domingo, julio 08, 2007

No te enamores de mí*

david chávez

Te lo voy a decir nada más porque eres cuate, porque te tengo un buen de confianza y sé que para guardar secretos eres una tumba, ¿Ok? La conocí cuando aún tenía la costumbre de andar solo por las calles. Desde que iba a su casa ya no hago eso. Llegaba a su casa y la esperaba abajo, fumando, hasta que ella salía. Se llamaba Ananke. Entonces yo apenas tenía veintiuno, ¿te acuerdas? Y ella había cumplido diecinueve años.

Esa noche salimos en su auto. Uno café, ¿no te subiste una vez que nos dio aventón hasta casa del Carlos? Bueno, llegamos a la gasolinera con un par de cervezas y platicábamos de las broncas que ella tenía con su mamá. Me dijo que no se sentía bien en su casa. De la señora seguro te acuerdas, ¿no, Oswaldo? Sí, es una güerita, de buen cuerpo, con el cabello medio lacio, esa que creíste era hermana de Ananke... ándale, esa misma.

Pues la verdad que nunca me dijo que Ananke traía esa broncas. Total que nos fuimos al bar, a
ese que estaba por la Villa. Ahí estuvimos como dos horas y yo todavía estaba pensando en lo que iba a regalarle al otro día, el catorce de febrero. Claro, con tanta lana nomás dime: ¿A qué mujer puedes darle algo mejor de lo que tiene?... exactamente, y ahí me tienes, pensando como pendejo en algo bien, algo medio fresa para que combinara con su forma de ser.

Salimos del bar y me dijo que se sentía algo mal. Cambiamos de asiento y me llevé el automóvil hasta el rey Coliman, por donde inauguraron las oficinas del periódico. Ahí mero. Y me estaciono, la miro y me doy cuenta que tenía la mirada fija, así, como si estuviera ausente.

La verdad, Oswaldo, me imaginé todo menos que pudiera estar muerta. Su mamá dijo que había sido un paro cardiaco. Fui su primer novio, así, formal. Bueno, Ananke siempre me decía eso, y que nunca me fuera a enamorar de ella. Imposible.

“No te enamores de mí”, me pedía. Y luego se sacaba la ropa, comenzaba a desnudarse, siempre, siempre diciéndome: -“No te enamores de mí”. Su carita se le ponía roja cuando me le quedaba mirando, con mi cigarro en la izquierda, siempre en la mano izquierda.

Y ella me decía mientras hacíamos el amor, mientras domábamos el sillón de la sala, mientras la tocaba, recorriendo con mis manos su piel delicada en la que dejaba mi olor a cigarro: -“No te enamores de mí.” Pero ¿Cómo no enamorarse de ella, Oswaldo? ¡Dime!

Sí, sí la extraño. Me quedé con el regalo y lo guardé hasta cuando bajaban el ataúd. Lo abrí y lo dejé caer sobre su féretro. ¿Qué era? Eran las cenizas de los cigarros que fumé mientras la esperaba fuera de su casa.

Antes que su corazón fallara se despidió. Fue como amarla. Esperó tanto para tan poco. Esperó mucho. Disimuló, intentó ser racional, pero no aguantó. Terminó acostumbrándose a esas tardes en el bar, al sillón de la sala, a su auto que fue testigo de su último gesto de placer, de una mueca nada más. Un gesto. Lo esperaba pronto pero ¿sabes una cosa, Oswaldo? Ella siempre me decía:

-“No te enamores de mí...”



*si mal no recuerdo este cuentillo fue el primero que publiqué. años atrás, claro. que les sea leve y no, no es autobiográfico.

3 comentarios:

maggie dijo...

Me gustó mucho...ceniza, espera... chido!!!

Alma dijo...

Lo recordé, si mi memoria no falla lo leímos en la chocolateada... o lo leíste en alguan de las presentación, lo recuerdo pero no escrito, sino leido... eso suena extraño no?

Saludos Deivid

ictius dijo...

el chip un dia me enseño un corto donde salia el y una chava (no voy a decir nombres)...

Y ahora caigo en cuenta que tu escribiste eso. no manches.

buen dia mi David. se le extraña.