viernes, julio 27, 2007

“y la prosa, como la verdad, os hará libres…
a cambio de la sonrisa en vuestras caras”.

Marl Debroxi

pinches patos*

david chávez

Sintió un ardor en el hombro, así, de repente. Gritó quejándose por una herida que una bala le había hecho en el hombro. Eduardo, su compañero de cacería, volteaba a todos lados para ver quién había sido el autor del disparo, pero no lograba dar con el responsable. Armando comenzó a quejarse:
-Puta, me duele un chingo.
-No te muevas.
-Cabrón, me duele...
-Aguántate, no tienes nada, es un rozón nomás.
-¿Rozón?, ¿Rozón? Casi me vuela el brazo, ahhh, ¡puta madre!...
-¿Qué sientes?
-Ahh, me arde, como que me quema, ahhh, me arde un chingo...
Mientras Armando se quejaba de la herida, Eduardo busca con la mirada al autor del disparo.
-No hay nadie más aquí... chingada madre ¿Quién habrá sido?
De repente escuchó otra detonación. Armando volvió a quejarse y Eduardo se dirigió hacia él pensando en que el segundo disparo iba dirigido a su compañero. Silencio.
-Armando, ¿Armando, todavía estás vivo?
-Puta madre... no mames, qué pregunta, claro pendejo. Me estoy desangrando... ¿Qué chingados hacías allá, no escuchaste que volvieron a disparar?
-Estaba buscando al que nos dispara...
-Nada más te estabas haciendo pendejo... Ahhh, ya vámonos cabrón, que me estoy muriendo.
-Levántate...
-¿Levántate? ¿Qué no me estás viendo? ¡Ayúdame güey!
-Ándale pues, párate...
Ambos se levantaron para caer de nuevo al escuchar cuatro disparos más.
-No veo a nadie...
-Yo tampoco... ¿Quién será?
Graznidos que lejos de serlo parecían carcajadas. Armando y Eduardo miraron hacia arriba. “Pinches patos...” dijeron, y las aves jalaron del gatillo.

*creo que este fue el tercer cuento que publiqué y el primero publicado a nivel nacional, chale era un mocozuelo! en el universo del búho, de rené avilés fabila

la madrugada

david chávez

Yo… no sé. Serían acaso las tres o cuatro de la madrugada cuando escuché ruidos y música ranchera. Salí al patio. Vi luces a lo lejos que tal vez completaban el cuadro de hombres discutiendo que imaginé. Escuché los disparos. Debieron provenir de ese lugar. Yo… no sé: sólo recibí cuatro balazos y un perro ladró.

final de cuento

david chávez

Creíamos serlo todo. Creíamos tenerlo todo. Creíamos escribirlo todo en esas tertulias que se desarrollaban ya en casa de Joy, ya en el depa de soltero que la madre de Rubens pagaba y que acompañábamos con güisqui robado de la cava del padre de Fernando.

Embriagado por el éxito (Podría preguntar irónicamente y sonreír cuando dijera, les dijera, me dijera a mí mismo: ¿por qué otra cosa podría ser?) de mi primera minificción alguien deslizó la idea: "conozco a un joven escritor, vive en Toluca, vamos a buscarlo. Publica en el suplemento Arena. Apellida Chimal. Quizá pueda publicar tu historia".

Se aprobó la propuesta. Todo mundo abordó los dos autos. En el de Jordi íbamos Marcela, el dueño del carro y yo. En el de Joy, en la cajuela, echamos las cosas, las mochilas, las libretas, serían la avanzada... después de la curva Jordi nos advirtió, alarmado: "¡David, David, los textos, tu cuento, tu cuento!". Marcela marcó al teléfono celular de Joy para que se detuviera y así fue. "¿Por qué hay tanta tierra?", "¿Dónde están los cuentos, los textos, las letras?", "¿Qué fue lo que escribiste en tu libreta?", me interrogaron.

"Escribí que los cuentos que escribo se hacían realidad. En uno de ellos un grupo como el nuestro iba en busca de un escritor para mostrarle sus cuentos. Camino a casa del escritor los textos se convertían en tierra", les expliqué.

"¿Y cómo termina?", me preguntaron a coro. "No lo sé", dije. Antes de que Marcela y yo comenzáramos a llorar por el texto perdido les confesé que el cuento estaba precisamente en la cajuela del carro de Joy, junto con el texto recién escrito hacía unos minutos...

el del fin

de Tristan Bernard*...

Un hombre colecciona niños, legítimos, ilegítimos, de un primer matrimonio, de un segundo matrimonio, adoptivos, recogidos, bastardos, etc. Un día da una fiesta en la que los reúne a todos. Un amigo cínico le dice entonces: “falta uno”. El coleccionador angustiado le pregunta: “¿cuál?” “El hijo póstumo”. Después de lo cual el hombre pasional le hizo un hijo a su mujer y se suicidó.


*jean baudrillard.(2004). el sistema de los objetos. siglo xxi editores.18ed. francisco gonzález aramburu traductor. p. 111.

lunes, julio 09, 2007

Y sigue el huiqui dando...


andrés_noé_lópez_obrador.luis_gonzález_de_alba/david_chávez.wiki.hmt3
(obtenido de la red mundial de información el 09/07/07 de http://www.milenio.com/mexico/milenio/firma.php?id=527271 a eso de las 10:22 horas)

Noé López Obrador. Y buscó Noé diez justos para que Dios cancelara la función del Diluvio Universal. Y diez justos no hubo. Entonces buscó tres. Y tres no hubo. Uno, pidió el Señor. Y no hubo un justo. Cayó el Diluvio. Noé López ha buscado diez corruptos que vendieron su alma ciudadana en las casillas del 2 de julio y dieron por buenas actas falseadas. Y diez no encuentra. Busca tres, busca uno, con nombre, apellidos, cantidad recibida. Y no encuentra uno...

domingo, julio 08, 2007

No te enamores de mí*

david chávez

Te lo voy a decir nada más porque eres cuate, porque te tengo un buen de confianza y sé que para guardar secretos eres una tumba, ¿Ok? La conocí cuando aún tenía la costumbre de andar solo por las calles. Desde que iba a su casa ya no hago eso. Llegaba a su casa y la esperaba abajo, fumando, hasta que ella salía. Se llamaba Ananke. Entonces yo apenas tenía veintiuno, ¿te acuerdas? Y ella había cumplido diecinueve años.

Esa noche salimos en su auto. Uno café, ¿no te subiste una vez que nos dio aventón hasta casa del Carlos? Bueno, llegamos a la gasolinera con un par de cervezas y platicábamos de las broncas que ella tenía con su mamá. Me dijo que no se sentía bien en su casa. De la señora seguro te acuerdas, ¿no, Oswaldo? Sí, es una güerita, de buen cuerpo, con el cabello medio lacio, esa que creíste era hermana de Ananke... ándale, esa misma.

Pues la verdad que nunca me dijo que Ananke traía esa broncas. Total que nos fuimos al bar, a
ese que estaba por la Villa. Ahí estuvimos como dos horas y yo todavía estaba pensando en lo que iba a regalarle al otro día, el catorce de febrero. Claro, con tanta lana nomás dime: ¿A qué mujer puedes darle algo mejor de lo que tiene?... exactamente, y ahí me tienes, pensando como pendejo en algo bien, algo medio fresa para que combinara con su forma de ser.

Salimos del bar y me dijo que se sentía algo mal. Cambiamos de asiento y me llevé el automóvil hasta el rey Coliman, por donde inauguraron las oficinas del periódico. Ahí mero. Y me estaciono, la miro y me doy cuenta que tenía la mirada fija, así, como si estuviera ausente.

La verdad, Oswaldo, me imaginé todo menos que pudiera estar muerta. Su mamá dijo que había sido un paro cardiaco. Fui su primer novio, así, formal. Bueno, Ananke siempre me decía eso, y que nunca me fuera a enamorar de ella. Imposible.

“No te enamores de mí”, me pedía. Y luego se sacaba la ropa, comenzaba a desnudarse, siempre, siempre diciéndome: -“No te enamores de mí”. Su carita se le ponía roja cuando me le quedaba mirando, con mi cigarro en la izquierda, siempre en la mano izquierda.

Y ella me decía mientras hacíamos el amor, mientras domábamos el sillón de la sala, mientras la tocaba, recorriendo con mis manos su piel delicada en la que dejaba mi olor a cigarro: -“No te enamores de mí.” Pero ¿Cómo no enamorarse de ella, Oswaldo? ¡Dime!

Sí, sí la extraño. Me quedé con el regalo y lo guardé hasta cuando bajaban el ataúd. Lo abrí y lo dejé caer sobre su féretro. ¿Qué era? Eran las cenizas de los cigarros que fumé mientras la esperaba fuera de su casa.

Antes que su corazón fallara se despidió. Fue como amarla. Esperó tanto para tan poco. Esperó mucho. Disimuló, intentó ser racional, pero no aguantó. Terminó acostumbrándose a esas tardes en el bar, al sillón de la sala, a su auto que fue testigo de su último gesto de placer, de una mueca nada más. Un gesto. Lo esperaba pronto pero ¿sabes una cosa, Oswaldo? Ella siempre me decía:

-“No te enamores de mí...”



*si mal no recuerdo este cuentillo fue el primero que publiqué. años atrás, claro. que les sea leve y no, no es autobiográfico.

que llueva tierra (gud versión)

concepción, chile. siete de junio de dos mil siete.
(a eso de las 16:30 horas)



David Chávez

En el cielo también existe el polvo. Las nubes blancas son el aire reflejado, vuelto visible, hecho realidad. Son las nubes oscuras las que enturbian la vista, el azul barrido por el sol y el viento. Cuando esas nubes sucias, cuando ese polvo se junta en el cielo, se oscurece más; entonces nos enterregamos de lluvia. Misticismo de la naturaleza que hace llover tierra en forma de agua. El granizo son las pequeñas piedras que hay entre ellas.

miércoles, julio 04, 2007

recomendeishion Pare de sufrir (por el periodismo)

Acá el buenazo de Eduardo Huchín nos da unos tips para aquellos pobres menesterosos, hijos de la reverenda ignorancia que, perdónanos padre, pero no sabíamos para lo que estudiábamos (si alguna vez alguien estudió para aprender a hacer una nota (perdón por el paréntesis en el paréntesis pero ya ni la recontrachingan) y se dedicó a puro entrevista banquetera).

buenísimo.

Tú si nos entiendes Eduardo.

Pd. Vivan los editores, correctores de estilo y traductores de lenguas y sintaxis incomprensibles!

Pd2. agradezco al señor santo milagroso por permitirme escapar por unos años de las garras de ese pseudo.cuasi.loqueseaquehayasestudiadoenelIteso.que se sentía mi jefe y que jamás diosito santo lo permita por los siglos de los siglos lo azoten con una tea ardiendo para que se te quite de andar discutiendo estupideces y obviedades hijo de tu rep*t*s*m*a*m*d*e me cae!


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Pare de sufrir (por el periodismo)

“El periodismo es una profesión de riesgo”, había dicho el profesor Valdez, a quien sus alumnos de la escuela de comunicación apodaban “el Loco”. “Y el mayor peligro no es que te censuren o te amenacen sino que nadie intente siquiera cooptarte. Eso sí que es deprimente. Eso significa que no representas nada para los poderosos, que tu opinión no vale y que tus páginas editoriales sólo sirven para envolver pescado fresco”.

El grupo de terapia para periodistas había iniciado como un círculo de amigos que se emborrachaban para compartir los gajes del oficio. Poco a poco, los integrantes pasaron de las confesiones profesionales a las personales y de ahí de nuevo a las profesionales, pero en su variante más patológica: la del periodismo que afecta la vida personal.

“Es auténticamente terrible”, confesaba J. T., editor de una página de Espectáculos, Sociales y Cultura, “todo el tiempo veo mujeres que no puedo poseer. En las notas sociales es peor, porque se trata de chicas tan cercanas y a la vez tan inaccesibles, novias de jóvenes priistas y de futuros funcionarios; ricas, pedantes, cuyas miradas llegan a ser letales. Terrible, en verdad, terrible. La única parte que me reconforta es la de Cultura, donde todos son feos e inofensivos”.

El psicólogo Alavez nos escuchaba a todos con paciencia y fe. Había formado el grupo después de recibir llamadas a la medianoche de correctores de estilo que no podían leer las recetas médicas sin encontrarles errores ortográficos.

“Yo soy reportera, aunque ahora ando desempleada”. Sonia había reporteado por cinco años antes de quedar en el limbo. “Ahora que no tengo trabajo, me he dado cuenta que viví demasiado tiempo entre funcionarios y compañeros del gremio, de una fuente a otra, de una rueda de prensa y al banderazo de un programa. ¿No saben lo que eso significa? ¡Que me he quedado sin vida social!”.

Sí, la recuerdo bien, en todo momento se quejaba de no tener tiempo libre; ahora que lo tenía, no sabía qué hacer con él.

“¡Exacto!” La palabra en este instante era de María Luisa, que había dado notas por ocho años, antes de terminar trabajando en el área de Comunicación Social de una dependencia. “Yo lo he sentido. Es una especie de… cómo explicarlo… ¡reporteropausia! Ésa es la palabra. Sientes que le has dado tus mejores años a un solo periódico y luego éste no tiene empacho en darte una patada en el cuaderno de notas (que guardas en el bolsillo trasero del pantalón) y empezar a buscar a reporteras jóvenes, que calmen sus ansias de noticias”.

“Claro, claro”, respondió de nuevo Sonia. “Como ya sospechas sus intenciones, empiezas a convertirte en una buena chica. Arreglas tus notas, buscas sinónimos, incluso ya no copias boletines, pero al maldito diario ya no le interesa eso, él sólo busca la novedad, el texto ocasional, los contratos por un mes”.

El doctor Alavez apuntaba todo en una libreta con una rapidez extraordinaria, sobre todo porque también él había trabajado de periodista en alguna etapa oscura de su vida. “Déjenme entender”, intervino el psicólogo, “¿En la reporteropausia, el reportero entra en una depresión porque no se siente capaz de satisfacer al diario que la ha mantenido por tantos años?”

“Sí”, respondió con prontitud Sonia.

“Pero es algo más complejo”. En esta ocasión, la voz era de Viridiana, quien estaba saliendo de una relación tormentosa con un medio. “Hay mucha inseguridad y dudas, sobre todo cuando te encadenas con un periódico, saliendo de la carrera. Tu mamá te dice: ‘Busca un diario estable, con muchos años de experiencia’, mientras tus amigas te aconsejan: ‘Lo mejor es probar, unos meses acá, unas semanas allá. Esto del free es lo de hoy’. Entonces la reportera entra en un conflicto, pero decide hacerle caso a su mamá. ¿Y qué sucede? Que el diario estable, medio maduro y de muchos años, después de mantenerte esclavizada por algún tiempo te dice: ‘Nena, ya no siento que rindas lo mismo’ y ¡ni siquiera te indemniza!”.

Unos lloriqueos empezaron a escucharse. “¿Y la violencia, han hablado acaso de la violencia?” Ésta era Estela, que se secaba las lágrimas, mientras tomaba fuerzas para referirse a su propia experiencia. “¿Han hablado de nuestros ojos rojos de tanto tiempo en la computadora? Y ¡claro!, lo moretones por andar cubriendo las protestas en el palacio de gobierno o los desalojos de vecinos invasores. Hace unas semanas la gente que tomó la Sagarpa, casi me secuestra; estuve encerrada en el baño de mujeres por dos horas. Esas marcas quedan en la piel y no se borran en una semana”.

“Ven, mana, dame un abrazo”, dijo Sonia.”Siempre he dicho que abusas del standing cuando reporteas en la tele y que casi siempre tus descripciones arruinan las tomas, pero en esta ocasión déjame ser solidaria contigo”.

Las dos mujeres lloraron y se dijeron sus virtudes a la hora de escribir el párrafo inicial de una noticia. Yo miraba conmovido tantas muestras de cariño en el gremio, una forma de felicidad sólo comparable a recibir una canasta navideña del Congreso. “Bueno, Eduardo, ¿y tú qué tienes que contarnos?”

Esperaba que este momento no llegara. No soy muy afecto a relatar mis intimidades ante otras personas, aún así hayan desnudado sus corazones entre suspiros y pañuelos desechables.

“Eh, mi problema no es en realidad grave, tomando en cuenta todo lo que se ha dicho aquí. Es decir, no es lo que podríamos llamar un problema-problema”. “¿No estarás cayendo en la negación?”, inquirió J. T.

“No. De ninguna manera. En absoluto”.

“Yo creo que sí, mi estimado Eduardo”, dijo el psicólogo. “De otro modo, ¿qué te hubiera traído a este grupo? Y lo más importante ¡por-qué-demonios-contestaste-con-tres-negaciones-a-la-pregunta-que-te-hicieron!”

“Buena cuestión, je”. El asunto se estaba poniendo algo violento, así que decidí cooperar. “Miren, no es que me sienta menos que un periodista. Es decir, sé que no padezco las condiciones de adrenalina que experimentan ustedes cubriendo los incendios en el teatro de la ciudad o la entrega de aparatos ortopédicos por parte del DIF. También respeto la labor de edición diaria y la redacción de columnas políticas cada semana. Es algo que yo no podría hacer. Por lo menos no a esos salarios. Pero me afecta mucho, no saben ustedes cuánto, que cada que voy al desayuno del Día de la Libertad de Expresión, nunca me dan boletos para la rifa. En serio. Podía parecer estúpido y obsesivo, pero es verdad, ¡nunca me dan nada! La gente encargada de la tómbola, como nunca me ha visto, cree que soy un colado y que no trabajo en el medio. Eso me deprime muchísimo y termino abandonando el desayuno para irme a emborrachar”.

Estas últimas palabras las dije ahogado en llanto, como para significar que todo era verdad. El doctor Alavez me dio unas palmadas en la espalda, ese ademán que algunas veces significa: “Lo has hecho bien, muchacho, pero eso no quita que seas un perdedor”. Los otros compañeros del grupo también me dieron sendos abrazos; alguien por ahí me regaló un pedazo de papel higiénico para las lágrimas.

La reunión terminó con la “Oración de la Serenidad”: “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar del medio donde trabajo; valor para cambiar las que sí puedo y sabiduría para entender que en realidad nada puede cambiarse”. Después de esto, todos nos fuimos a seguir la vida en nuestras respectivas redacciones.


http://tediosfera.blogia.com/2007/062201-pare-de-sufrir-por-el-periodismo-.php

jueves, junio 28, 2007

REGLAS

Wan. Cada jugador (a) comienza con un listado de ocho cosas sobre sí mismo.
Tú. Tienen que escribir en su blog esas ocho cosas, junto con las reglas del juego.
Tri. Tienen que seleccionar a 8 personas más para invitar a jugar, y anotar sus blogs/nombres.
For. No olvides dejarles un comentario en sus blogs respectivos de que han sido invitadas a participar, refiriendo al post de tu blog: "El Juego".
UNO Drogas. En orden de aparición en mi vida: literatura, música, alcohol, tabaco, humo de mariguana y alucinógenos. No me atrae ni la coca, ni las tachas ni los ácidos, just the adrenalina, la pasión por escribir. La gastritis es una bendición en ciertas ocasiones. Quien tenga ojos para ver, que vea.
DOS Memoria. Hasta la prepa, el registro de todo lo que caía en mis manos para leer funcionaba a la perfección. De pequeño, fui obligado a aprenderme de memoria las tablas de multiplicar, cosa que todavía recuerdo (las tablas de multiplicar y el hecho y forma en que me hayan obligado a memorizarlas). Ahora, un cuarto de siglo más tarde, mi memoria a corto plazo (y a mediano plazo) no registra nombres de autores, novelas, cuentos, teóricos, cumpleaños, aniversarios, teléfonos, calles, palabras y/o acciones. Lo que he leído lo leí, y si me acuerdo bueno y si no, me limito a decir: “creo haberlo leído”. Tengo pánico. Sólo recuerdo situaciones y palabras dichas por mí a mi conveniencia. Y miraban a la serpiente en la cruz y de inmediato se sanaban.
TRES Gastronomía y excentricidades. Mole, pipián y menudo jamás entrarán a mi estómago. Nunca. Desarrollé un instinto de repulsión hacia esos platillos de la cocina mexicana no sé cuándo ni por qué. No sé si son sabrosos. Puedo golpear a alguien si me obliga a tragarlos. Contrario a ello, “puedo comer los tacos más grasientos esta noche (…) beber, a lo lejos, una chela que llora de frío hasta vaciarla”; considero que las aguas frescas de tamarindo, chan, alfalfa, naranja, limón, guanábana, papaya, mandarina, guayaba, arroz, jamaica, el tejuino, la tuba, el tepache y el bate (o vate, no recuerdo cómo se escribe) deben ser de consumo obligatorio todo el año en Colima. Recomiendo el tepache y el tejuino con un chisguetón de tequila cuervo. Si su ofrenda es un holocausto de ganado mayor ofrecerá un macho sin defecto.
CUATRO Sexo y sexualidad. Aunque fui iniciado en estas bellas artes a temprana edad (pónle tú a eso de los 11 años) fue casi una década más tarde cuando penetré en los oscuros misterios entrepiernosos, vigilados por las mujeres. Seguidor del dogma macdonalesco (“dedicados a hacer sonrisas”) con visos freudianos (“todo gira en torno al sexo”) a los 18 años llegué a pensar que no, no es amor: se llama orgasmo. Más tarde descubrí mi error y me di cuenta del ciclo de la vida: naces, creces, fornicas (te reproduces) y te mueres; ergo, nacemos para fornicar. Me considero antigalán, influenciado por el romanticismo, el lirismo, el tabaquismo de amigos, el alcoholismo de familiares, el escultismo de los scouts de noches sin dormir, los Fabulosos cadillacs y Molotov y me gusta que una nena se deje conquistar a sonrisas, a punta de pupilazos. Miren, el pueblo de Israel es más numeroso y fuerte que nosotros.
CINCO La banda. Como advertí en el punto Dos, no recuerdo quién chingados dijo que uno puede escoger a su familia, formar una aparte de la biológica. Ahí entra la banda. Tengo muchos amigos y amigas a los que considero mis hermanos, hermanas, maestros, compas y escritores a los que veo como tíos y tías, incluso como abuelos; banda como yo que escribe y comparte y departe con las letras a la que veo como la primiza; afinidades tantas que van desde el blues y el jazz hasta el arte culinario (sin albur). Viva la banda. Viva mi familia. La Familia, pero a lo Corleone.
SEIS Letras. Dicen que uno debe saber bien lo que quiere porque puede que llegue alguien o algo que te lo cumpla. Saber lo que se quiere hace que uno ahorre tiempo para pensar lo que se quiere. Yo hasta tengo una escena ideal de un momento de mi vida en el que tengo lo que he querido por años. Escuché el llamado de las letras como Samuel a Dios en el templo. “Habla literatura que tu siervo escucha”, debí haber respondido. Y aquí ando. A ratos me siento escritor rupestre. A ratos peor: siento llegar la mediocridad pero pedísima, de la mano de la ansiedad. Vienen de alguna peda con algún editor que publica a chavos que escriben. Poco a poco le pierdo el miedo a ese par de culeras. Ya me enojé. Prometo que leeré más. Desdichada memoria mía. Noé contaba 600 años cuando acaeció el diluvio (y yo tengo 26 años y no he publicado ni un libro en solitario).
SIETE Música, clima, mujeres. No me gusta el reggaeton, ni la trova ni la banda. A veces ni el new age o el metal. Me late más algo que me motive, que me haga imaginar cosas y no siempre me gusta una canción por la letra. Como los vinos con la comida, creo que la música debe tener un maridaje con el clima: cierta rola para ondas lluviosas, soleadas, algo así, y el clima con las mujeres: clima frío para las chicas ardientes, mujeres de sangre caliente para gozar de su compañía, presencia, charla y tacto en zonas costeras, la cabeza fría y la palabra en llamas, junto con una rolita sabrosona, para entibiar a las beibes frías como chelas, como que se antoja bebérselas. Sólo hay tres mujeres en la vida de todo hombre que responden bien a la música, el clima, el vino y a tipos como yo que creen en esto. No quedará piedra sobre piedra que no sea derruida.
OCHO La muerte. Me gustan las malas palabras y las groserías porque son puro sentimiento. Uno puede conocer el estado de ánimo según el nivel de volumen de la mentada de madre. A veces me tiro al sol (quiero decir que permanezco inmóvil, en alguna posición sobre determinada superficie, a recibir en mi cuerpo algo de luz solar) y siento sudar. El calor. La brisa. Los tremores del suelo. Me gusta saber que el tiempo que tenemos está contado, como una cuerda cuya longitud ha sido dada de antemano. Me gusta pensar que cada uno de nosotros somos cuerdas que se van entretejiendo y que la cuerda se revienta por lo más fino. Me gusta la provocación y me caga que piensen en la procacidad y en la vulgaridad como algo malo. Lo son cuando no son claros, cuando no tienen sentido. Y todas las cosas que carecen de sentido bla bla bla bla bla. Me gusta pensar que tenemos que hacer alguna actividad en lo que nos llega la muerte. La pérdida duele. Yo mientras tanto escribo. Y fumo.
Invito a jugar a:

Cremas (funkdefino.blogspot.com) Neto Cortés (ernestocortes.blogspot.com) Wen
(wendylunada.blogspot.com) Rous (noesqueseatrip.blogspot.com) Rogelio Guedea (lamemoriainfiel.blogspot.com) Alfredo Carrera (sadismopuro.blogspot.com) Marcia Martínez (lipiria.blogspot.com) Eduardo Huchín (tediosfera.blogia.com)

viernes, junio 01, 2007

huiquihomenaje a Pablo Neruda

poema_xx.pablo_neruda.david_chávez.wiki.hmt2

(y.una.canción.huiquificada.el.jinete.josé.alfredo.jiménez)


Puedo escribir los cuentos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: "Hace un frío de la chingada y tiritan, azules, los faros de los autos que pasan a lo lejos. El humo del cigarro que fumo gira en el cielo y canta. Es una buena noche para escribir un cuento, breve, sencillo, en el que tal vez un chileno escriba sobre una morra con la que anduvo. Nada nuevo. Algo leve.

Escribir, por ejemplo, que él escribe: “En las noches como esta la tuve entre mis brazos. Bebimos tantas chelas bajo el cielo infinito. Yo la quise, y a veces ella también me quiso. Ella me quiso, a veces yo también la quería. Cómo no haberla querido si hasta tenía los ojos grandes, fijos”…

Puedo escribir ese cuento tan triste esta noche. Pensar, mientras escribo, que el vato ya no la tiene, que la ha perdido. Que ahora la noche le suena inmensa, infinita sin ella, y que sus lágrimas caen al alma como al pasto el rocío. Qué importa si la historia está choteada. La noche está estrellada y ella no está con él.

Eso es todo.

A lo lejos alguien canta. A lo lejos. Debe ser el estéreo programado con la alarma para despertarme. Escucho el bolero que mi personaje chileno cantará: “Mi alma no se contenta con haberla perdido/ Como para acercarla mi mirada la busca/Mi corazón la busca y ella no está conmigo”.

Escribir, por ejemplo, que él escribe: “La misma noche que hace blanquear los mismos árboles (y el vato tal vez piense que ya no la quiere, es cierto, pero cuánto la quiso)…” y el chileno comienza a cantar el bolero que yo escucho: “Mi alma no se contenta con haberla perdido/ Como para acercarla mi mirada la busca/Mi corazón la busca y ella no está conmigo’, busca el viento para tocar su oído”…

De otro. La morra andará con otro. Y ahora será suya como antes de los besos del chileno. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. Ya no la quiere, es cierto, pero tal vez la quiere. Es tan corto el amor, tan largo el olvido… ¿qué va uno a saber de esas cosas?

Puedo escribir ese cuento tan triste esta noche, que en noches como esta la tuvo entre sus brazos, que su alma no se contenta con haberla perdido. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. En esa estación de radio se escucha la voz de José Alfredo Jiménez, los acordes del mariachi, a todos cantar: “Por la lejana montaña/va cabalgando un jinete/vaga solito en el mundo y vadeeeeeeeee seando la muerte/Lleva en su pecho una herida/va con su alma destrozada/quisiera perder la viday reunirse con su amada”.

Escribir, por ejemplo, para finalizar este cuento, breve, sencillo, en el que tal vez un chileno escriba sobre una morra con la que anduvo (Nada nuevo, algo leve), escribir, por ejemplo, que tal vez ella ya ha muerto o que se ha ido, o que el chileno está muerto y que algún amigo suyo encontró esta historia entre sus cosas, cuando se enteró de esa muerte, y guardó el documento y desapareció por un tiempo y la historia sobrevivió como pudo hasta que cuando ese amigo murió alguien dio con ella y la leyó y le pareció buena.

Pero dije que podría escribir los cuentos más tristes esta noche como este, en el que ella deberá haber muerto y el chileno se acuerda de ella, aunque este sea el último dolor que ella le causa, que un personaje me/nos causa,y estos sean los renglones que yo escribo donde escribo que él escribe que serán los últimos renglones que él le escribe: “Nosotros, pienso, los que leímos a los poetas de entonces, ya no somos los mismos”.