 años. De tez clara. Viste normal, como de esos niños que están de vacaciones.

CORTE A:

La cámara hace un acercamiento hacia lo que está construyendo: una carretera en lo que parece ser un lote baldío o un patio trasero grande.

CORTE A:

La cámara hace un paneo. Se ve lodo, agua, pedacera de madera, piedras, pasto, algunos monitos de juguete, arena, como una pista de rally.

CORTE A:

Acercamiento a los carritos del niño. Entre ellos hay un Hummer.

CORTE A:

La cámara hace un acercamiento de frente al niño, que está en cuclillas.

“Listo”, dice.

CORTE A:

La cámara hace un acercamiento a la cara del niño, quien dice:

“Ok, veremos quién llega primero”, mientras se limpia el lodo de las manos en el pantalón de mezclilla y toma el Hummer y otro carrito.

CORTE A:

Cross a negros. Aparece en las televisiones una frase escrita en letras blancas sobre fondo negro que dice: “¿Qué tan reales son tus sueños?” seguida de otra que dice: “Hummer: para el niño que todos llevamos dentro.” Y que lee una voz en off.

FIN

viernes, marzo 09, 2007

Lo terrible es que algo haga falta

david chávez

-- Lo terrible no es que tiemble, sino que no haya nadie ahí, a un lado, para decirle o decirte ay cabrón, qué culero se movió el suelo.
Así le dije a Norma y ella continuó con mi idea.
--Lo que nos asusta no es que la tierra se sacuda, sino que tenemos nuestros intereses puestos en el estéreo, en la casa, en la televisión y el dvd, en esas cosas que nos costaron muy caras y que no queremos que se rompan.
Respondí que sí y encendí un cigarro.
--Creo que lo que nos preocupa después de un temblor tan fuerte es si Fulano o Zutano se encuentran bien.
--¿Y quiénes son Fulano o Zutano? interrogó mientras ella también encendía un cigarro.
--Fulano y Zutano son esos amigos con los que estuviste unos minutos antes del temblor; tus padres, tus hermanos, tu familia, esos a los que quieres, esos a los que ibas a ver pero que por culpa del temblor quién sabe a dónde chingados se habrán largado.
--Entonces es más preocupante el compromiso que se hizo antes, durante y después del temblor- ajustó.
--Sí, en cierta forma sí- acepté.
--¿Siempre? Se dirige a mí al tiempo que mira los autos que pasan frente a nosotros y se lleva la taza de café a la boca para darle un trago largo que me deja en suspenso.
--¿Siempre es necesario que nos pasen cosas tan fuertes a todos, a la misma hora, estemos con quien estemos, para darnos cuenta de eso, para que miremos alrededor y digamos, qué chido, estoy con Fulano, estoy con Zutano?
--La mayoría de los que gritaron fue porque no estaban con aquellos a los que querían, o en su lugar favorito, o haciendo lo que les gusta hacer - contesté, y no supe si certeramente.
Nos quedamos callados. Desde el portal Medellín, sentados, podíamos contemplar las cúpulas ligeramente inclinadas de catedral a causa del temblor, mientras la gente seguía ocupada con lo suyo.
--Pinche Norma, tú sí gritaste. Casi llorabas... ¿por qué?
--¿Y por qué no?, me contestó con un tono a la ofensiva.
--No lo sé. ¿Por qué tú?
--Todo mundo tiene derecho a llorar y lo aplica cuando quiere, ¿no es cierto? - dijo ella, nerviosa. Ya sé hacia dónde vas Sergio, y si quieres saber si pensé que iba a morir sí, lo hice.
Inhalé más humo del cigarro. Comenzaba a ponerme nervioso. Norma se hacía pasar por una mujer fuerte, pero en realidad había muchos factores que la hacían permanecer así, inestable, como esos decaedros o pelotas de plástico con agujeros de diversas geometrías por donde los niños pequeños deben meter las piezas. Así es Norma. Y cuando una de esas piezas entra, algo en ella cambia y entonces suelta sus lágrimas, se caga de risa, se enoja o simplemente se enamora. Nunca supe qué tipo de pieza había sido yo, pero era claro que ya estaba fuera.
Ahora, a cuatro años del temblor, cuando la llamé para vernos y hablar al respecto ella, con sus aires de fuerza, con su madurez a cuestas, llegó y me saludó agradeciéndome la invitación y el haber estado con ella cuando el sismo. Fue terrible, dijo al sentarse. Y yo contesté lo que al principio.
--Y si vas a preguntarme también por qué temí morirme, te diré que fue porque... porque no lo sé.
Siguió hablando. La interrumpí para cuestionarle si era porque el miedo a morir se aparece cuando la muerte es probable y no hemos terminado de cumplir nuestra misión cuando estamos vivos.
--Podría ser – respondió moqueando. Apagó el cigarro. Hice lo mismo y encendí otro. Tenía que controlarme.
--Podría ser - repitió.
--Podría ser - secundé.
--Es que no hemos terminado lo que debemos hacer, no estamos con los que queremos ni en nuestro lugar favorito... no podemos escoger nuestra muerte, dijo.
--¿Miedo a morir con extraños? – deslicé.
--Puede ser. Pero es terrible esa sensación...
Cuando tuve el cigarro a la mitad hice memoria y recordé que cuando el sismo, un frío recorrió todo mi cuerpo. No me paralicé. No grité, no corrí, no huí, no recordé a nadie, no tuve miedo de morir. No lloré. Acaso porque desde pequeño he estado en contacto con los temblores, porque nada es mío, porque definitivamente no tengo nada que perder, excepto la memoria, las fuerzas, la imaginación o la vida, en el mejor de los casos. Por eso ya tenía todo por ganar. Sólo sentí frío y coordiné perfectamente mis movimientos. Ví el caos y eso me agradó. Para mí no fue tan terrible.
Sacudo la ceniza del cigarro en el cenicero, miro de nuevo las cúpulas de la catedral, los autos que pasan, a Norma sentada conmigo en la misma mesa donde hace un año estábamos sentados. Fija su vista en mis ojos esperando a que diga algo: bajo la mirada y la clavo en el cigarro: lo sigo hasta que llega a mis labios: inhalo y le digo a Norma, esa Norma que tanto quiero y que tanto me preocupa y que a veces odio:
--Lo terrible es que algo haga falta. ¿No crees?

lunes, enero 22, 2007

Tirado

David Chávez

Después de la boda, junto con la basura, recogimos los buenos deseos, el acta de matrimonio, las ganas de bailar, trocitos del pastel, sonrisas y miradas coqueras, lazos familiares medio rotos, etiquetas de traje sastre; el ramo de la novia, chorritos de alcohol, peticiones de baile, un borracho a media pista, cacahuates, anhelos de solteronas, un poco de ruido, dos o tres murmullos, pláticas obscenas de señoras grandes, algunos que otros celos, el olor a mierda del baño, dos vómitos, tres aretes, el sueño de treinta niños que corrieron, jugaron y destrozaron lo que quisieron en la fiesta; la felicidad de los novios, las copas de cristal en que bebieron los padres de la novia, cuatrocientas quince colillas de cigarros, un lente de contacto, seis deudas enormes de los padres del novio que los dejaron en la calle por dar la fiesta del siglo en el pueblo; ochocientos chistes simplones, veintinueve clases de olores, trece amistades que ya no lo son más, un embarazo no deseado, de cinco a siete rompimientos sentimentales, seis tacones de zapatillas, mil ciento quince corcholatas, ciento cinco botellas de tequila vacías, noventa y siente botones, una grapa de cocaína, dos condones: uno usado y el otro sin usar, un anillo de bodas (que no era el de los recién casados), la temblorina y los nervios de las madrinas, el corsé de una señora gorda en el baño, más tres cumbias, dos canciones que no venían al caso, un primo que andaba perdido y se durmió, una pintura para labios, un chongo postizo, el llanto de nueve borrachos y ocho canciones de despecho que cantó una tía divorciada y a mí, que me tocó barrer todas esas chingaderas después de andar mesereando toda la noche.

miércoles, enero 03, 2007

Lo que pensó un inmortal cuando al caminar y fumar vio a una pareja (h-m) de novios discutiendo en un jardín...

David Chávez



Yo poseo los momentos libres y huecos sin actividades propias que otros no tienen. Resulta fastidioso esto. Comparado con la inmortalidad, la desocupación es uno de los mayores tormentos que alguien pueda soportar. Es terrible cuando intento acercarme a alguien y charlar sobre esto. Nunca se cumple, nunca se da.

A veces llego y las personas se encuentran en su lugar, haciendo lo que deben, pueden y les gusta. En intentos por conocerlas se resisten, otras no, porque como ya dije hacen lo que deben, pueden, saben y les gusta. Las mujeres son un caso específico. De hecho existe todo un mito alrededor de ellas: frágiles, fuertes, misteriosas, complicadas, tiernas, nerviosas, desconfiadas.

Cualquiera desconfiaría de un extraño que llega y pregunta tu nombre, luego te dice el suyo y comienza una charla, o al menos lo intenta. Pero resulta que en ese momento un halo de intimidad las cubre y no puede romperse porque están pensando algo o en alguien. Están molestas o tristes o comienzan a especular acerca de ti. Es terrible eso.

miércoles, diciembre 06, 2006

Contraindicaciones

A Lupita, por su infinita paciencia y sus consejos.

David Chávez

Tomaba sus pastillitas de cultura una vez cada ocho horas. Así llevaba haciéndolo desde hace tres años. Iba cada semana a ver al médico del IMSS, tan cuidadoso que era de su salud, a que le dijera qué nuevo mal tenía. "Furia, usted tiene furia. Después de tomarse las grageas culturosas y los baños de asiento de discursos sin contenido deberá colocar su orina en este frasquito. Tráigamelo dentro de cuatro días. Quede sin cuidado, no creo que sea grave", le dijo el galeno. Así fue. Así lo hizo. El día de la cita murió. El forense dijo que fue a causa de un tumor provocado por las constantes dosis de intelecto que a su vez le ocasionaron una trombosis en el cerebro. "Estos medicamentos... su doctor debió advertirle de los efectos secundarios", murmuró para sí el perito antes de apagar la luz.

martes, octubre 31, 2006

enfermedad terminal

david chávez

Tomaba sus pastillitas de cultura una vez cada ocho horas. Así llevaba haciéndolo desde hace tres años. Iba cada semana a ver al médico del IMSS, tan cuidadoso que era de su salud, a que le dijera qué nuevo mal tenía. "Furia, usted tiene furia. Después de tomarse las grageas culturosas y los baños de asiento de discursos sin contenido deberá colocar su orina en este frasquito. Tráigamelo dentro de cuatro días. Quede sin cuidado, no creo que sea grave", le dijo el galeno. Así fue. Así lo hizo. El día de la cita murió. El forense dijo que fue a causa de un arrebato de furiosa ignorancia que no le había sido detectado.

martes, octubre 17, 2006

Desde el más allá...

david chávez

Respuesta de Monterroso a la médium que lo entrevistaba:
"Un día, andando solo, como quien pasea newtonianamente por calles que no le son familiares, vi caer a una pequeña ave de uno de los hilos que conducen la energía eléctrica a las casas. Entonces supe que todo sería breve en mi vida: el sueño, mi estatura, el ocio, las mujeres, los enemigos... las ideas. Viendo el montón de plumas recordé que a las palabras se las lleva el viento, como la muerte al ave fulminada sin razón, y que debía lograr que mis palabras sobrevivieran. Por eso escribo".

lunes, octubre 09, 2006

medidas precautorias

david chávez

El día que decidió ser escritor anotó en una servilleta, con la que se limpió el maquillaje barato de una puta, algunas frases que amistades y familiares podrían hacerle: "Te vas a morir de hambre", "¿Me vas a regalar tus libros?, "¿y qué vas a escribir?", ¿me dedicas un poema, un cuento?", "dime que soy tu musa", "¿Por qué no haces algo de provecho?". Fue a manera de conjuro, para protegerse de ello, como quien sale de casa y no sabe si volverá, como quien está seguro de que dejará el cigarro, el alcohol, las mujeres y otros amados vicios como escribir.

sábado, agosto 19, 2006

el auto

david chávez

A las cinco con treinta de la mañana sonó el despertador. Abrieron los ojos, cada uno, como si fuera la primera vez que veían la luz del sol. Tenían que ir a trabajar. Ella hizo el desayuno mientras él tomaba un baño. Minutos después el chorro del agua fría la obligó a estremecerse. Un quejido suyo se convirtió en reclamo por haberse bañado con el agua caliente que quedaba. Contempló la silueta de su esposa y sonrió.

Mientras se peinaba discutieron sobre qué era lo que irían a comer, más tarde, cuando salieran de trabajar. Media hora después perdieron quince minutos en imprimir el trabajo que él se desveló haciendo la noche anterior.
Salieron de casa tan sólo para llevarse la sorpresa de que les habían robado el auto.

– ¡No puede ser! – exclamó ella con la desesperación y la prisa marcadas en su cara.

– ¡Puta madre, nomás esto me faltaba! Me va a chingar mi jefe si no llego a tiempo con el informe trimestral. ¡Pinche madre!, ¿y ahora que chingados vamos a hacer? ¡Puto carro, putos ladrones, puta madre! – soltó con su voz ronca y trasnochada, como metralla, en el espacio donde debería estar el automóvil, donde él lo había dejado la noche anterior.

–¡Vámonos, ya veremos luego qué carajos hacemos!

Ambos abordaron un taxi que la dejó a ella en la delegación de la Secretaría de Asuntos de Salud y él se bajó después en el centro de negocios. Esa tarde no comieron. Se la pasaron en el Ministerio Público dando informes a la policía sobre el auto. Les dijeron que no se preocuparan, que el vehículo aparecería pronto, que de inmediato comenzarían a buscarlo.

Volvieron a casa entrada la noche. El papeleo con el agente los había cansado más de lo que imaginaban. Por eso no cenaron. Estaban tan asustados por el robo que hablaron toda la noche, cerraron bien puertas y ventanas y hasta pensaron en comprar un seguro. A eso de las cuatro y treinta de la mañana ya estaban en la cama, profundamente dormidos, con la ropa puesta.
El ruido de un motor los despertó.

–Debe ser el vecino.
–No. Es el ruido del motor de nuestro auto.
–Duérmete, estás alucinando.
–No. Es el nuestro, ¡es el carro!

Ahí estaba. Con la sorpresa, la emoción y el contento. Sí. Salió corriendo mientras le gritaba ¡Aquí está, aquí está!, ¡ven!, ¡míralo, aquí está! Y ella, en la duermevela, se levantó y se dirigió a la puerta.

El auto había aparecido. Estaba en el mismo lugar que lo habían dejado hacía dos días. Lo revisaron de arriba a abajo, por dentro y fuera. Estaba completo. Sujeto al parabrisas encontraron un recado escrito a mano y un pequeño sobre. Espero que me perdone si le provoqué alguna molestia. Tomé su carro prestado porque era una situación de urgencia: mi esposa estaba a punto de dar a luz. Aquí está su coche, no le falta nada. En el sobre hay dos boletos para el teatro. Espero que vaya a la función y que se le olvide el mal rato. Gracias de nuevo y que se divierta, decía.

No salían de su asombro. El vehículo estaba en su lugar, intacto. Incluso dieron un pequeño paseo por el barrio. Funcionaba. Y además, quien lo había tomado les ofrecía un par de boletos, aparte de las disculpas, para que fueran al teatro. Sí, irían, pero después de dormir. Volvieron a bañarse, esta vez tras dormir más de diez horas.
Salieron a comer y quedaron en que al otro día retirarían la denuncia que habían levantado en el Ministerio Público por el supuesto robo del auto. Luego fueron al teatro, a cenar, pasearon un poco, visitaron a varios amigos para contarles lo que les había pasado y les mostraron el carro: “Mira, intacto, no se llevaron nada, lo dejaron tal cual y en su lugar, qué suerte tienen, vaya que sí les sacaron un susto, yo no sabría qué hacer, ¿tan temprano se los dejaron?, calla mujer, lo bueno es que lo regresaron, mira que llevárselo y regresarlo, qué gente tan loca, ¿y qué tal estuvo la función?, la pasamos bien, ya nos vamos, mañana tenemos cosas que hacer, pues qué bueno que están bien y que se divirtieron, gracias por todo, luego nos vemos, bay”.

Regresaron. Ambos sonreían y hablaban sobre la suerte que habían tenido. Bajaron del auto. Se besaron en la puerta de la entrada. Abrieron. Entraron. Encendieron las luces. Ella dijo “no puede ser, no puede ser” diecinueve veces consecutivas en voz baja, como si rezara una corta letanía mientras su esposo crispaba los puños y una rabia incontenible lo consumía por dentro. No. No era por culpa de las lágrimas de impotencia que le impedían ver, fueron los ladrones que les habían vaciado la casa. No les habían dejado nada, sólo los focos que iluminaban el espacio vacío y el carro que recién les habían devuelto esa mañana, estacionado afuera, en la calle oscura y silenciosa.

martes, agosto 15, 2006

mal de familia

david chávez

"La tía Fernanda es teratóloga, lo voy a llevar con ella". Recuerdo que a mis ocho años escuché esa frase proveniente de mi madre y camino a casa de Tía Fer la palabra me ataba inmisericorde al sabor de las infusiones y cocimientos que la vieja nos daba a mi y a mis primos cuando nuestros padres no podían hacerse cargo de nosotros por atender algún asunto y quedábamos a su cargo.

Como cualquier solterona de 70 años que se preciara de serlo, Tía Fer curaba nuestras enfermedades con infusiones elaboradas con todo tipo de hierbas, raíces, hojas, cortezas, cáscaras y demás productos natulares. Nunca en su casa alguien de la familia debió ser intervenido quirúrgicamente por algú padecimiento, hasta que ella comenzó a chochear y a confundir las recetas para el té de amores que les pedían mis primas con las fórmulas para curar la diarrea con una tacita de tal cosa acompañada de una pizca de tal otra.

Recuerdo que recordaba el sabor de los brebajes de la Tía Fernanda y yo y mi imaginación nos sujetábamos con fuerza, al oír teratóloga, al viejo cuadro de la casona de los abuelos, hasta meternos a la cocina, para ver en la taza el líquido preparado para determinado fin curandero. Lo recuerdo. Sí. Y cómo olvidarlo, si Tía Fer nos dio un cocimiento especial a todos, elaborado con una fotografía que a duras penas se dejó tomar, según ella "para que nunca me pierdan el recuerdo".

A 17 años de distancia entiendo por qué la Tía Fer nunca quiso poner freno a esa ceguera que le consumió los ojos. Tantos inventos, tanta dedicación de su parte para curar nuestros males era por evitar esas anomalías en nuestras conductas, esas monstruosidades que había en nosotros que los remedios de la vieja buscaban ocultarle a su vista. Y ambos, sus pacientes y ella misma, dejábamos de vernos enfermos.

jueves, agosto 03, 2006

un hombre...

david chávez

de Chéjov:

El tema favorito del abuelo de Anton era La Divina Comedia, pero iba más allá y conforme la noche se hacía más oscura elegía un círculo infernal. Hace dos días nos contó que en el alto infierno, en el cuarto círculo, debería estar el más grande de los egoístas, aquel hombre que en Montecarlo fue al casino, ganó un millón, volvió a casa y se suicidó. - "El abuelo dice- nos comentaba Anton- que el desconocido y ególatra suicida sabía que la noticia de su triunfo será menos impactante que obtener el dinero y quitarse la vida".

lunes, julio 31, 2006





bueno, pues ese es el trofeo que me rolaron por compartir el gane con manue llanes en la página de las historias, de alberto chimal. aquí el enlace:

http://www.lashistorias.com.mx/blog/?p=14

miércoles, julio 19, 2006

El origen de la beca

david chávez

La casa del señor rico amaneció rayoneada pero no encontraban al responsable. El hacendado, para evitar un rayoneo posterior a su casa y por consejo del vecino alcalde de Nothingham, convocó a un concurso de rayoneadores de casas. Triunfó el mejor, quien fue a la cárcel. Con el dinero del premio, obtenido de la venta de pollos, se pagó la pintura para resanar la casa. El pollero vio que esto era bueno e hizo anual el concurso. Así nació la Beca Ranchoco para Mejor Rayoneador de las Casas del Pueblo, con la cual se agranda también la cárcel.

martes, julio 11, 2006

voyeur.

david chávez

Cansado de insistir hasta el hastío ha siertaz personas en comó laz palavras deven eztar hescritaz y lo muy kábron que ce ha buelto, hintentar desifrar su sijnificado; oh lo qué con heyas ce quiere desir: (casi siempre lo logro pero ya se ha vuelto un problema para mis muñecas, mis dedos y mis ojos), un día decidí seguir a varios amigos que padecen ese extraño mal ortográfico.

Sí, estoy sorprendido. En la última ventana por donde miré una chica guardaba las recomendaciones, sacaba de su cerebro lo relativo a bien escribir y lo colocaba debajo del colchón donde duer-me todas las noches, donde fornica los fines de semana, en el que hay bacterias, que se pudre cachito a cachito por los fluidos vaginales que entran en contacto con varios gérmenes, a donde se va su orina cuando tiene pesadillas y chilla y las lágrimas se acumulan... ahí, debajo de ese mullido colchón, junto con sus targetas, ce dezcompone la hortógrafia asta qué lla no hes nada.

Ahí debajo también reposan mis instintos criminales. Ahí es donde se acaba la amistad y comienza el odio...