domingo, enero 10, 2010

Hay días así

david chávez





Hoy me encontré con un hombre que esperaba el camión a tres cuadras de mi casa. Me dijo que hoy había sentido cómo toda la literatura, toda la vida (en lo que a su sentido se refiere "vivir" y sus derivadas conjugaciones), las religiones, todas las lecturas, las letras, lo que yotúélnosotrosvosotrosustedesellos hehashahemoshan leídoleeránleeremosleerás lo había atravesado por completo como un flujo, como el viento que mece hojas, ramas e ideas.

Es sorprendente, me dijo. Asentí. Encendí un cigarrillo para conjurar cualquier pensamiento vago que pudiera interponerse entre nosotros. Así me sentí yo ayer, le dije, y encendí un cigarrillo. El humo que salió a continuación, le dije al hombre -que para ese entonces me miraba atenta, intensamente-, dijo tantas cosas que ni siquiera ahora he podido de hacerme de las palabras suficientes para describir lo que sentí después.

El hombre sacó un cigarrillo para conjurar cualquier pensamiento vago que pudiera interponerse entre nosotros. Ocho bocanadas después llegó el camión que yo debía abordar y nos despedimos con una mirada atenta, intensa, y una sonrisa luego de decirnos pase usted buenas tardes.




Colima, México. 10 de enero de 2010

martes, enero 05, 2010

Sucede que a veces no hay nada como un chingas a tu madre

David Chávez



Sucede que a veces, cuando escribo, tiemblo. A veces lo hago cuando pienso en lo que podría escribir: una furia mal curada, una emoción descontenida que me rebasa, alguna idea que febriliza en mi cabeza y que me parece genial, sobre la que pienso -después de escribirla- que es una reverenda pendejada.

Escribir, a veces, es como velar armas. Pero sucede que a veces escribir es visto como un no combate, como una no lucha, como un no estar armado. He temblado, repito cuando he escrito. Lo he hecho tambié lleno de furia, cegado y poseso de un espíritu fiero, demandante, descontenido que selecciona cada pinche palabra con tal tino que hiera o mate o remate. La musa muere.
Las Furias mandan. Dictan.

Sucede que a veces, cuando se recibe el dictado, cuando alguna de las musas sobrevive, quedan retazos de palabras tiernas. Cuando una de ellas vence, cuando las Furias son dominadas, la visión de las musas es otra. Musas mecánicas que dan la vuelta de tuerca.

Sucede que a veces los combates entre ellas son desiguales y no se sabe quiénes ganarán. Uno podría decir entonces que se encuentra entre "fuego amigo", recogiendo la metralla ardiente y despojos de las armas usadas con las que se pueden construir otras. A esas armas se les ponen palabras como municiones. Yo simplemente espero entrar en combate. Y mientras, en lo que algo sucede, guardo parque, luthierizo nuevos artefactos: veo cómo luchan musas y furias.

viernes, diciembre 18, 2009

Reacciones post-nortec: pinches sustos condicionantes

david chávez


Tenía cerca de año y algunos meses sin ir a México, hasta que regresé en julio de 2009. Como esta vez iba por tres meses, opté por hacerme de un teléfono celular que de buena onda mi hermano Rogelio me prestó. La cosa del chip fue donación de mi otro hermano, Marco Antonio. So, así iba yo durante mi estancia. El dichoso teléfono tenía reproductor de mp3, cámara fotográfica integrada, horario de verano, teclado iluminado, convertidor de monedas, cronómetro, calendario y también enviaba y recibía mensajes y hacía y recibía llamados.

Recuerdo que uno podía programar como timbre alguna canción en particular. Decidí, tan lejos de México había estado, seleccionar algo de Ramón Ayala. Así anduve cerca de tres días, hasta que perdí cerca de 5 llamadas por no alcanzar a escuchar el timbre. Por eso mejor opté por cambiar la canción. Luego, andaba yo feliz con Nortec: Tijuana Sound Machine sonaba cada vez que alguien de mis amigos o familiares me llamaba.

Dejaba que el teléfono sonara 10 o 15 segundos antes de contestar. La mezcla de norteño con electrónica resultó ser muy muy muy de mi agrado y a otros les causaba curiosidad. Sin embargo, todo fue uno y ahora sufro las consecuencias de esta especie de comportamiento/condicionamiento-operante.

Sucede que dentro de 11 días vuelo de regreso a México. En lo que se llega la fecha trato de terminar un anális. Mientras hago eso, y llevado por la melancolía y la ansiedad, escucho Nortec. El reproductor de la laptop, programado para tocar los mp3s aleatoreamente, selecciona Tijuana Sound Machine. Tengo puestos los audífonos, que ignoro porque todos los días lo llevo puestos, y al escuchar el tema, el acordeón, la tarola, el bajo y la voz robotizada en un mix inconfundible me levanto y busco el celular: alguien, alguien, estoy seguro, me está llamando desde Colima, México, para vernos. Estoy seguro.

Tropiezo y al sujetarme de la cama voy a dar al suelo con todo y almohadas, cobijas, ropa, libros y una pequeña mochila que logro quitarme de la cara. Al levantarme desconecto el cable de los audífonos y me doy cuenta que la canción suena en la computadora. No hay tal celular. Nadie llama desde Colima (o Manzanillo o Tecomán o Guadalajara o el DF o Chiapas o Los Cabos o Morelia o Guanajuato o Puebla o San Luis Potosí).

Son síntomas de que, en esta ocasión, debo cambiar el estímulo (el tono del timbre) de mi condicionante (mi celular) para evitarme este tipo de eventualidades.

Colima, Guadalajara, Tecomán, Amig@s: l@s extraño a ritmo de Nortec:
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http://www.youtube.com/watch?v=4zYaCGEtFDU&feature=video_response


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viernes, diciembre 11, 2009

2014 árboles había en ese bosque

david chávez
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Dicen que antes, cuando alguien a alguien quería guardar un secreto, buscaba un árbol en una montaña. Cuando lo encontraba tallaba un hueco y confesaba en él lo que no quería que se supiera. Luego sellaba el hueco con barro. Así nadie nunca sabía lo que había ocultado en él. Sin embargo, después de hacer lo anterior, aquel que había guardado su secreto regresaba a casa sin mirar atrás. Nunca nadie veía cómo los pájaros Tdzum, que anidan en los árboles haciendo un hueco y sellándolo con barro, confundían el escondite del secreto con sus nidos.

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Nadie sabía, tampoco, que entre las plumas de los pájaros Tdzum, con las que se elaboraban los almohadones de plumas, habitan diminutos seres que llegan a crecer como bichos gigantes y horrorosos que se alimentan de sangre mientras susurran al oído de su víctima secretos de antaño, crímenes, robos, asesinatos, bajas pasiones y amores ocultos que ocasionan a quien los escucha indescriptibles angustias mientras va consumiéndose poco a poco, hasta que muere.

pedro_páramo.juan_rulfo.david_chávez.reveses.wiki.htm4

Huiquihomenaje a Juan Rulfo
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pedro_páramo.juan_rulfo.david_chávez.reveses.wiki.htm4
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-Así lo haré, padre.
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
Todavía antes me había dicho:
“No dejes de ir a visitarla -me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy seguro de que le dar gusto conocerte.” Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
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Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi madre, una tal Dolores Preciado. Mi padre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verla en cuanto él muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues él estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo…

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(texto para concurso Las historias, alberto chimal, 16 de julio de 2008)

Circunscripciones

daivd chávez
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Abro la puerta del baño. Recibo el pequeño envoltorio con cocaína. Lo abro. Distribuyo el polvo en un par de líneas con una tarjeta de crédito. Me acerco al borde del lavamanos. Lo aspiro por la nariz. Repito la operación. Me lavo la cara. Me miro en el espejo. A mis espaldas, escucho que alguien se pedorrea. Alguien intenta vomitar. La tos es fuerte y nada. No vomita. Imagino ese par de escenas, al par de tipos que están dentro. Tres golpes cortos a la puerta: la señal de que alguien más entrará al baño. Mojo un poco mi cabello. Me miro fijamente en el espejo y comienzo a pensar si realmente Dios lo ve todo, si inhalará cocaína, si puede ver al par de imbéciles intentando cagar, intentando vomitar.
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Me sonrío. Saludo al tipo que entra. Abre su envoltorio, arma un par de líneas e ihnala. Gracias, le digo, cuando me invita un poco. ¿Usted cree en Dios?, le pregunto. A veces, me responde. Dios está en todas partes, le digo. ¿Ah sí?, me pregunta, mientras saca un cigarrillo e intenta encenderlo. Dicen que puede verlo todo, le digo. Cierto, eso dicen, me dice. ¿Usted lo cree?, me pregunta. Es probable, le digo. Quizá Dios sea un ingeniero o un tipo muy listo, tan listo que para saber lo que hacemos convirtió los televisores en sus ojos. Tenga cuidado. Ese televisor por donde transmiten las películas porno o las novelas o las noticias, ese que tiene usted en su habitación, quizá sea una rendija por donde Dios lo ve coger, comer, dormir, le digo. Puede ser, me dice, puede ser, me dice. Un zumbido cruza por mi cabeza. Bien, es hora, le digo, y me dirijo a la salida…
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(texto para concurso de minificción Las Historias, alberto chimal -24 de abril de 2009-)

miércoles, diciembre 09, 2009

nuevastecnologíasalalcancedesumano.

david Chávez


Primerosemetrabólabarraespaciadora.Penséqueranormal,eltecladoylacomputadoratienenmásde10añosdeuso.
Cuando solucione el asunto del teclado constate que los acentos de la computadora no aparecian.
Luego
vino
el

ProBlemA con las MAYUsculas y las MINUScUlAs y el
enter, que provocaba que los reglones estuvieran todos desordenados y
el texto careciera de orden.

El colmo SobrVino CuandO senti unpequeño CosquilleoEnMisManosYParaDejarConstancia

DeLoAcontecidoHiceLoQueACualquieraSeLePudoHaber OcurridoCuandoLaBarraEspaciadoraSeDescompusoOtraVez:
EscribirConjugado,SeparandoConMayUsculas

ElInicioDeLasPalabrasYEvitandoLosAcentos.MiroMis

Manos:ahora…ellas¡SonDeColorNegro!LevantoLasManosDelTeclado
YVeoLasLetrasMarcadasEnLasYemasDeMisDedos…No…Lo…
Puedo…Creer;SientoUnLigeroMareo…ElEspejoFrenteALaComputadora
ReflejaUnaImagenBorrosaDelQueSoy,DelQueHastaAhoraHeSido.LaTintaOLoQue…quiera…que…

sea…que…me…invade…que…se….a.p.o.d.e.r.a…de…este…mi

…cuerpo…subepormisbrazos,lentamente,comosifuerachapopote,comounaespeciede…f.a.n.g.o…

quienleaesto,porfavor:yanopuedo…despegarlosdedos/del/teclado.



lentamentelnegromeincorpora/alnegromismo.temodejardeseryo.

martes, diciembre 08, 2009

Melodía desencadenada

david chávez

Melodía desencadenada


Sin ouija, sin médium, sin nada de superchería, para celebrar el cumpleaños de mi hermana y sabiendo cuánto sufrió cuando supo que Patrick Swayze había muerto -era una devota admiradora del actor-, esa noche toqué en el piano esa canción romántica que volvió un clásico el hecho de modelar en barro. Sin embargo, del pentagrama donde estaban las claves, de la partitura, comenzó a salir una especie de humo que no era humo: poco poco fue ennegreciendo toda la casa hasta concentrarse en la sala. Luego envolvió por completo a mi hermana, quien dio un grito y cayó inconsciente al suelo.
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Despertó minutos después, cuando las sombras o el humo ya habían desaparecido por debajo de la puerta principal. No dejaba de preguntar por una tal Molly Jensen. Decía que su nombre era Sam Wheat. Pensé que ella fingía ser el protagonista de esa película. Así se lo dijimos. "Oh, debo estar confundido. Yo hice el papel de alguien que había muerto y después morí, de cáncer", nos dijo. Luego seguimos conversando.
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Nos contó que tuvo cuatro hermanos, que desde joven ya le gustaba aquello de las artes escénicas, que era bueno para el atletismo y el futbol americano hasta que lo dejaron sus rodillas; que estudió ballet y se casó con Lisa Niemi. Desde que comenzó a relatarnos todo varios grabaron y fotografiaron a mi hermana. Era increíble que alguien supiera tantos detalles. Luego hizo una pausa y pidió prestado el teléfono. Marcó y habló en inglés. Era increíble: mi hermana nunca ha hablado ni intentado siquiera estudiar inglés, pero los videos lo prueban. "Tenía que decirle a mi esposa que estoy bien. Ella cree que después de la muerte estoy jodido. La amo. Si la ven, díganle que la amo", dijo mientras se limpiaba un par de lágrimas.
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Luego se tomó un par de copas con nosotros y cuando supo que celebrábamos el cumpleaños de mi hermana dijo que tenía una idea muy buena: cantaría el tema central de la película, esa canción romántica que volvió un clásico el hecho de modelar en barro, especialmente para ella, a manera de regalo por la devoción que le profesaba a su carrera artística. Me senté y comencé a tocar el piano. Él, es decir, mi hermana, cuyo cuerpo era habitado por Patrick Swayze, comenzó a cantar. Estábamos por finalizar la canción cuando nuevamente apareció el humo que no era humo, la bruma, la sombra proveniente del pentagrama, y envolvió otra vez a mi hermana, es decir, a Patrick Swayze, quien en ese momento habitaba el cuerpo de mi hermana, quien volvió a caer inconsciente al suelo.
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Despertó minutos después, cuando las sombras o el humo o la bruma o lo que fuera ya habían desaparecido por debajo de la puerta principal. No dejaba de preguntar qué chingados le había pasado. Volvió a desmayarse cuando vio el tercer video. Es curioso, dijo al despertar, minutos después, cuando las sombras o el humo o la bruma o lo que fuera ya habían desaparecido de su mente. Soñé que Patrick Swayze cantaba para mí. Decidimos que todo estaba bien y seguimos con la celebración. De eso hace casi un mes. Y todo hubiera quedado ahí si no fuera porque hace unos minutos, cuando las sombras o el humo o la bruma o lo que fuera ya habían desaparecido de mi cabeza, nublando mi vista, permitiendo que escuchara los gritos de mi hermana, quien me llamaba por mi nombre, cuando abrí el recibo telefónico, aparecía el cobro por una llamada de larga distancia a Los Ángeles, California. Mi hermana llora y yo estoy a punto de hacer lo mismo.
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miércoles, noviembre 18, 2009

Distancias

david chávez



Lo más cerca que tuve sus labios de los míos fue la botella de vino donde ella bebió. Bebimos. Siento cómo ese recuerdo me embriaga poco a poco, como si me estuviera besando.



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miércoles, noviembre 04, 2009

(e)vocación

david chávez



increíble cómo la letra sobrevive a la muerte. cómo el significado perdura por siempre con el significante. increíble cómo con sólo leer los nombres en las lápidas nos acercamos a nuestros muertos. cómo la piel de los difuntos toma la textura del concreto, la madera llovida, podrida, astillada, sin pintura; de la tierra suelta, del pasto recién podado, del montón de pedruscos que tienen por lápida, por sepultura. la tumba que más recuerdo es la de mi abuela materna, tal vez por ser el primer sepulcro de un familiar que conocí. el nicho de mármol tiene un libro abierto, elaborado con el mismo material, en el que pueden leerse su nombre y el de otros parientes. cada año procuro visitar la tumba. esa y otras más. paseo las yemas de mis dedos por sobre las letras enterregadas por el viento que arrastra el polvo de los cerros cercanos. a veces ocurre que mis ojos se llenan de tierra. no lloro. más bien sonrío. esas letras es lo último que me queda de quienes han muerto. me gusta pensar que ese libro, la lápida de mi abuela, definió de alguna forma mi gusto por las letras. tal vez por eso la quiero, las quiero tanto.

¡Ya bájenle!

no mames, me preocupa mi futuro (sueldo) y que los pinches partidos políticos sigan saqueando al país.

por eso, ahí les va una sopa de su propio chocolate: siquiera que sepan que neta ya estuvo.


SÚMENSE:

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lunes, octubre 19, 2009

La canción de los desposeídos

David Chávez



(fragmento)


Sóngoro bajó del auto. Góngora lo siguió. Ambos entraron al teiboldans, parpadearon una seguidilla de veces en un intento por acostumbrar su ojos penumbrados a la risolancia interna del local donde putas, borrachos, meseros y otros clientes hacían lo suyo. Se sentaron lo más lejos que pudieron de la pista. El barullante punchispunchear de la música hacía tintilenta la conversación. A Sóngoro le costaba respirar. Tenía la garganta reseca. Encendió un cigarro y extendió la cajetilla a Góngora. Una flama apareció debajo de su cigarrillo hábilmente para auxiliarlo. No agradezcan, es rutina. ¿Les traigo una cubeta de cervezas? Sóngoro hizo el amago de hablar. Estaba sorprendido por la rapidez del mesero. Son 150 pesos, trae cinco cervezas. Iba a preguntar , externarlo, y antes de que su voz abandonara su boca el mesero se le había adelantado. Góngora sacaba su billetera cuando el tipo desapareció.
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-¿Qué te parece?, le dijo a Sóngoro.
-Muy servicial el hijo de la chingada. Confieso que casi me cago del susto cuando apareció de la nada para encenderte el cigarrillo.
-Calla, ahí viene.
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Contó el dinero con una mano y le dio el cambio a Góngora mientras con la otra destapaba las dos cervezas. Gracias, que la pasen bien, dijo, y desapareció nuevamente. Luego un par de teiboleras se les acercaron. Sóngoro sonrió e inició las presentaciones. Y él es Góngora. Se levantó, tomó la mano de una de las cortesanas impélidas cuasinúbiles y la besó con ademán galante. Ellas se cagaron de risa. Sóngoro buscó con la vista al mesero pero éste, una vez más, se adelantó a sus pensamientos. ¿Qué van a pedir las señoritas?
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Un par de horas más tarde Sóngoro y Góngora pergeñaban un avance en el cuerpo tácito y nimbeo de las dos mujeres. Eran barones de Humboldt en la geografía pezonífera e ínglera de las féminas noctámbulas. Discúlpennos, vamos al tocador por unos minutos. Regresaremos en breve, les dijeron. Ambas levantaron sus culinformes siluetas y avanzaron por entre la marea de dedos, manos y lenguas que les salieron al paso.
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--Buenas chicas, estas putas- le confió Góngora a Sóngoro.
--Precisan serlo- apuntó.
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Ambos brindaron por ello. Regresaron las trémulas carnes bamboleando aquellos senos meditabundos que hipnotizábanlos al mirar. Cada uno sentóse con su cada cual y prosiguieron los cada cuales con sus charlas privadas. Vinieron más risas de parte de la pareja Sóngoro-Ella. En tanto, Góngora, presa del alcohol, susurraba al oído de su ya adicta versébora mujer galanta uno que otro verso que su tocayo, Luis de Góngora y Argote, había escrito un chingo de años atrás:
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"No a las palomas concedió Cupido
Juntar de sus dos picos los rubíes
Cuando al clavel el joven atrevido
Las dos hojas le chupa carmesíes.
Cuantas produce Pafo, engendra Gnido,
Negras víolas, blancos alhelíes,
Llueven sobre el que Amor quiere que sea
Tálamo tuyo, y mío: mi Galatea."
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-- Eres un pinche puerco- admítele la meretriz. Ignoro qué hayas dicho en tu pronunciamiento pero tanta palabrería excítame bastante.
--Así veo, pequeña zorrípeda. ¿Quieres que continúe?
--Sólo un poco. Estoy antojada y no me preocuparía mucho perder unos cuantos miles de pesos con tal de saciar esta curiosidad de hembra. ¿Será largo y potente tu verso, poetérrito?
--Intuyo que podría ser de tu agrado...
--Son escasas las conversaciones que valgan la pena, como esta, en que puedo desfogar mis libidinales ansias de escuchar otra cosa que no sean dramas maritales, negocios, venta y trata de cosas, droga y tráfico influenciantil. Dime, ¿qué deseas beber? ¿Querrías ir conmigo a lubricarme el oído?
--No encontraría mayor placer.
--El placer será mío, ténlo por seguro, falopoeta. Desde este momento los siguientes momentos corren por mi cuenta, incluida la tuya y la de tu amigo. Ella, en realidad, es mi hermana. No tendrá empacho en secundarnos.
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La pareja se levantó, ella guiñó un ojo a su hermana y Góngora hizo una pequeña señal a Sóngoro indicándole que volvería en un pequeño rato. Luego entraron a un habitáculo donde unas cuantas mujeres movían la grupa a extasiados varones que lubricaban salivéicamente sus rabos, meneándolos al ritmo de la música bajo cuyo embrujo las danzas se sucedían. Telas un tanto gastadas, por donde se podía apreciar tal espectáculo a causa del uso y lavados extremos, hacían la función de puertas.
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--Es aquí, barroco mozo. Ven, acércate un poco más. Roza con tus aterciopalabras mis casquivanos oídos. Dime algo cerdo. Quiero bailarte mientras expeles tus ígneos versos.
--Te confiaré lo que traigo entre piernas, nívea culona de firmes carnes.
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Ella comenzó a bailar la Canción de los desposeídos mientras intentaba cantarla en un inglés medio dado a la chingada. Lo había aprendido leyendo revistas gringas de modas en las que su padre les enviaba una parte del salario que ganaba como pizcador de fresas en Santa María, California. Había emigrado cuando la madre de sus hijas se largó con otro. Cuestiones kármicas, ella y el amante murieron a la noche siguiente en un accidente automovilístico. En tanto, con ayuda de un diccionario español-inglés que se había robado de la casa del profesor de español -que se la cogía a cambio de buenas calificaciones para las dos hermanas- iba traduciendo de a poco. De ahí también su florido y variado vocabulario que contrastaba de vez en vez con altisonantes palabras y culteranismos barrocanroleros.
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Eran ellas quienes desentonaban en el congal: eran ellas quienes decían al diyei que pusiera el disco que le habían traído especialmente para su contoneante baile desnudista. En teiboldans alguno había sonado nunca Dead Can Dance como en aquel lugar. Los pechos de ambas hermanas, sus culíneas nalgas eran famosamente conocidas por el poder hipnótico que ejercían sobre las calenturientas masas que se peleaban la entrada al lugar. Sólo por invitación se podía asegurar la asistencia, lo otro era cuestión de suerte.
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Al par de mujeres se les atribuían poderes sobrenaturales. Se decía que la más joven predecía el destino de los hombres, que podía leer la suerte de quien se lo pidiera dentro de los cubículos habilitados para los bailes privados con sólo ver el semen eyaculado, conseguido después de una breve danza. La otra, la que cantaba la Canción de los desposeídos con un inglés pinchísimo, curaba ciertos males, en especial los de índole sexual. Se decía que a más de alguno le había quitado la homofobia, había vuelto heterosexual a un par de lesbianas que fueron a verla y ni qué decir de los cientos de casos de disfunción eréctil que había tratado. Entre otras tantas cosas que dice y sabe decir la gente.
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--"Oh bella Galatea, más suave que los claveles que tronchó la aurora; blanca más que las plumas de aquel ave que dulce muere y en las aguas mora; igual en pompa al pájaro que, grave, su manto azul de tantos ojos dora cuantas el celestial zafiro estrellas! ¡Oh tú, que en dos incluyes las más bellas!
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"Deja las ondas, deja el rubio coro de las hijas de Tetis, y el mar vea, cuando niega la luz un carro de oro, que en dos la restituye Galatea. Pisa la arena, que en la arena adoro cuantas el blanco pie conchas platea, cuyo bello contacto puede hacerlas, sin concebir rocío, parir perlas."
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Notaba Galatea ya una incipiente erección en el cándido tronco bajo de su cliente. Acudió en su auxilio cuando éste comenzaba a quitarse el cinturón y desabotonar el pantalón. Sacó el miembro turgente en tanto ella lo acicalaba, saboreando su porvenir. Entonces Góngora siguió eyaculando versos:
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--"En la rústica greña yace oculto el áspid del intonso prado ameno, antes que del peinado jardín culto en el lascivo, regalado seno. En lo viril desata de su vulto lo más dulce el amor de su veneno: bébelo Galatea, y da otro paso, por apurarle la ponzoña al vaso".
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Sóngoro, en tanto, dirimía otras cuestiones con la hermana de Galatea. Ella sabía, por sus dones de mujer, que aquella no había sido una coincidencia. En el rostro de Sóngoro se notaba la preocupación, una sensación de incomodidad. Él no bebía como los demás. Sabía que habían entrado sin invitación. Sería la buena estrella de alguno de los dos. Por algo, sería el destino, los cuatro se habían reunido en ese lugar. Por el guiño que su hermana le había hecho antes de ir a los cubículos intuyó que debía hacer un trabajo especial a aquel hombre de cosongo apelativo, pero no sabía qué.
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--Te incomoda algo, puedo sentirlo.
--En efecto. Sufro de una ansiedad terrible producto de varias situaciones entreveradas.
--¿Y puedo ayudarte?
--Sí, deja que toque tus pechos carnurientos. En algo debo distraer mi mente. ¿Tienes empacho en dejar que lleve mis labios a los tuyos?
--De ningún modo. Procede, me gustaría probar un poco de inquietud.
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Así era. Ella nunca había sufrido de inquietud ni preocupación alguna. Durante dos décadas, primero su madre, luego su padre y su hermana, había vivido al día, conocido la causa y razón de las desaveniencias en su casa y logrado entender las consecuencias sin sufrir por ello sobresaltos. Entendía y eso era lo mejor de todo porque sabía que lo malo es temporal en la medida en que los hombres van fijando su preocupación en las consecuencias y no en la causa del problema. Sóngoro le atraía, en ese momento, por eso: buscaba qué había sido lo que ocasionaba una difícil solución al problema que tenía frente a él.
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Dejó que lo besara. Nunca ella había permitídole tal cosa a cliente alguno. Pero él no era un cliente. Ellos no eran clientes. Sintió cómo su cuerpo, que alguna vez alguien había comparado como el del mármol con que se elaboran las lápidas en aquella ocasión, cuando fue obligada a mostrar sus pechos luego del sepelio de su madre, ahora respondía al calor de la mano de Sóngoro. Se sintió una hembra total, de carne y hueso. Sus bocas se abandonaron como su madre a su padre: sin despedirse, secretamente. Ella lo miró a los ojos. Sóngoro evadió la mirada. Ella le tomó la mano y entrelazó sus dedos con los suyos. Pidieron otra cubeta de cervezas. Sóngoro destapó una y encendió otro cigarrillo.
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--Te diré lo que está por venir, pero tuya es la causa de tales consecuencias- le dijo, y hurgó en su entrepierna buscando una erección, hasta encontrarla. Luego todo fue uno: felación, eyaculación, el destino en sus labios, dentro de su boca, el futuro -blancuzco- sobre la mesa.

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(fragmento)

sábado, septiembre 26, 2009

(De)Generaciones bíblicas

david chávez





Lot quería tanto a su mujer que para llevarla consigo optó por inhalársela toda.



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Bórgicas I

David Chávez






¿Un espejo frente a un espejo no es un aleph artificial? ¿Qué se ve del aleph cuando este se refleja en un espejo?






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De humectaciones

David Chávez


La lectura de novelas río, cuentos gota, enciclopedias oceánicas y poemas rocío me ha dejado de un bonito color aguamarina este humilde par de ojos.

jueves, septiembre 24, 2009

Juego de palabras 1

David Chávez




Hace rato, mientras iba sentado en el camión del transporte público, vi a un par de niños jugando, colgados de los brazos de su madre. Entonces me sentí inseguro. No sé si estoy seguro de que madurar sea decidirse a jugar un solo juego durante toda la vida, jugarlo profesionalmente e incluso divertirse mientras se juega, y ni siquiera estoy seguro ahora de que eso sea madurar. Más de tres décadas me costó llegar a esa conclusión, a decidirme a jugar lo que ahora juego, y ahora no tengo idea siquiera de a qué estoy jugando. Por eso bajé del camión y jugué a ser un peatón durante un par de calles. Es cansado. Caminé hasta esta banca. Ahora me dan ganas de jugar a ser un perro, aunque la carpeta con los seguros de gastos médicos de mis clientes me recuerda claramente que con la vida de las otras personas no se juega. Ya será en otra ocasión.

domingo, septiembre 06, 2009

trescero.--

david chávez


Apenas tenía un par de días en la nueva casa. Faltaban algunos muebles y un poco de compañía para que estuviera completa, pero me sentía cómodo. Así que salí a buscar una botella de mezcal a la vinatería para beber un poco mientras veía el partido de futbol que habían estado anunciando por todas partes. Pensé que sería como una forma de celebrar algo, lo que fuera. Había una llovizna ligera. Pregunté a la primera persona con la que me crucé en la calle dónde vendían licores. Llegue a la esquina, dé vuelta a la derecha y camine tres cuadras, en la esquina está el negocio; si no, puede dar vuelta a la izquierda después de esas tres calles y ahí hay otro, me dijo. Le agradecí y saqué un cigarrillo que encendí debajo de la marquesina de un restaurante. El humo del tabaco se mezcló con el de un filete de res a la plancha.

La llovizna arreció hasta convertirse en lluvia que seis cigarrillos después desapareció como el agua por las coladeras de la calle y las bachichas que había arrojado al pavimento húmedo. Caminé por el rumbo que me habían indicado. No encontré el local. Caminé una cuadra más y nada. Decidí regresar. Podía volver a llover y el abrigo impermeable no lo era tanto. Caminé un par de calles y me detuve en una esquina a fumar nuevamente. Un acomodador de autos pasó a mi lado escuchando el audio de la transmisión del encuentro. Iba con prisa. Intenté seguirlo como si quisiera recuperar la mirada que le dejé sobre los hombros. Tal vez por eso se detuvo en la esquina, como si algo le pesara. Se sacudió el cabello y siguió caminando hasta doblar a la derecha en el siguiente cruce. Cuando llegué no vi rastro de él.

Quizá se había refugiado de la lluvia que caía otra vez, como yo lo hice a la entrada de un restaurante clausurado y abandonado.

Avancé cuando briseaba un poco. Algunas calles comenzaron a serme familiares. Había llegado a mi nuevo barrio. Me detuve en un puesto de tacos y pedí tres: dos de suadero y uno de tripa, con todo. Déme un refresco también. Veintiocho pesos después entré a una tienda donde varios tipos veían el partido de futbol. Compré pastillas para el aliento y una cajetilla de cigarros. Encendí otro afuera para unirme a ellos en silencio cómplice.

Mal, mal, mal que están jugando, dijo uno. Espérate pues, apenas van treinta minutos, mira, mira mira te dije, ¡uy! casi la meten te dije, no mames, por poquito. Varias personas que pasaban por el lugar se quedaban unos instantes a ver el marcador y seguían su rumbo. Algunos acomodadores de autos y vigilantes de la zona llegaron después a ver la transmisión y a fumar los cigarrillos sueltos que don Chuy, como saludaban al propietario, vendía a dos pesos. Y luego me miraban, como intentando reconocer si no era yo otra persona, otro vecino del barrio. Sólo sonreían y seguían mirándome, como aprobando mi presencia, dándome la bienvenida en cada fumada que dábamos al cigarrillo, en cada exhalación y humo que se mezclaban arriba en el aire.

Al minuto treinta y cinco llegó otro sujeto. Todos lo miraron brevemente, sin reconocerlo, y siguieron con la atención puesta en el televisor. Tras una amonestación que interrumpió el partido me pidió un cigarro. Gracias, dijo. Está cabrón, dijo. Sí, un poco, le respondí pensando en que se refería al juego. Apenas es seis y ya me chingué el dinero de la quincena, agregó. Ei, pinche dinero se va como agua, le dije sin dejar de mirar la televisión. Como esta pinche agua hija de la chingada que parece que no se va a quitar... Pa' mí que va a durar hasta mañana. Ojalá que no, dije, y seguí fumando. Pinche cigarrito, se antoja una cervecita para acompañarlo, ¿no, amigo?, volvió a decirme. Pues sí, estaría bien, dije. Y mire, no traigo un centavo, pero la verdad es que no le quiero pedir prestado y me ofendería si me invita una cerveza, dijo. Puta madre, casi la meten, dijo otra vez.

Sus palabras resbalaron como gotas frías por mi espalda. Amigo, el partido está muy bueno y no lo quiero molestar. Me hacen falta los centavos. ¿Me regala otro cigarrito? Eso sí se lo acepto. Le extendí el paquete y sacó uno que encendió cubriéndose la cara. Sin duda no quería que lo reconociera. Aquí tiene, mi amigo. Muchas gracias, es usted muy amable. Ya falta poco para que termine el medio tiempo, ¿verdad? ¿como cuántos minutos? Cinco, contesté nervioso. Definitivamente era un asaltante. Un asaltante tranquilo, sin prisa, que se daba su tiempo, tal vez disfrutando mi pinche miedo... y mis cigarrillos.

Pinche cigarrito, se antoja una cervecita para acompañarlo, ¿no, amigo?, volvió a decirme. Y con la cerveza fácil entran unos taquitos, ¿a poco no, amigo? Asentí con la cabeza mientras le decía: así es, y la quijada me tembló lo que duró el pitazo del árbitro indicando el fin del primer tiempo. Venga amigo, acompáñeme. Sabía que si me resistía podría ponerse violento, o quizá atacarme, atacarnos a todo. No sabía si el hombre estaba armado. Ni siquiera le había visto la cara. Lo acompañé. ¿Ya probó estos tacos, amigo?, me dijo. Déme nueve, pidió. No vi cuando terminó de comérselos. Setenta y cinco con el refresco, dijo el taquero. Pagué la cuenta y escuché que el hombre me decía, venga, amigo, por acá.

Lo seguí. No era muy alto ni muy bajo. Estaba vestido con un saco viejo, mojado por la lluvia, y los pantalones de mezclilla sucios le cubrían unos zapatos con los tacones gastados. Tenía el cabello largo y lleno de mugre y su andar era cansino pero vigoroso. Debía tener al menos cuarenta y tres años y de ellos casi diez bebiendo y fumando, por la voz. Entramos a una tienda de autoservicio y caminó hasta el pasillo. Escogió una botella de mezcal y dos de tequila. Luego regresamos a la caja y pagué.


Caminamos un par de calles más y nos detuvimos en la esquina. Espéreme aquí, amigo. Entró y salió pasados un par de minutos. Venga, vámonos. No debe tardar en llover otra vez, dijo, y lo seguí apresuradamente. Caminaba más rápido. Parecía tener las manos ocupadas en algo. Ya no braceaba como antes, ni se veía tan lento. Déme otro cigarro, con esto compraremos más ahorita que lleguemos a la otra tienda, me dijo. Tomó la caja de cigarrillos y sacó uno. Se lo encendí. Antes de apagar el encendedor pude ver un fajo de billetes de distintas cifras. Y vi también la pistola.

No se asuste, amigo, es para defenderme de los ladrones y los asaltantes, dijo, y se echó a reír. Sonreí. Venga, vamos a la tiendita esa donde estábamos viendo el futbol. Una patrulla pasó por un costado de nosotros, como acompañándonos. Buenas noches, saludaron. El tipo les contestó el saludo, ellos sonrieron y le pidieron cigarros. No traigo, pero mi amigo sí, ¿verdad? Y les extendí la caja. Agradecieron y arrancaron. Son mis amigos, me dijo, y sonrió para dejarme ver que le faltaban un par de dientes. Venga, vamos. No tarda en comenzar a llover. Llegamos nuevamente a la tienda donde estaba la televisión. La misma gente seguía en el lugar. El tipo me pidió otro cigarrillo, y otro y otro, hasta que se terminaron. Tenga, me dijo mientras metía un billete en uno de los bolsillos de mi impermeable. Compre más. Y una cerveza. O dos, si usted quiere. Obedecí.

Seguimos fumando y bebiendo cervezas hasta que se terminó el partido. El equipo local, al que apoyábamos todos, había vencido a su rival tres por cero. Comenzó a llover otra vez. Amigo, fue un gustazo conocerlo, me dijo. No volteé, no me busque la cara. ¿Pa' qué? Mejor quédese con esa buena impresión de mí, susurró mientras el resto de los que estaban ahí comentaba el final y hacía algunas compras que no hicieron por ver el partido. ¿Le quedan cigarros? Cuatro, le dije. Tenga, cómprese otros mañana. Déme chance de irme tranquilito, ¿estamos? Está lloviendo. No se moje. Espere al menos a que se calme un poco el agua. Cuídese mucho, y tenga cuidado con los ladrones y los asaltantes, me dijo mientras me palmeaba la espalda y comenzaba a reírse. El jajajeo se desvaneció con el agua, como mis temores. Entré a la tienda, saqué un litro de leche fría del refrigerador y abrí mi cartera. Estaba vacía, sin un peso. Busqué en mis bolsillos y a duras penas completé con monedas el importe. Primer asaltante que me hace gastar mi dinero en sus antojos, pensé.

Volví a casa dándole tragos enormes a la botella de leche mientras escuchaba en mi cabeza la risa de aquel hombre salido de la nada, de entre la lluvia. Antes de llegar a casa me detuve frente a una ventana. Dejé la botella por un minuto, mientras bajaba mi cierre para mear. Trescero, me dije, y el eco y la imagen del tipo se escurrían de mi mente como el agua que expulsaban mi cuerpo y las nubes, seguramente más negras a esa hora de la noche.



Ciudad de México, 6 de septiembre de 2009.

domingo, agosto 09, 2009

Perro que ladra

David Chávez



Darwin camina a mi lado. A veces se entretiene olisqueando insectos o plantas que luego mea para después alcanzarme con un trote suave. Darwin viene a todas partes conmigo. Viaja conmigo. A Darwin le vale madre la gente. Si alguien se acerca a saludarme no gruñe, simplemente mira fijamente a la persona, luego me lame la mano y avanza unos pasos. Con permiso, debo irme, digo, y seguimos avanzando. Tal vez Darwin me cuida o me cela, no lo sé, pero sabe cuando no quiero detenerme a hablar con alguien.

En casa es el mismo. Huele mis deseos. Se inquieta y parece impedirme el paso cuando decido levantarme, tomar el teléfono y marcar su número. Me mira y su cara parece decirme: ¿para qué le llamas? De todas formas marco su número. Darwin se resigna, lanza un suspiro y se echa a mis pies. Cualdo cuelgo sus ojos me miran fijamente. Estoy molesto. ¿Ya ves, pendejo? Te lo dije, parece decirme. Lo acaricio un poco y lame mi mano.

Salimos a caminar de nuevo por la tarde y la gente nunca hace caso de Darwin, como si él no existiera, como si fuera una sombra, como si fuera un perro más. Creen que Darwin es un perro callejero (su madre fue una collie, su padre un pastor alemán, él tiene cara de Cerbero) y no es hasta que los mira a los ojos, cuando los observa con detenimiento y lame mi mano cuando se fijan en él. Los miro y cuando me despido pienso en lo que me preguntan, en el tiempo que me queda por estos rumbos, en mi regreso, si me quedo allá o qué planes tengo. A Darwin parece inquietarle que sólo yo respondo. Ignoro qué planes tienen ellos. No sé si realmente se acuerdan de mí o si soy sólo la sombra, el recuerdo del que una vez conocieron, del tipo que hace más de tres años salió de sus rutinas, sus reuniones en los bares, al que dejaron de ver con aquella chica morena clara, de pelo chino y ojos grandes que vive en Guadalajara.

No sé si ellos pensaron que Darwin y yo los estaríamos recordando. Cuando uno piensa a las personas las mantiene vivas, o tal vez sólo mantiene viva una forma de ser de esa persona. Al volver a ver a esa persona, esa forma de ser que uno mantiene consigo de ella es totalmente distinta a la forma de ser actual. Darwin puede darse cuenta de eso. Las fosas de su nariz se abren y cierran discretamente, lo he visto, como si oliera algo profundamente. Pareciera que Darwin suspira por mí cuando estamos pensando en alguien. Cuando nos encontramos en la calle con esa persona Darwin actúa diferente cada vez, dependiendo del grado de cambio que se haya operado en esa persona.

En algún momento he creído que Darwin y yo hemos muerto. Es decir, que para pocas personas estamos vivos. "Pensar que son pocos quienes nos piensan nos hace pensar en ellos", digo en voz alta. Darwin enmarca las cejas y me mira, interrogante. Tú sabes bien de lo que estoy hablando, le digo. Se echa de nuevo y me sigue con la vista. Camino por la sala pensando en voz alta: ¿lo sientes, Darwin? Esta sensación. Es como probar una fruta sin conocerla, de nombre y aspecto raro pero con un sabor agradable. Como un durazno. Como dejar 70 duraznos en casa, salir, irse a trabajar y durar en el trabajo tres años, pensando siempre en los duraznos, pero al regreso sólo hay cinco. Cinco duraznos que pueden sembrarse y de ellos recoger fruto.

Hay veces, le digo a Darwin, que cuando muerdo un durazno sabe bien, pero a la quinta mordida me sabe ácido. Darwin bosteza. Tienes razón, esto es aburrido. ¿Quién sabe si los duraznos piensen en nosotros como nosotros en ellos?, le digo. Darwin lanza un suspiro. Perro que ladra no duerme, le digo, se levanta y salta al sillón donde me siento para comenzar a leer un libro. Darwin se echa a mi lado.

lunes, julio 06, 2009

trilceado

david chávez





pasó la onda el golpe el shock la ola lo que sea que haya sido y me aferré con fuerza a lo que creo. sigo sujeto a ello. siguen mis dientes apretados, la mandíbula firme, los ojos trémulos. sé lo que fue, sé lo que ocurrió y me siento normal, un poco pensatibundo, morseado, pinchitierno, recuerdero, anheloso, eso sí.

siento cómo me palpita el corazón, más cuando ella está cerca. cierro los ojos y la veo latir aquí adentro. suspiro e intento dormir. de a poco me llegará la calma, se irá la adrenalina en una meada, quizá mañana.


si alguien pregunta cómo estoy, si ella pregunta cómo me siento, tienes que saber, mors, que estoy totalmente trilceado.