miércoles, julio 09, 2014

Hola, Chiloé...



David Chávez



¿Se acordará de mi el suelo de Chiloé, su agua, las tejuelas que acaricié? ¿Se acordara de mí su lluvia, su canal, su frío, sus islas? Dalcahue, ¿me recuerdas? Achao, que me lloviste e hiciste prometer. ¿Dalcahue, me recuerdas? Estoy bien. Mis pies te extrañan pese a que gozan con este verano colimote. Dile al canal que de repente mi memoria se fragiliza como tus palafitos, y que en ocasiones se me hiela el corazón como a tus pastos. Dalcahue: hoy llegó el temporal que lloviste y no he podido desprenderme del sabor del milcao. ¿Cuándo vendrás a visitarnos, Dalcahue? Hagamos una minga. Mis recuerdos son como un curanto, todo mezclado, hirviendo.

Dalcahue, ¿sigues lloviendo?

domingo, noviembre 17, 2013

Carencias



david chávez

eran tan pobres tan pobres tan pobres tan pobres de intelecto que ni para acentos tenían. mucho menos para ortografía o mayúsculas. ya antes de morir de hambre se habían comido algunas letras, una que otra coma, puntos suspens

lunes, octubre 14, 2013

de quemar las naves a la usanza moderna: marl debroxi

david chávez

"estoy aprendiendo a dinamitar las creencias sociales y culturales que arrastro en un intento por sobrevivir. Y no es porque quiera vivir algunos años más, un segundo siquiera, sino que prefiero avanzar a mi propio paso, cargando a cuestas, si es que así lo hiciere, aquel peso que yo mismo haya elegido".

-El colmonauta, Marl Debroxi. página 192

de las nuevas construcciones, de los nuevos habitantes: marl debroxi


david chávez

"nuevos países necesitan nuevos habitantes con nuevas formas de pensar. Habitar el pasado es, técnicamente, vivir bajo el riesgo del colapso de las estructuras. Dicho de otro modo: construir una nueva casa y meter en ella muebles viejos supondrá siempre una constante exposición a los bichos o virus que los habitan y que, a la larga, terminarán por enfermarnos. Por eso lo nuevo va de la mano con lo nuevo. Por eso lo viejo resalta tanto cuando es puesto en perspectiva con lo nuevo. Por eso la terquedad termina por enfermarnos".


-El colmonauta, Marl Debroxi. página 78

domingo, septiembre 22, 2013

del amor y la amistad: marl debroxi

david chávez

"hay conceptos que están sobrevalorados, como el del amor, y otros que la gente ha ensuciado y utilizando mal, devaluando, por ejemplo, el concepto de amistad que permanece disponible e impoluto para nosotros al menos en un diccionario. en el de la rae online si ustedes quieren. por eso antes de hablar siquiera, de proponer, ofrecer o interesarme por una amistad, reviso el diccionario (como tú deberías hacerlo) y actúo luego en consecuencia por eso mismo, por mi afán paranoico y perfeccionista de ser consecuente. tener por cierto un significado vivido y atarlo a un significante que pretendo re-crear me sirve en la ficción, pero no en la vida real, por mucho que lo anhele, porque sé que es un error".

"la gente cree que el amor es uno solo, que la amistad es única, que el sexo engloba todo lo anterior. pero la vida no es unívoca. ni el amor, ni la amistad y mucho menos el sexo o la familia".

"(...) considero que si la gente consultara más el diccionario antes de decidir cualquier cosa, no habría tantos malos entendidos, ni quejas o equívocos. detesto equivocarme cuando he tenido antes la posibilidad de no fallar, y peor si pude evitar el hierro con tan solo leer.
"(...) bendita sea la polisemia que mantiene a este mundo vivo".

-el colmonauta, marl debroxi pág. 46

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domingo, septiembre 01, 2013

El colmonauta (fragmento)

david chávez

yo soy tan poderoso que cierro los ojos y el mundo desaparece ante mi presencia. los abro, y todo se crea de repente, cada cosa, molecularmente, ocupa su lugar para volver a ser, el que tenía antes que yo cerrara los ojos. en cambio, tengo ese extraño poder de cerrar los ojos y no desaparecer: ni mi efigie, ni mi rostro, ni mis manos ni cierto recuerdo en mis labios se borran porque ocupan -paradójicamente y de forma sorprendente- el mismo lugar y el mismo espacio al mismo tiempo en mi mente, donde habito y no; tan poderosa ella que me hace estar ubicuamente tanto en estas letras y en el aire que respiro, que se funde acidodesoxirribonucleicamente con el resto del mundo y lo crea. así de poderoso he llegado a ser...

david, ella and louis

david chávez

tenía tiempo sin escuchar a ella y louis. los escucho en este momento. pero los visito al menos tres, cinco veces al año. y es que cada vez que los escucho pinche mundo se enreda de una manera muy cabrona. se complica. se jazzea. se asincopa. pero suena bien y cada nota re-construye otro mundo, un mundo asincopado, sencillo, solfeado, sin nudos. y suena bien. muy bien. después de todo es mi mundo, donde ella canta y louis la acompaña. y mi mundo suena bien. seguramente soy yo el asincopado, el que se enreda, se jazzea. se complica, se mundea. pero suena bien. mi mundo suena bien.

lunes, julio 08, 2013

-placeres penquistas



david chávez


una chela de litro barata y con descuento después de un largo debate o una disertación en clase de doctorado en la u de conce un lunes por la tarde-noche en pleno invierno, con temporal afuera, al seco... y tomar justo la última micro en una escampada de lluvia luego de botar el cigarro tras el último jalón. y la micro va sola.

sábado, julio 06, 2013

vacaciones en la escuela

david chávez


piensen, por un momento, lo que hubiera pasado si nunca hubiéramos tenido vacaciones escolares de más de 30 días. piensen cuánto pinche condicionamiento nos hubiéramos ahorrado. cuánta exposición a la televisión nos hubiéramos evitado. cuántos libros hubiéramos leído, cuántas matemáticas hubiéramos entendido, cuán buena ortografía y retórica tendríamos... pero el "hubiera" no existe. CUÁN MENOS GÜEVONES SERÍAMOS, CUÁN MENOS DEPENDIENTES, CUÁN MENOS CONFORMISTAS, CUÁN MENOS CRÉDULOS, CUÁN MENOS MIEDOSOS.

jueves, junio 13, 2013

demasiado tarde.


david chávez

antes de la lluvia, mucho mucho antes, llegó a hurtadillas hasta mi oficina el olor del sándwich del más pequeño de los dos hermanos a los que les hacíamos bullying para quitarles el lonche, esos sándwiches que compartíamos los mayores, durante el curso de verano de inglés, mecanografía, cómputo y manualidades, como el reparto de un botín.
llegó a las 9:57 am, tardíamente: el último sándwich que le quitamos a manolo -el más chico, el empoderado, el que nos hizo frente porque el mayor jamás volvimos a verlo, tan cobarde- lo devoramos a las 11:48 am del 7 de julio de 1995 y todavía recuerdo su aroma.

martes, mayo 28, 2013

Mi deseo burocrático es...


David Chávez


yo, con mi aborrecimiento, soy capaz de taladrarle el túnel carpiano a algún funcionario o funcionaria pública como esos que ahí van, caminando, llegando tarde, con su cara de caballo, huyendo de la lluvia, sonriendo hipócritamente, checando tarjeta, sentándose y el culo se les desparrama, cobrando, gerundiamente alimentándome la ira; ignoran que el sueño, el cansancio, el tedio de todos los días les viene de toda la mierda que pienso sobre ellos, de toda la malaondez que les deseo y que se les queda en los hombros, les tuerce el cuello, les provoca tendinitis, les va dejando ciegos, jodiéndoles el escritorio.  que dios los maldiga.

lunes, mayo 06, 2013

Semáforos y banquetas


David Chávez.

Desde que retomé el andar en bicicleta, y a unos meses de regresar a México, a Colima, procuro respetar en la medida de lo posible la lógica con que operan las calles y avenidas de la ciudad, sobre todo cuando las uso, ya sea como peatón o como ciclista.

Así que de la casa a la oficina serán acaso quince semáforos, pocos más, pocos menos, en los que me detengo cuando la luz roja así lo indica.

Y a veces recuerdo los cuestionamientos, el paraquéteregresaste, aquí todo está del carajo, a la gente le vale madre, así se hacen las cosas: a este país se lo está cargando la chingada. Y románticamente me da por pensar que ante mi déficit de afectividad que se mezcla con mi complejo de mortal superhéroe regresé para cambiar mi patria, hacer algo por los demás, qué sé yo. La verdad es que volví por otras razones. Pero yo soy mi patria.

Y entonces, mucho antes de que el onanismo mental me invada como a esta aliteración, veo cómo adelante, en el siguiente semáforo, el señor de la bicicleta lecherona verde se detiene cuando la luz roja del semáforo aparece, casi al final del paso de cebra, colocándose junto al camellón para circular por Ignacio Sandoval.
Es el mismo señor al que rebaso entre las 8:45 y las 8:55 horas una cuadra atrás, entre la avenida General Núñez e Ignacio Sandoval.

Sonrío. Cualquier esfuerzo de mi parte ha valido la pena. Ahora mis detractores me dejen tranquilo.  Ahí está: ahora somos dos. Seguro me ha visto en otras ocasiones al detenerme en ese cruce de Sevilla del Río con Ignacio Sandoval, colocarme junto al camellón y esperar la luz roja para doblar a la izquierda y continuar al norte por Ignacio Sandoval hacia la oficina.

Me habrá visto. Habré servido de ejemplo. Y ambos semáforos cambian a verde. Yo avanzo, él no avanza. Espera la flecha verde. A unos metros de llegar a donde él está el semáforo nos da el pase. Él dobla a la izquierda. Yo lo sigo metros atrás. Sonrío, estoy contento. Estoy contento, carajo y cómo no estarlo si ya somos dos que respetamos la luz roja, que no cruzamos intempestivamente la avenida; que así evitamos que cualquier culero con prisa me alitere frases como esta, preferible a que me atropelle.

Y sigue avanzando. Voy detrás suyo. Sin embargo, todo se lo carga la chingada cuando él enfila y se sube a la banqueta, a la misma acera de la derecha donde estuvo a punto de atropellar a una señora que salía en ese momento a barrer la calle. Luego da vuelta hacia la derecha en la esquina y desaparece de mi vista, como mi sonrisa minutos antes.

Al carajo.

Y románticamente me da por pensar que ante mi déficit de afectividad que se mezcla con mi complejo de mortal superhéroe todo ha sido mi culpa: seguramente en alguna ocasión me haya visto hacer eso. 

Tal vez no ahora, pienso, que soy mayor.

Tal vez me vio haciendo eso cuando yo era todavía un niño, y el mundo, mi mundo, en mi patrio de juegos que soy yo y mi cabeza, no había tantos pinches autos, ni semáforos, ni gente que me echara a perder un paseo en bicicleta.

miércoles, marzo 27, 2013

Ciertas mujeres

David Chávez

Algunas mujeres salen con hombres más altos que ellas porque así pueden comprarse esos zapatos de tacón que vieron en la tienda.

Mis amigos

David Chávez

Hoy he visto cómo el trabajo, la ropa, los lentes, el sueldo, la rutina, los desvelos, las deudas, la salud y la enfermedad; el desempleo y los trasnoches, la pinche responsabilidad les han ido marcando la cara a mis amigos, mis amigas, dejándoselas de hombres, de mujeres, e intentan  arrebatarnos la  alegría, la risa, la vida. Pero nosotros, y me incluyo, nosotros las combatimos juntos, abofeteándolas con letras. En  conjunto. Con  ciertos abrazos, complicidades y cerveza, mezcal, ron, vodka, algo de comida hecha en casa, cigarros y nos vemos mañana. De acuerdo. Yo te llamo. Que estés bien. Hasta luego. Con la cercanía y otras formas de estar al tanto unos de otros.

sábado, febrero 16, 2013

El perico “Güero” (†)

david chávez


murió. tenía 32 años con nosotros. Mis padres cuentan que “Rocky”, un pastor alemán que murió también años atrás, por más que le gustaba la vida, por más que le encantaba tomar el fresco en el pasillo de la casa, lo atrapó en el patio. Nunca supe quién lo bautizó como “El Güero”. Venía con una parvada de pericos que llegó a tomarse un descanso en el guayabo que crecía atrás, en el patio de la casa.

Junto con otros, bajó a darse un baño, a beber un poco de agua en el charco que se forma en una pequeña depresión en el tercer tramo del minihuerto cuando el agua se derrama por horas. Ahí lo atrapó el perro.

Del escándalo, tuvo que salir mi padre a ver lo que pasaba y rescató al perico. Vivió un tiempo con nosotros, y luego se mudó a casa de mi abuela paterna, donde aprendió a hablar. Decía “güero” y otras palabras que quedaron sepultas en mi infancia, como los trinos de los periquillos australianos que ya no resuenan en ese pasillo.

Estaba en una jaula grande, junto a la pared, a la entrada de la cocina, entre la cochera, la salita y el comedor. Le encantaba comer cacahuates, bolillo, tostadas y fruta. Cuando nuestra abuela murió “El Güero” se mudó a casa de una de mis tías. Ahí aprendió a decir “Socorro” –el nombre de mi tía- y “cotorro”.

Pasó otra temporada allá, hasta que mi tío enfermó y el perico regresó a nuestra casa, hace casi 8 años. Acá aprendió a imitar la risa de mi hermano menor, la de mi madre, silbaba las canciones que mi padre cantaba y armaba un revuelo cuando me escuchaba llegar. Nunca dejó que lo acariciara. De todos en la casa, fui el único al que no se le subió al hombro. Supongo que así se cobró tanta chingaderas que le hice cuando vivía con mi abuela y yo llegaba a molestarlo, a probar su equilibrio moviéndole el palito que le servía de sostén.

Lo voy a extrañar. El hueco que dejará su jaula, ubicada precisamente en el pasillo de la casa, justo a la entrada de la cocina, mirando hacia el comedor, va a ser difícil de llenar. O quizá sea irremplazable. Por más suspiros y miradas que le dediquemos a ese espacio reemplazaremos su compañía. Porque hay mascotas que siempre van a estar ahí, revoloteando en nuestros recuerdos, ladrándonos en el corazón. Vuela lejos, "Güero".



El amor nos dio cocodrilos: cuentos que no se escaman


David Chávez

Como un reptil, este libro se fue gestando de a poco. Alimentándose de lecturas, correcciones, erratas, incertidumbres. Y más correcciones, más lecturas, hasta alcanzar la talla adecuada. Desciende dinosáuricamente –por lo distante- de la tradición clásica del cuento instalada por Poe, coquetea descaradamente con la propuesta cortaziana de la narración hasta parir el suspenso, los escenarios y a personajes hermanados a aquellos producidos por la imaginación rulfiana de Amparo Dávila.

En el cuento que da nombre al libro encontramos una pieza que combina lo mismo la ternura que el desamor, el  anhelo con la incertidumbre. Pero en sí, el texto es un replanteamiento rotundo de las convenciones sociales. Dudas que reflejan el carácter de ambos personajes, cada uno más ensimismado que el otro conforme el relato avanza. Parten de sí mismos (“El aborto de Zam sucedió en los años de la preparatoria. Ella me ocultó que el bebé era mío […]. Nos distanciamos un tiempo, ella lo pidió”) y tres años después se rencuentran, tan solo para comenzar a separarse totalmente, para perderse cada quien en su vida, sus deseos, sus anhelos.

Como en el nido, los reptiles se gestan cada uno en su huevo. Los protagonistas de “El amor nos dio cocodrilos” rompen el cascarón tan solo para encontrarse contenidos en otro. Con una libertad utópica, con pasiones que encadenan, con deseos que esclavizan. Por eso Zam sufre quiroguianamente. Por eso quien relata la historia busca en sí una forma de lograr que las derrotas se conviertan en victorias, bajo el riesgo de no poder volver de sí mismo.

Tal vez “El amor nos dio cocodrilos” es la suma de soluciones que conducen al despeñadero, cuando el despeñadero es la única y última de las posibilidades. Destruirse todo por dentro y re-comenzar… o no.
El poder para reinventarse también se encuentra en los cuentos de Joel Flores. La apuesta que hace en “Niño superhéroe” no es otra cosa que la reconstrucción de una realidad de por sí distorsionada, cambiante, multifacética como lo es el mundo infantil. Si ya los temores y resquebrajamientos de la psique fueron tratados en el cuento anterior, en este se establece una cierta frecuencia, una tonalidad que va a conservarse a lo largo del libro y que le da unidad a los cuentos: los cambios sutiles que alteran la escena al final. Son pequeños detalles, menciones que cobran sentido para armar al texto, como escamas en el cuerpo del cocodrilo.

Esos cambios le protegen. Y el “Niño superhéroe” afronta los peligros que todo cuento debe vencer, como las acciones que un chico de seis años –por su físico- no lograría concretar. Noquea, eso sí, como un batazo a la nuca, el encuentro de historia. La conjunción de detalles pareciera un descuido, pero su progresión se detiene a tiempo. “¿En qué pudimos haber fallado en nuestra misión?”, se pregunta, y esa misma interrogante desafía al lector.  

“Héctor Foley”, por su parte, es el encargado de recoger las preguntas que el cuento anterior deja y construye otras. El cuento es en sí un hilo de Ariadna que nos salva de la interiorización –otra vez- del personaje. Héctor Foley podría ser el Niño superhéroe. Héctor Foley podría ser quien ama a Zam. Pero su historia es otra aunque resume las dos anteriores en la idea de venganza, en la reformulación de los recuerdos, en los cuestionamientos sociales.

El cuento puede leerse de, al menos, dos formas: seguir la línea de los cuestionamientos que el personaje se hace o bien a la manera tradicional. Sin embargo, existe una tercera que es la propuesta vertiginosa que el autor nos propone: leer ambas, de corrido, sin detenerse, sin cuestionarse nada. Ser cómplice del personaje.

Pero esa alternativa podría resultar cansada para el lector y Joel lo sabe. Por eso, en “El visitante”, existe una especie de descanso. Cocina, como si fuera sopa y liebres asadas, un pote en el que los personajes se revelan bajtineanamente dostoievskianos. Los ambientes, los cronotopos, son retomados para colocar en ellos a personajes que se transforman en los otros. La cabaña, la nieve, la montaña, afuera la guerra, complementan la historia. El lector no está a salvo tampoco ahí.

“El extraño” es el ‘cuento bisagra’ del libro. El ‘cuento-puerta’, el ‘cuento-ventana’: nos muestra el camino que venimos siguiendo, guiados por giros y matices bien plantados como migas en el camino. Y para no perdernos debemos seguirle la pista al lector. Preferible eso a perderse como El Extraño: en un bosque “mientras la guerra terminaba”. Y al salir de “El extraño” veremos otra de las obsesiones en los personajes de El amor nos dio cocodrilos: la destrucción del amor. Ni siquiera el desamor. La destrucción del amor, el cómo todo se va jodiendo.

Joel Flores sabe, como lo dice uno de los personajes de Álvaro Enrigue, que “son mejores las historias de amor que fracasan: hay todo para que a conduzca a b y de ahí a los hijitos, pero algo se jode sin que nadie sepa bien qué fue lo que pasó”. Y así lo confirma “Cuento no apto para pulcros”, cuando declara: “Lo que aquí importa es que Lidia ha dejado de creer en nuestro amor. Y ya no la tendré más”, como si fuera un pretexto para recordarnos que en El amor nos dio cocodrilos las enfermedades, como la que padece Lilia en el texto, son también uno de los temas subyacentes, que se liberan en el momento menos pensado, a la hora más inoportuna.

Esa es la respiración del libro. Como la de los cocodrilos, que pueden estar semanas bajo el agua, acechando a su presa, a la que atacan intempestivamente.  Pero los cuentodrilos de Joel pertenecen a otra especie. Estos odian que sufran a las personas que aman. Su solución es, pues, esperar, esperar a que el otro reconozca el sacrificio, la espera, la paciencia. La vaga esperanza de que “el sufrimiento […] valdría la pena: […] eso nos hacía soportar todos los dolores y fracasos del mundo”.

Esta continuación de dolor, de fracaso, crece en “Luz óxida”. Si de entrada Joel nos propone que el amor dé cocodrilos, ¿pueden los cocodrilos dar amor?  ¿Puede lo fallido ser un éxito? ¿Puede lo exitoso ser un error? ¿Puede todo ser un error?

Y las dudas comienzan a dispararse. “Hiperbólico” insulta al lector, juega con él, se burla. El narrador mira a los ojos, le meterá un madrazo en la cara al lector. “Me lo estoy calando a ver si cae en mis mentiras, y ni cuenta se da”, dice. Y yo parafraseo: “¿Está seguro que usted es un buen lector?”.
Con ese estilo diatribesco, Ricardo Morales, el ‘Mono Richard’ va cumpliendo cabalmente el contrato de lectura que el título del cuento en que se encuentra establece con los lectores. El texto es toda una hipérbole, esa exageración que termina por concretarse en la lectura. Sin embargo, la incertidumbre persiste, el narrado continúa amenazándonos: “¿quién le asegura que esas historias son reales?”, nos advierte.

¿Es el narrador un reptil, un cocodrilo acechante? ¿Es realmente un asesino? ¿Confiaremos en él pese a que confiesa que dejará de insultarnos? “Porque estos son pedos mayores. Muy elevados”, que en general son bien resueltos en los amores que dan estos cocodrilos, en los cocodrilos que dan estos amores, en la literatura en la que, parafraseando al Mono Richard, “hay que ponerse chingón, mi lector”. Y enmendándole la plana, agregaría que uno se debe empuercar del lenguaje para hacer literatura. Como esta, la de un autor y sus textos que no se escaman.